Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 21
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Hagamos las paces

Degustar el chocolate fue una experiencia agradable. Sumada al aliciente de una chispeante conversación en Gabrielle, el brillo desafiante a la par que seductor de sus ojos, y a los labios siempre húmedos.

Lo atraía.

Como mujer lo atraía, y mucho.

La invitación la repitieron hasta tres veces, antes de volver a coincidir en otra fiesta. Para aquel entonces, sumando e interpretando las muchas señales que la joven le había dedicado, Rafael estaba convencido de haberse convertido en el interés romántico de Gabrielle.

Al menos, de su capricho.

El pobre jovenzuelo no imaginaba, ni en sus más lejanas fantasías…

El revés que estaba a punto de sufrir su vida.

Ya era consciente del cambio operado en las rutinas de Jimena. Más callada, más tristona, encerrada en sí misma y demacrada. Había perdido parte de su ya raquítico apetito y hablaba mucho menos.

Rafael se sentía culpable. Terriblemente responsable de lo que empezaba a suceder. Sin embargo, para ser sinceros, no sabía qué hacer.

¿Podía consolarla sin dar a entender que correspondía a sus afectos?

Le había hecho una promesa a doña Jacinta, empeñó su palabra y su honor en que lo que ella tanto temía no pasaría jamás.

—¿Le parece que ha llegado el momento de irme?

La anciana dama lo miró con absoluta perplejidad.

—Abandonar Barquillo 12 —explicó un poco más a fondo—. ¿Le parece que es una buena solución?

—¿Marcharte, Rafael? Pero ¿qué me dices? Apenas si has empezado a vivir como un caballero.

—Soy un hombre adulto, capaz de valerse por sí mismo. No llegaré a abogado ilustre, como me habría gustado, para que se sintiera orgullosa de mis logros, aunque tampoco me moriré de hambre, ni tendré encontronazos con la ley, se lo aseguro.

—Paparruchas. Eres un hombre, como bien dices. Que adquirió un compromiso conmigo y consigo mismo. Debes mantener tu palabra hasta el final.

—Pero Jimena…

—Jimena debe aprender a gestionar la frustración. Aceptar que no siempre se consigue todo lo que se desea. Esta es una lección de vida destinada a ella. Dura, no lo niego, aunque sin duda necesaria.

—No quiero que sufra.

Doña Jacinta hizo un aspaviento.

—¿Piensas que yo sí? No hay nadie sobre la tierra que me importe más que mi nieta.

Y ahorrarle el mayor sufrimiento es mi principal objetivo.

Sin embargo, la amargura de los amores no correspondidos escapa a mi control.

Yo ya sabía que esto podía suceder —agregó con un suspiro—, dada su delicada condición y su tendencia a los delirios románticos.

Rafael hundió la cabeza contra el esternón, deseando poder decir algo que aliviara la pena.

—Contigo o con otro, Rafael. Ha sido contigo, porque vives con nosotras y eres irresistible —soltó una risilla simpática—, sin embargo y por más que me pese reconocerlo, era cuestión de tiempo que ella pusiera sus ojos en algún mozo y que él no estuviera interesado.

—Si pudiera compensar de algún modo la…

—¿Y otorgarle esperanzas acerca de algo que no ocurrirá?

—Es que la noto lejana. Tensa conmigo. Incómoda.

Doña Jacinta lo miró despacio, sin prisa. Luego levantó el brazo y le dio unas palmaditas en la mano.

—No, querido. No obstante, permite que hable con ella. A ver si consigo que entre en razón.

—¿Puedo pasar?

La pregunta de Jimena, solicitando permiso para adentrarse en el gabinete de estudio de Rafael, sonó tímida y temblorosa. El joven se apresuró a levantar la vista de sus cuadernos y sonreírle, animado.

—Por supuesto que sí, adelante.

—¿Tienes muchas tareas?

—Suficientes como para echar la tarde. Y como ya no recibo clases de refuerzo de mi maestra favorita…

—Vas muy adelantado, Rafael, no me necesitas.

—A usted la necesitaré siempre.

Cruzaron una mirada amable, rebosante de cosas buenas.

Rafael adivinó que la señora había tenido «la conversación» con su nieta, y que Jimena venía en son de paz, dispuesta a acercar posiciones.

—Es muy bonito que digas eso. Te lo agradezco.

—No es algo que me tenga que agradecer. Usted es importante para mí, es… Usted y la señora son toda mi familia, ahora que de mi sangre ya no queda nadie.

La Jimena de otros tiempos habría reaccionado airada al verse calificada como familia . No porque no fuera cierto, ella misma había defendido esa denominación en más de una ocasión, sino porque ansiaba ser considerada otra cosa bien diferente a ojos de Rafael.

Más romántica, menos fraternal.

Sin embargo, una larga y dolorosa charla con su abuela le había abierto los ojos y hecho entender que así eran las cosas, que los sentimientos no pueden forzarse y que no era justo mostrarse resentida con el joven solo porque no correspondiera a sus anhelos.

—Pues si somos familia, creo que ya sí que llegó la hora de que me tutees, y dejes de llamarme señorita como si fueras un huésped. Rafael, te lo ruego, para ti debo ser simplemente Jimena.

Él sonrió sobrepasado por el cariño.

—¿Estaba… estabas molesta conmigo? Sé que me has evitado estos últimos días.

Jimena suspiró y miró al techo, conteniendo una sonrisa tirante.

—Francamente, sí. Y me equivocaba. No tengo ningún derecho a que me fastidie tu vida social.

—Pero…

—Supongo que detesto que la señorita Gabrielle sea tan guapa, tan exótica y segura de sí misma, todo lo que yo ansiaría ser y no seré en la vida.

—¿Envidia tonta?

—Envidia a secas —reconoció ruborizándose—. Son emociones que llegan y te barren, no las puedes evitar. ¿Por qué habría de ser tonta?

—Porque son ustedes dos tan distintas, que no tendría sentido que una envidiara a la otra.

—¿Como tú y Alexei?

La mención del nombre provocó una punzada aguda en el pecho de Rafael.

—Y sin embargo, las Martorell siguen rivalizando en cuál de vosotros dos conseguirá llegar más alto y a un mejor casamiento.

—Veo que también Alexei está condenado.

Jimena corroboró sus temores con un arqueo rápido de cejas.

—No concibo que exista una mujer sobre la tierra que se interese al mismo tiempo por Alexei y por ti. Sois blanco y negro, como la noche y el día.

Rafael se quedó un instante colgado de sus tortuosos pensamientos.

Él. Él mismo.

¿Podía ser que se viera atraído en simultáneo por la señorita francesa y por Alexei?

De modo desigual, bien le constaba, aunque atracción, al fin y al cabo.

—Como usted… como tú y la señorita Del´Acour —dijo sin pensar, con tal de romper aquel hilo mental tan escurridizo—. La cara y la cruz de la misma moneda.

—Supongo que me tocó ser la cruz.

Rafael fingió propinarle un codazo.

—¿Por qué dices eso?

—Ahora en serio, debo pedir disculpas por mi comportamiento infantil. Tu amistad y tu apoyo son muy valiosos para mí, no puedo imaginar qué sería de mis días si los perdiera.

—No los perderás. Mientras siga vivo, aquí estaré.

—Prométeme que, si alguna vez pongo en peligro esto tan hermoso que nos une, no tendrás piedad a la hora de obligarme a recapacitar.

—Yo…

—Prométemelo.

La orden de Jimena resonó tan firme y autoritaria que no parecía ella. Rafael supo con certeza lo mucho que aquello le importaba.

—Lo prometo. Con todas sus letras.

—Está bien que hagas amigos, que salgas y disfrutes. El que yo no pueda hacerlo no me da derecho a criticar que tú lo hagas.

—Tienes tus tertulias literarias y tus meriendas con Alexei —le recordó el joven.

—Es cierto.

—Lo único que sucede es que nuestras aficiones son diferentes.

—¿Ahora se llama afición a beber chocolate con picatostes como un descosido?

Los dos rieron, sin rencores que ocultar, aliviados; sin sombras por fin, después de muchas jornadas turbias.