24
Oscuridad en la biblioteca
Una vez Gabrielle se hubo marchado, doña Jacinta abandonó a trompicones la biblioteca, rumiando quién sabe qué ideas en su cabecita octogenaria. Rafael apostaba porque las meriendas de su prima, a sus espaldas, si es que eran reales, eran, con diferencia, lo que más la había herido.
Él continuó dándole vueltas a la idea de un romance entre Alexei y Gabrielle.
No es que le resultara extraño que el joven se sintiera atraído por semejante belleza, eso era algo que podía pasarle a cualquiera con ojos.
Es que la amistad que había entre los dos le importase tan poco como para pisotearla con aquel coqueteo.
A la mañana siguiente, pese a sus muchos esfuerzos, persistía la desazón.
Jimena lo pescó de pie junto al ventanal, oteando la plaza y la entrada a la mansión de doña Fortunata.
—Tengo entendido que Alexei va camino de la biblioteca nacional —informó con voz queda—. Va a interesarse por unos libros para nuestras tertulias.
Rafael giró sobre sus talones aparentando naturalidad.
—¿Y cómo es que no lo has acompañado?
La muchacha se desplomó en un diván cercano.
—La verdad, hoy me siento demasiado cansada como para paseos. —Lo repasó de pies a cabeza— ¿Inquieto?
—¿Por qué habría de estarlo?
—¿Por la posibilidad de un romance entre ellos dos?
Sin necesidad de mencionar a Gabrielle ni aportar más detalles, Rafael entendió a la perfección lo que Jimena trataba de decir.
—La abuela me ha contado lo que sucedió entre ellos durante el baile de los marqueses de San Lorenzo. Curioso, ninguno de nosotros advirtió nada.
Las cejas de Rafael se agitaron frenéticas.
—Al contrario, diría que Alexei no se sentía cómodo con los avances de la señorita Del´Acour. Pero qué sabré yo, que a duras penas la soporto… —remató riendo.
—El mero hecho de flirtear ya me parece grave.
Jimena movió arriba y abajo la cabeza, en señal de asentimiento.
—No te lo discuto. Si es que flirteó. Sería mejor que lo hablarais.
—¿Y lo del beso?
—Me vas a disculpar, no acabo de creérmelo.
Jimena era consciente de que a sus palabras les faltaba solidez para ser creíbles. Su natural antipatía por Gabrielle, más que evidente, podía estar tergiversando las conclusiones.
La pálida mano de la joven aferró el antebrazo de Rafael.
—Habla con él. Solíais ser buenos amigos, no permitas que una mujer se entrometa y lo estropee todo.
Pese a su habitual arrojo, leyó duda en los ojos verdes de Rafael.
—Vamos, estoy segura de que podrás alcanzarlo por el camino, no hace mucho que salió.
Él sacudió la cabeza, como despejándola de ansias y temores, y cruzó la puerta a la calle como alma que lleva el diablo, sin siquiera cambiarse de ropa.
Los pasos ligeros y ágiles de Alexei lo habían colocado ya frente a la escalinata de acceso a la gran biblioteca.
Rafael lo vio entrar desde lejos. Imprimió velocidad a sus pies y consiguió igualarlo ante el vetusto mostrador de recepción, plagado de bibliotecarios serios y severos, con sus gruesas gafas y sus órdenes de silencio.
—¡Rafael! ¿Cómo tú por aquí?
—He sabido que buscas nuevas historias para Jimena.
—Solo algo que me dé ideas. Luego visitaré las librerías de siempre para comprárselos.
Rafael ladeó el cuello con sorpresa.
—¿También a ella la lisonjeas? ¿Con regalos?
—¿Pueden hacer el favor de bajar la voz? Este es un lugar de estudio y recogimiento —siseó la empleada que los atendía.
Hizo una seña con el dedo estirado indicándoles el camino a seguir.
Era temprano, muy de mañana, y las salas aparecían desiertas.
Entre las interminables hileras de estanterías no había más que sombras generadas con el jugueteo de rayos de sol colándose por los ventanales, y la solidez de la madera.
Alexei hizo caso omiso de la provocación de su amigo y caminó pausado entre compartimientos.
—¿No me has oído? —repitió Rafael por tercera vez— ¿No te basta con Gabrielle? ¿También Jimena?
—Sabes que nos une una gran amistad. Me refiero a Jimena. La misma que pensé que existía entre nosotros.
—Pues te estás encargando de desbaratarla.
—¿Estás seguro?
Por un instante, los grandes ojos de Alexei se clavaron en los de Rafael, azul sobre verde. Enseguida, esas mismas pupilas buscaron un rincón lejano donde refugiarse, como si lo esquivara. Siguió adentrándose por los pasillos, seguido muy de cerca por su amigo y vecino.
—¿Qué se supone que hice con la señorita Del´Acour?
—Ella asegura que coqueteaste.
Alexei contuvo una risita desconcertada.
—Y que intentaste besarla.
Ah, no. Eso no. Mentiras las justas.
Bastante cargaba ya en sus espaldas.
Se dio bruscamente la vuelta y ante lo inesperado de su movimiento, Rafael no dispuso de tiempo para frenar su avance. Chocaron uno contra el otro y quedaron pegados. Muy pegados.
Rodeados de penumbras acariciadoras y de intimidad. Lo curioso es que ninguno de ellos diera un paso atrás para distanciarse.
—Esa mujer miente.
—¿Cómo puedo saberlo? —gruñó Rafael entre dientes.
«Nunca la besaría porque te quiero a ti».
Eso le habría gustado gritar a Alexei, aunque se mordió la lengua. El corazón latiéndole encabritado. Las mejillas se le volvieron grana por culpa de la cercanía. El perfume varonil de Rafael se le colaba por los poros con la única intención de enloquecerlo.
A Rafael, por su parte, el enfado se le diluyó a golpe de iris azules y estrellas. En aquel momento, lo único que le pedía el cuerpo era tocar la suave mejilla de Alexei, deslizar el dorso de sus dedos por su piel de nácar y devorarlo.
Estaban solos. Absolutamente solos en la inmensidad de una sala sin fin, protegidos por la estrechez de los pasadizos entre estanterías. Vencido a sus impulsos, no se lo pensó dos veces.
Ya lo pensaría luego. Cuando todo hubiera acabado, cuando hubiese probado las mieles de aquellos labios jugosos que parecían llamarlo.
Rodeó la cintura de Alexei, lo atrajo hacia sí y buscó con desesperación su boca.
Más que un beso, aquello fue un pasaje de ida a otro mundo. Un instante sublime en el que ambos se perdieron, sometidos por el contacto que tanto habían ansiado.
Un cruce de voluntades. Un desafío.
Un reencuentro con las propias almas a través de las lenguas hambrientas y los labios sedosos. Un beso no todo lo largo que habrían querido, porque cuando Rafael se dio cuenta de lo que estaba haciendo, de cómo lo había traicionado su más recóndito deseo, dio un paso atrás y lo interrumpió.
Sus pupilas rodeadas de verde estaban dilatadas, enormes.
Y empequeñecieron al mirar a Alexei, con dolor y crispación en el rostro.
—¿Qué demonios estamos haciendo?
Era suficiente.
La respiración entrecortada, el pulso latiéndole demente en las sienes, los aullidos de sus condenadas alarmas atormentándolo.
Rafael retrocedió espantado por la línea roja que había tenido la osadía de traspasar, convencido a la par, de que no hallaría boca más dulce ni beso más apasionado que el que acababa de vivir.
El corazón se le rompió en pedazos.
Antes de dar media vuelta y perderse por los lúgubres corredores de la biblioteca, tal que si huyera del infierno. A la calle, al parque bajo el sol, a su alcoba, daba igual.
A cualquier sitio donde pudiera esconderse hasta de sí mismo, y sentirse a salvo.