Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 23
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Los talentos de Gabrielle

Alexei decidió no estar de acuerdo. Los principios de la señorita Del´Acour podían tener cierto sentido, pero él no los aceptaría.

No era de esa clase de personas ingratas que toman de los demás lo que les interesa, en el momento en que les conviene, y luego los arrojan a un rincón como papel usado.

O mucho se equivocaba, o Rafael sentía algún tipo de vínculo con Gabrielle. No se atrevía a afirmar que estuviera enamorado y, pese a ello, a todas luces consideraba desleal aprovechar las atenciones de la muchacha mientras él aguardaba en el salón de baile, solo y abandonado.

No.

—Siento desilusionarla, Gabrielle. No voy a seguirle el juego. Rafael es mi amigo y me basta que sienta interés por usted. No le haré eso.

—A mí, Rafael me importa, no crea que no —juró ella con desmedida pasión.

A Alexei le costó distinguir una mentira en aquellos ojos tan abiertos.

—Permítame decirle que tiene una peculiar manera de demostrarlo.

—Admito que vivo mi vida conforme a otras reglas. Lo que no significa que desee herir a Rafael. Ni a usted tampoco, puede creerme.

—Si me disculpa…

—Podría ser muy insistente si me lo propongo —advirtió ella a sus espaldas, en un susurro, adivinando sus intenciones.

Alexei no cambió de dirección ni se dio la vuelta para seguir charlando.

Se marchó de la terraza, incluso de la sala de baile, que cruzó como un meteoro, y de la mansión de los marqueses.

Se había sentido acorralado. No sabía qué responder a los envites de Gabrielle, que no sonara grosero y la pusiera en su sitio, aunque sí cómo actuar.

No intervendría en nada que pusiera en peligro los sentimientos del hombre que le quitaba el sueño.

Si no podía tenerlo, al menos que fuera feliz.

Aquellos eran sus deseos.

Y si tenía que ser con aquella jovencita indómita, adelante. Pero, desde luego, no a costa de su traición.

—La señorita Del´Acour acaba de llegar y solicita verlo, señorito.

Rafael despegó desconcertado la mirada de su libro, descruzó las piernas y perforó con los ojos al lacayo, como si el pobre hombre fuese capaz de regalarle un consejo acerca de si recibir o no a la visita.

—¿La hago pasar, señorito?

Rafael fue consciente de que se estaba comportando como un gallina que temía afrontar a una mujercita demasiado osada. Asintió y se puso en pie, aguardando para acogerla conforme a las reglas de urbanidad que con tanto afán había aprendido.

Gabrielle hizo su entrada, vestida de rosa pálido y encajes. Más arrebatadora que nunca, envuelta en perfume caro, con un parasol en las manos, que entregó al lacayo sin dejar de sonreírle a él.

—Señorita Del´Acour.

—Rafael, querido, ha conseguido preocuparme.

—¿Podría saber el motivo?

—Bueno, no ha respondido a las notas que le he enviado estos días.

—Se había adueñado del espacio nada más llegar, como un tornado imparable demasiado potente.

Tomó asiento sin que se le ofreciera, tal que si la mansión le perteneciese.

Así era Gabrielle—. Cualquier malpensado creería que está enfadado conmigo.

—¿Después de que decidiera ignorarme toda la noche en el baile de los marqueses? No, ¿por qué habría de estar molesto?

Ella arqueó una sola ceja y puso morritos.

—¿Es porque bailé con Alexei?

Rafael se sentó en la butaca de enfrente y apoyó los codos en las rodillas para inclinarse hacia adelante.

—Bailó con Alexei, salió a la terraza a conversar con Alexei, y cuando él desapareció del mapa, usted se acomodó junto a su tía y apenas si me dirigió la palabra. Casi como si fuese un desconocido, después de que llevamos semanas citándonos y saliendo a pasear.

—No se lo tome así, por favor. —Hizo un puchero—. ¿Qué puedo decirle? El pobre muchacho me inspiró compasión.

¿Compasión? Pues no entendía el porqué.

Rafael frunció el ceño, preguntándose si debía creerla. Con la vista fija en las alfombras, lejos de la perniciosa influencia de los ojos negros de la francesa.

—Vamos, Rafael —lo presionó la muchacha—, no se me enfurruñe como un crío pequeño. No le pega.

—Buenas tardes. Oh, ¡si tenemos visita! Señorita Del´Acour, qué inesperada sorpresa.

Doña Jacinta hizo la segunda entrada triunfal del día en la biblioteca, seguida de dos doncellas cargadas con la merienda. Gabrielle brincó de su asiento para saludarla.

—¿No se ha hecho acompañar de su doncella? —quiso saber la dama, repasando la estancia vacía con ojos sagaces.

—Por supuesto que sí, doña Jacinta. No obstante, una vez he entrado, le he permitido a la pobre muchacha un rato de esparcimiento por los alrededores.

La anciana la vigiló con mala cara un breve segundo.

—Pues permítanme, ya que su doncella no está presente, quedarme durante la merienda, a fin de preservar la decencia de esta casa.

Rafael bajó la mirada, turbado por la regañina. Por el contrario, la francesa soltó una risita entre desvergonzada y provocadora.

—Habla usted como si aquí fuese a ocurrir algo indecoroso, en mitad de esta sala en la que cualquiera podría entrar…

—Más vale no quedarse nunca cortos, señorita Gabrielle. ¿Se puede saber de qué hablaban?

—Del exquisito pupilo de su prima, doña Fortunata.

—¿Qué ocurre con él?

—Mucho me temo que se ha encaprichado.

—¿De quién? —gruñó la anciana

—De mí —canturreó pícara—. Les ruego no se escandalicen con el chisme: en la fiesta de los marqueses de San Lorenzo intentó besarme.

A Rafael le crujieron los dientes. Solo imaginar la deseable boca de Alexei buscando otros labios, lo llevaba a perder la cabeza. Doña Jacinta se había quedado perpleja, apenas pestañeaba.

—Que intentó… ¿Allí, delante de todo el mundo?

—No puedo afirmar que fuese tan osado. En la terraza, a la luz de la luna, envueltos en la mayor discreción.

—¿Y…?

—Por supuesto, no vaya a pensar que le di gusto.

—¡Faltaría! —aulló la señora de la casa, abanicándose el sofoco.

—Tampoco es que le concediera mayor importancia, doña Jacinta. Alexei es una criatura celestial, ¿no les parece? Tan poco experimentado y versado en mujeres, como malicioso.

—En eso creo que estamos de acuerdo. Al muchacho se le ve bastante verde.

—Me cubrió de halagos, me confesó que lo había impresionado hondamente. Lo cierto es que hemos coincidido muchas veces en esa plaza frente a su casa, y hemos conversado de música y arte. Es un gran conversador, no puedo negar que el tiempo a su lado lo disfruté.

—Algo habrá hecho usted para ocasionar tamaño malentendido —la acusó doña Jacinta muy molesta.

La joven la miró abriendo los ojos con absoluto candor.

—¿Yo, doña Jacinta? ¿Qué piensa que he podido hacer?

Es un muchachito impresionable, de escasas tablas por no estar habituado a tratar con jóvenes de su edad.

Sé de buena tinta que pasa encerrado la mayor parte de su tiempo, leyendo poesía, tocando el piano o cantando para que doña Fortunata y sus amigas del club de las Damas Nobles se entretengan.

Aquello último provocó un respingo en la anciana.

—¿Cómo ha dicho?

—Que su prima sabe muy bien cómo divertir a las visitas.

Mientras doña Jacinta se ofuscaba por la artimaña de Fortu, organizando encuentros y recepciones con las socias del club del que ella era única y absoluta presidenta, sin contar con su presencia, como si hiciera campaña o preparase el golpe definitivo que le arrebataría el cargo, Rafael apretó los puños, furioso por el modo en que, a juzgar por los comentarios de Gabrielle, usaban a Alexei como bufón de la corte.

La muchacha los miró de hito en hito, satisfecha porque de repente, con solo un puñado de frases bien escogidas, la atención, las acusaciones veladas y los reproches se hubieran alejado de ella y dirigido en otra dirección.