Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 19
42%

19

Rendidos a sus encantos

—¿Sabes qué razón alegó? Para justificar no haber despegado los labios desde que llegó a casa de la tía abuela.

Los ojos de Rafael se separaron a regañadientes del balcón de la plaza tras el que se ocultaba el piano de Alexei, para posarlos nuevamente en Jimena.

—No, pero me gustaría saberlo.

—Confesó a la tía que no quería estrechar lazos. Que solo pensar en ello… le provocaba… miedo.

—¿Miedo? No consigo entender por qué.

—Siempre lo han abandonado. Si amaba a alguien, si dependía de alguien, acababa perdiéndolo. Quedándose solo de nuevo. Pensó que anulando la posibilidad de comunicarse…

—Mantendría las distancias.

—Le aterra perder a la tía Fortunata. A nosotros. Lo que rodea su vida actual. Me ha roto el corazón escucharlo.

—Debe de haberse sentido muy solo. Terriblemente solo. Y desamparado.

—¿Acaso tú no…?

—¡Don Rafael!

Giraron los cuellos en la dirección de donde provenía la voz. La sobrina francesa de la baronesa de Luján, acompañada de su doncella, vestida en color crema con un gusto exquisito y su coqueto parasol haciendo juego.

—Y señorita… Disculpe, me temo que no recuerdo su nombre.

—Jimena, es la señorita Jimena Álvarez-Cuevas. —Rafael la sacó de un aprieto que, a juzgar por su desidia, no parecía serlo en absoluto.

—¿Y cómo es que los encuentro en la Plaza del Rey? ¿De caminata? Qué venturosa casualidad.

—Lo cierto es que vivimos justo en la zona. ¿Qué la trae por nuestro barrio?

—En realidad, debe de ser el azar quien me ha traído, paseaba a la deriva, tratando de conocer mejor esta preciosa ciudad suya.

—Hágase a la idea de que le queda mucho por explorar. Madrid es infinito.

—Usted podría hacerme de Cicerone, Rafael. Seguro que puede mostrarme rincones que ni adrede llegaría a descubrir.

—Sería un auténtico placer, señorita Del´Acour…

—Si no fuera porque Rafael hace muy poco tiempo que vive en la capital —interrumpió Jimena sin que le temblara el pulso—. Desde luego, no el suficiente como para hacerle de guía. Consulte a su tía, doña Magdalena, verá como ella sí que puede ayudarla.

Las dos jóvenes cruzaron una especie de mirada desafiante, oculta bajo capas y capas de normas de educada urbanidad.

—Nos sorprende su excelente manejo del idioma, señorita —acometió Rafael, desesperado por desviar la tensión hacia otros lares.

Sentir de nuevo fija en ella la atención del joven, hizo que una sonrisa triunfante aflorase a los labios de la francesita.

—Porque soy una enamorada de España, y de todo lo español, colocando al inicio de mi lista a los hombres. Los caballeros españoles tienen fama de buenos amantes. Fogosos e inolvidables. Espero que bien merecida.

Cualquier señorita educada habría previsto que un comentario así escandalizara a una joven virginal como Jimena. Aunque no Gabrielle.

Había soltado aquella barbaridad con tanta calma y frescura como si la muchachita no existiera o fuese sorda como una tapia.

Rafael notó que las mejillas le ardían de incomodidad.

—Insisto en que debería usted acompañarme en mis paseos. Descubriremos juntos los secretos de Madrid, si es que usted tampoco los conoce —presionó la sobrina de la baronesa, frunciendo deliciosamente los labios, en un gesto coqueto dedicado por entero a Rafael.

Jimena decidió que ya la habían ignorado suficiente tiempo.

—Señorita Del´Acour, ¿podría explicarme por qué se conduce como si yo no estuviese aquí?

Gabrielle la miró como si acabase de salir de una alcantarilla.

—¿Le he dado esa sensación? Debe de tratarse de un malentendido, tiene mi palabra de que no ha sido a propósito.

Jimena soltó un suspiro impaciente.

—Me temo que se hace tarde y hay cosas pendientes que requieren de mi presencia. Rafael, ¿podrías ayudarme a volver a casa?

—Sí, Rafael, vaya. Vaya y auxilie a esta pobre chiquilla. Y vuelva a continuación. Yo lo esperaré aquí mismo, sentada en este banco.

Y conforme lo decía, se dejó caer con un ademán voluptuoso sobre la losa de piedra, contemplando al joven con embeleso desde debajo de sus tupidas pestañas.

Rafael estaba tan obnubilado por el despliegue de atenciones, que Jimena tuvo que zarandearle el brazo para que espabilara.

—¿Vamos?

—Sí, sí. —Volvió a centrarse con torpeza en Gabrielle—. Enseguida regreso, señorita.

Jimena no se molestó en despedirse. Total, lo máximo que iba a conseguir sería un gruñido suave o un silencio. Cruzó la calle, enfurruñada, con los labios prietos, golpeando con el bastón los adoquines del suelo, tal que si quisiera quebrarlos.

—¡Qué mujer tan maleducada! —murmuró furiosa—. Luego irá su tía presumiendo de sobrina francesa. En mi vida vi nada igual. Cuando le cuente a la abuela cómo me ha tratado…

—¿Cómo la ha tratado? —Rafael se apartó para que Jimena pudiera atravesar la puerta que les abría el mayordomo.

—¿Es que no te has dado cuenta? Me ha ignorado y ofendido siempre que le ha sido posible. Ya. —Observó su expresión confusa—. Tú no te has percatado de nada. Estabas demasiado ocupado contemplando sus pómulos.

Jimena se mostraba tan abiertamente celosa en sus ataques, que Rafael tuvo que contener la risa para que no se le escapara.

—Sospecho que debe creerla cuando asegura que no tiene mala intención. Hay que tener en cuenta los desfases del idioma. Quizá en francés se expresan de forma más…

—¿Hiriente?

—Directa.

—Insultante y humillante, diría yo. Pero que tenga cuidado, si me provoca lo suficiente, puedo mostrarle que también soy capaz de manejar una lengua dañina.

Por fin a Rafael se le escapó una risita inocente.

—¿A usted? Pero si es más buena que el pan, incapaz de una mala acción o una idea torcida.

—Créeme, esa muchacha insolente me las provoca todas.

Ya habían entrado en el saloncito de la planta baja donde Rafael pensaba acomodar a Jimena antes de volver a la plaza. No obstante, en lugar de sentarse, la muchacha se acercó a fisgonear a través de la ventana que daba a la casa de las siete chimeneas.

—¿Piensas salir de nuevo?

—Bueno, me he comprometido con…

—Aventuro que la señorita Delacorte ya ha encontrado otro que se la haga —bromeó jugando con las palabras y el apellido.

Muy intrigado, Rafael se acercó y apartó el visillo para ver mejor. En efecto, Gabrielle se encontraba en el banco donde había prometido esperar, aunque no sola. Conversaba amigablemente con Alexei y parecía muy impresionada por lo que fuera que le estuviera contando.

—¿Resistirá nuestro amigo los innegables encantos de la francesa, o caerá también rendido a sus pies… como todos los demás?

Rafael se mordió el labio inferior, mortificado.

¿Qué era aquel dolor agudo mordiéndole la boca del estómago? El escozor en el vientre.  ¿El pinchazo de los celos?  ¿Quién se los estaba provocando? ¿Alexei o Gabrielle? No soportaba verlos juntos, mucho menos tan bien avenidos.

De manera que decidió no acudir a la cita. No salir.

Y alejarse, por su bien, de aquel maldito ventanal.