Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 22
49%

22

Una desagradable sorpresa

Un baile en la mansión de los marqueses de San Lorenzo fue la excusa perfecta para volver a coincidir todos al son de una misma orquesta y bajo unas mismas lámparas de araña.

Para aquellos entonces, la amistad entre Rafael y Gabrielle se había fortificado por sus muchas salidas juntos, y consciente de que la adinerada doña Jacinta no dejaría casar al muchacho desnudo de reales, la baronesa les concedía tácitamente su beneplácito.

—Sería una lástima terrible que la tremenda fortuna de los Martorell se perdiera por falta de herederos —solía decir siempre que disponía de ocasión.

Gracias a sus chismes y a los de doña Mercedes, los dos pupilos de las ancianas primas habían acabado convirtiéndose en dos codiciados partidos en los que las madres con hijas casaderas posaban sus ojos ambiciosos.

No obstante, no pintaba probable que la señorita Del´Acour dejara escapar a su presa para que otra damita se la apropiara. Nada más reunirse en el gran salón de baile, se colgó del brazo de Rafael con aires de reina propietaria.

Si bien el instinto movía a Jimena a torcer el cuello y mirar bien lejos, donde no tuviese que encontrarse con los iris negros de la francesa, su renovado yo, más dispuesto y enérgico, la animó a batallar, enfrentándola con la mejor y más falsa de sus sonrisas.

—Qué placer volver a verla, Jimena —se adelantó Gabrielle, tomándole sin permiso las dos manos, con un gesto cercano, más propio de una amiga afectuosa que de una rival.

Curioso que cuando había testigos que pudieran dar fe de su carácter, la señorita no la despreciara y recordase a la perfección su nombre. Jimena calculó cuánto le quedaba por aprender para ser la mitad de astuta que ella.

Los componentes del grupo se mezclaron derrochando felicidad, intercambiando frases corteses e inclinaciones de cabeza.

Solo Rafael y Alexei permanecieron discretos, observándose en silencio, con un millar de preguntas sin respuestas en los ojos y comprimido el corazón.

Cada uno tratando de esquivar la mirada del otro, sin poder evitar que se les fueran las pupilas.

Alexei hacía semanas que no conciliaba el sueño pacífico que siempre, incluso en los peores momentos, lo había caracterizado. El motivo, Rafael.

Ese matiz distinto que había empezado a advertir en sus miradas esquivas, el temblor que creyó percibir en sus manos cuando, al intercambiar el libro, se rozaron.

Y su enorme, interminable, terrorífica montaña de dudas.

La pregunta que nadie respondía, de si todo eran figuraciones suyas o si por el contrario, en sus percepciones latía algo de esperanzadora realidad. Porque sí, el espíritu de Alexei suspiraba por culpa de Rafael.

Oculto bajo capas de secretos y tristes mentiras, burbujeaba una llama diminuta que no se atrevía a explotar.

Por miedo a una decepción que lo matara en vida.

El hecho de que cada vez que visitaba la mansión de Barquillo 12 Rafael se evaporara, como si no soportara compartir el mismo aire que él respiraba, lo hacía temer algún tipo de rechazo o desprecio por su parte, que no acababa de entender.

¿Qué había hecho tan horrible para que la indiferencia hubiese apagado la simpatía que Rafael parecía sentir por él hasta entonces? ¿Sería que se había dado cuenta de sus sentimientos inconvenientes, tal inconveniencia le causaba molestia o repulsa, y prefería alejarse?

Un brazo esbelto que se enganchó del suyo y un cuerpo embutido en seda crujiente que de repente se le pegaba, lo arrancaron de un tirón de su sopor. Cuál no sería su sorpresa al descubrir a la señorita Del´Acour a su lado, riendo a carcajadas.

—Y ahora me van a permitir que les prive durante unos bailes de nuestro ángel cantor. Su forma de interpretar la música y sus preciosos ojos como luceros me han robado la voluntad.

Nadie dijo nada. No hubo oposición y Alexei se vio arrastrado hasta la pista detrás de Gabrielle, que relucía cual linterna encendida, sin que ningún presente lo auxiliara. A regañadientes transigió, loco porque la pieza llegara a su fin.

Cuando los compases finales se remataron, trató de distanciarse de la señorita, sin demasiado éxito.

—No me deje —rogó la francesa en un murmullo—, se lo suplico, no se vaya, sigamos bailando.

—Ya es suficiente.

—Es usted un bailarín excepcional, grácil y ligero, parece que ni siquiera pisa el suelo.

—Se lo agradezco. Aunque insisto, con un baile es suficiente.

—Nada de eso, caballero. De lo espléndido no se cansa una tan pronto. No irá a dejarme aquí plantada, delante de todo el mundo, sería una descortesía intolerable…

Alexei apretó los labios, contrariado. La siguiente pieza de danza daba comienzo y de nuevo se veía empujado a actuar contra su voluntad, sabiéndose el centro de todas las miradas.

—Permítame preguntarle qué pretende.

Gabrielle abrió con desmesura los ojos.

—¿Por bailar debería pretender algo?

—¿Poner celoso a Rafael, por ejemplo?

Ella pestañeó, en apariencia, muy perdida.

—¿Celoso? ¡No! ¡En absoluto! ¿Cómo se le ocurre?

Y no parecía que estuviera mintiendo. En aquel momento, toda la atención de Gabrielle se centraba en él, y Rafael y su recuerdo no semejaban importunarla lo más mínimo.

—Le rodea un halo de misterio muy intrigante, Alexei. A diferencia de Rafael, él es todo transparencia. Puede que sea un pillo al que le gusta la juerga, las mujeres y el vino, mas no creo que se guarde nada bajo la levita.

Alexei endureció la mirada.

—¿Y yo sí?

—Con usted es distinto y —agachó la cabeza ocultando una sonrisa—, lo confieso, no puedo evitar sentirme atraída.

—Pues le convendría dejarse de averiguaciones.

—¿Lo ve? Oculta algo. Y no descansaré hasta que sepa de qué se trata. Además, en cuanto pruebe mis encantos cambiará de opinión respecto a aceptarme.

Alexei se envaró.

Si algo tenía meridianamente claro era que no iba a catar nada que tuviera que ver con aquella muchacha, de la que, por otra parte, Rafael parecía haberse prendado.

No permitiría siquiera que se acercase a él.

Estaba tan incómodo a su lado, bailando con ella cuando debía ser su amigo el que le hacía de pareja…

Se separó de un tirón un poco brusco y, medio mareado, se dirigió hacia la terraza, a que le diera el fresco.

Ni corta ni perezosa, Gabrielle lo persiguió con el mayor desparpajo. Como si salir a tomar el aire hubiese sido una decisión concertada por ambos, al alimón.

—¿Quiere hacer el favor de dejarme a solas? —siseó Alexei entre dientes.

Ella le respondió con una risilla descarada.

—Alexei, me tiene usted fascinada —reconoció con picardía—. Desde que lo oí cantar…

El joven giró sobre sus talones y la enfrentó, lleno de rabia.

—¿Y qué efecto le causa Rafael? ¿Él no la ha fascinado también?

—¿Qué mal habría si tal cosa fuera cierta?

—Señorita Del´Acour, ¿a qué juega?

Ella volvió a reír. Una reacción burlona que consiguió que Alexei se sintiera muy humillado.

—Ay, Alexei, qué ingenuidad la suya. El mundo está lleno de personas maravillosas con dones diversos. ¿Acaso no considera un error limitarse a gozar de uno solo? Cada ser humano, cada esquirla de carácter asombroso colma solo una porción de nuestras necesidades.

—Por esa razón usted necesita más de un hombre al mismo tiempo.

—Y más de tres. Abra los ojos, Alexei, no se corte a sí mismo las alas.

—Esta noche lo ha ignorado por completo. A Rafael.

—¡No lo he ignorado! —se sublevó ella con aire inocente—. Simplemente me he centrado en otros intereses que también me son precisos.