Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 20
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La cobarde huida

Un diminuto trozo de papel perfumado que empezaba a cambiar muchas cosas.

Dos días completos que el joven invirtió en torturarse recordando el modo como Alexei y Gabrielle se miraban a los ojos sentados en aquel banco de la plaza. Dormir poco y desasosegado, contener la irritación y el mal humor cuando alguien se dirigía a él…

Dos días que quemó haciendo esgrima como un desquiciado.

Nada lo reconfortaba.

Y lo peor de todo era no saber a ciencia cierta la causa de su furia. ¿Tanto lo había impresionado Gabrielle que le fastidiaba el que otro le robase su tiempo? ¿O seguía siendo aquello tan inconveniente que le corría por las venas en cuanto tenía cerca a Alexei?

¿Cuál de las dos emociones alimentaba sus arrebatados celos?

Reacio, leyó la nota. La muchacha francesa lo invitaba a pasear y a tomar un chocolate en algún sitio típico de la capital que previamente había seleccionado.

Tuvo claro que no aceptaría. Se sentó en el escritorio y tomó la pluma, dispuesto a redactar una nota de disculpa, y no había escrito ni el encabezamiento, cuando Jimena irrumpió en la biblioteca, alegre como un pajarillo cantor.

—¡Tenemos tertulia literaria! —anunció dichosa, las pupilas le centelleaban—. Por fin la tía abuela ha entrado en razón y ha permitido que Alexei nos visite para hablar de libros.

—¿Cuándo…?

—Ahora mismo.

Alexei, con sus insuperables ojos azules y sus bucles rubios entraba por la puerta esbozando una sonrisa tan dulce que lo desarmó. Alargó un brazo y le ofreció su mano. Rafael dudó un instante entre si estrechársela o arrojarse a rodearlo con un abrazo como un cepo, del que no pudiera liberarse.

Saludó. Le dio la bienvenida conforme correspondía.

Aunque también supo que sería incapaz de soportar compartir una habitación sin desear tocarlo.

—Me alegro. Estas reuniones son algo que la señorita Jimena esperaba con ansia.

—Te quedarás, ¿verdad? —quiso saber ella, sin perder la sonrisa.

—Yo… no leo mucho, ya lo sabe.

—Para dar tu opinión respecto al tema que tratemos, no es necesario haber leído la novela. Vamos, Rafael, será divertido.

—En realidad, iba a vestirme para salir. La señorita Del´Acour me ha… invitado.

Una forma cobarde de quitarse de en medio, lo admitía. También la única que tenía a mano. Al mirar a Alexei le dolía el pecho, ahí donde debía estar alojado el corazón. El pulso se le aceleraba si percibía su perfume suave y la calidez que desprendía su cuerpo lo ponía muy nervioso.

La felicidad y las buenas perspectivas se congelaron en el bonito rostro de Jimena.

—Vas a salir… ¿con ella?

—Apenas un paseo y un chocolate en alguna parte. —Caminó hasta la puerta—. Disfruten de la tertulia, creo que el café les viene de camino.

Podía adivinar los puños apretados de Jimena. Su rabia por el desplante que acababa de recibir. No obstante, vista la situación y su escaso dominio de las pasiones, era lo mejor que podía hacer, lo más prudente.

Gabrielle llevaba decorado el cabello oscuro con peinetas de marfil.

Los labios pintados de rojo, y los ojos resaltaban con una línea oscura difuminada.

Vestía un atrayente azul en el vestido ceñido a sus curvas vertiginosas.

Una cintura de pocos palmos que daban ganas de rodear.

Todo en ella parecía hecho a propósito para dejar sin habla a los hombres.

Y Rafael no era una excepción.

Los sentimientos eran una cosa. El deseo carnal, otra muy distinta.

Y la mera visión de Gabrielle avivaba el fuego en sus entrañas después de tanta sequía y celibato.

—¿Cuánto hace que no está con una mujer, Rafael?

La pregunta lo dejó atónito. Por su osadía, por su descaro… Por sus dotes de adivinación.

—Cómo es que… ¿que me pregunta algo tan íntimo?

—Por la forma en que me mira. También podría calificarse de íntima.

Al joven se le secó la boca. La francesa echó atrás la cabeza y soltó una divertida carcajada.

—No sufra, hombre, no tiene la menor importancia.

Para Rafael sí la tenía. Vaya si la tenía. Metió un dedo por el cuello de su camisa y abrió espacio a su agobio.

Se humedeció los labios repentinamente acartonados y echó una ojeada furtiva a la doncella de la señorita, que los seguía, para asegurarse de que no hubiera escuchado nada de lo que había dicho.

—Supongo que ser el pupilo de una anciana respetable como doña Jacinta —retomó Gabrielle con sorprendente calma— no le deja mucho margen para salir de correrías por las noches.

—Está en lo cierto —repuso queriendo atajar cuanto antes la incómoda conversación, dando alguna respuesta.

—No sabe cómo lamento semejante desperdicio. Ya habrá oportunidades, ¿no le parece?

—¿Va a quedarse mucho tiempo en Madrid, señorita Del´Acour?

—Todo el que me soporte mi amable tía. Mis padres se han cansado de mis audacias y la baronesa se ha convencido de que puede enmendarme.

Corregir mi conducta no es buena idea, nadie me convertirá en una muchachita sumisa y complaciente que acata casarse con el primer petimetre que le ponen por delante, por mucho que se esfuerce.

—¿A cuántos rechazó?

—Podría contarlos por docenas y no estaría exagerando.

Mirándola, contemplando su mareante belleza y la seguridad con la que se conducía, Rafael no se habría atrevido a ponerlo en duda.

—No sabe los milagros que obran un físico agraciado y una dote imponente. Eso afirman los que entienden —añadió ella con amargura.

—Ninguno de los pretendientes resultó ser de su agrado.

—Acierta. Rafael, no me gustan los peleles. Busco un hombre que se vista por los pies, alguien que me lleve la contraria y me haga sentir especial y deseada. Ninguno de esos me merecía.

—De modo que sus padres la enviaron a España.

—Con el compromiso de casarme con alguien de posición. Hartos de soportar escándalos, pobrecillos. No están hechos para la mentalidad francesa.

—¿Es que no son franceses sus padres?

—Nacidos en España. Solo yo nací en el centro del mismísimo París. En cualquier caso, llevan siglos viviendo en Francia, solo que no se acostumbran a las libertades que allí se entienden como cotidianas.

—Qué cosas tan interesantes me cuenta, señorita Del´Acour.

Ella ladeó el cuello y lo sorprendió con otra alegre risita.

—Créame, le gustaría París. A un hombre como usted…

Rafael frenó en seco y la obligó a hacer lo mismo. Perforándola con los ojos entornados.

—¿Qué significa un hombre como yo? ¿Qué clase de hombre cree que soy?

Gabrielle compuso un gesto de inocencia que no logró engañarlo.

—Uno abierto a los apetitos carnales, a disfrutar de la vida mientras pueda. A probar experiencias nuevas. ¿Por qué no?

Experiencias incluso prohibidas.

La idea le palpitó en las sienes. Y la imagen del adorable Alexei, de sus labios húmedos y delicadamente perfilados volvió a su memoria con más ímpetu si cabe.

Iba a suponerle un descomunal esfuerzo de voluntad mantenerse a raya con respecto a aquellos deseos pecaminosos. Miró de reojo a la francesita.

Quizá la señorita estuviera dispuesta a colaborar y acudir en su ayuda.

No en vano, es lo que parecía estar ofreciendo en bandeja.