Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 18
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El canto de los ángeles

—Bueno, ¿es que no piensas vagabundear por la sala con el objetivo de localizar una jovencita de tu gusto? Muchacho, te prohíbo terminantemente que malgastes la noche aquí, pegado a dos ancianas decrépitas.

—Lo de decrépita lo dice solo por ella, claro está —apuntó Fortunata con sorna.

Jimena y Rafael rieron en voz baja. Pese a que Rafael la había instado a repetir en otros valses, la joven parecía muy fatigada. No quiso insistir.

—¿Y mi Alexei? Contemplando los instrumentos, mucho me temo…

Iba a responder Rafael, que hacía rato que le había perdido la pista dado que lo esquivaba, cuando una dama algo más joven que las primas Martorell se acercó al grupo, acompañada de una muchacha de hipnótica belleza.

—¡Doña Jacinta! ¡Doña Fortunata! Qué honor verlas por aquí, y unidas en buena concordia, nada menos.

—Baronesa de Luján —cumplimentaron las damas, inclinando brevemente las cabezas.

—¿Se puede saber dónde se esconde últimamente? No ha asistido a ninguna de las reuniones del club en este mes.

—La culpa la tiene esta preciosa beldad que ven aquí, mi sobrina Gabrielle, recién llegada de París. Va a pasar con nosotros una temporada.

A Jimena se le iluminaron los ojos de forma sobrenatural.

—¡Paris!

Pero Gabrielle ya había decidido que el objeto de sus deseos era Rafael, y que a él por entero dedicaría sus encantos y sus batidas de pestañas. Muy impresionada por el atractivo del muchacho, ni se planteó atender a la pálida Jimena con todos sus halagos y su evidente admiración.

—Encantada de conocerlos —dijo en general, con un adorable acento en su habla que los hizo sonreír embelesados.

—Sí, París. La ciudad más hermosa y distinguida del mundo.

—En ese aspecto discrepo, mademoiselle —intervino doña Jacinta con un canturreo—. No hay ciudad en Europa más distinguida que Viena.

—Bueno, imagino que es cuestión de gustos. ¿Sería mucha molestia que nos presentaran?

Jimena parpadeó, perpleja por la frescura de la muchacha.

—Sí, por supuesto, cómo no, disculpe el descuido —se apresuró a recapitular doña Jacinta—. Ha sido mencionar París y todos hemos perdido un poco la cabeza. Mi nieta, la señorita Jimena Álvarez-Cuevas…

—Y el caballero de los ojos verdes es… —la avasalló Gabrielle, devorando a Rafael con pupilas interesadas.

—Don Rafael Márquez, mi protegido.

—Protegido. Qué interesante. No sé si existe esa figura en nuestro país, ¿tía?

—Falta Alexei, mi pupilo.

Gabrielle y la baronesa giraron su atención hacia doña Fortunata, encantadas con el nuevo chisme.

—Así que otro protegido… —repuso la dama—. Cielos, no me habría perdido este baile por nada del mundo.

Jimena no podía apartar los ojos de la recién llegada, aunque hubiese querido.

Ejercía tal grado de fascinación sobre ella, que se veía incapaz.

Gabrielle tenía el cabello brillante, casi negro, artísticamente recogido con ristras de pequeñas perlas que destacaban contra la oscuridad del fondo.

Los ojos rasgados y también negros, como dos pozos profundos directos al centro de la tierra.

Los labios llenos, pintados de carmín, parecían diseñados para besar hasta volverte loco.

Todo en aquella joven gritaba feminidad, dominio y seducción.

Jimena no pudo evitar compararse. Le habría gustado ser así, una mujer dueña de su destino y del de aquel que se le acercara y quedase atrapado en su red. Un ser que inspiraba deseo y desesperación, en lugar de lástima y misericordia, como ella.

—¿Qué hace Alexei con la duquesa? —Doña Fortunata se calzó las lentes que llevaba guardadas en su bolsito y que sacó a toda prisa—. Acaso están… ¿parlamentando?

Su desconcierto solo creció y creció hasta alcanzar cotas inimaginables, al comprobar que su pupilo, no solo parecía comunicarse a las mil maravillas con la ilustre anfitriona, sino que era conducido por esta a la zona donde se exponía la orquesta.

La gran dama levantó los brazos e hizo un gesto a la concurrencia, solicitando silencio.

En un santiamén, se cumplió lo que a todas luces parecía imposible: la masa de invitados bulliciosos enmudeció.

—Damas y caballeros, queridos todos. Se nos ofrece la oportunidad de disfrutar de un entretenimiento imprevisto.

Muchos ya conocerán a Alexei Olenka, el pupilo de nuestra querida amiga doña Fortunata Martorell.

No sé ustedes, el caso es que a mí me doblegan las ganas.

Les ruego que mantengan este silencio. —Una mirada fugaz dirigida a Alexei—. La magia está a punto de comenzar.

Si el joven protegido de doña Fortunata era capaz de arrancar lágrimas conmovidas de aquellas almas que lo oyeran tocar el piano, nada podía compararse con lo que les hizo sentir cuando empezó a cantar.

Eran campanillas de cristal, voces angelicales, cada nota detonaba en el aire como estrellas en un firmamento infinito. Un tono delicado y agudo, como el de un niño que no ha crecido y te deleita con su canto prodigioso. Resultaba embriagador. Nadie podía resistirse a su efecto narcótico.

A doña Fortunata, la emoción desbocada le cerró los pulmones.

Doña Jacinta notó cómo los ojos se le humedecían, la carne se le erizaba y las lágrimas rodaban mejilla abajo.

No hubo un solo espíritu en la sala de baile que no contuviese la respiración.

Nadie conocía el tema que interpretaba en un idioma extranjero, aunque nadie quería saberlo.

No era preciso.

Rafael pensó que el corazón le explotaría dentro del pecho.

La admiración que lo movía hacia Alexei ya era mucha, no obstante, con aquello se multiplicó hasta el infinito convirtiéndose en algo inabarcable.

El poder de las notas entre los labios del joven lo habían envuelto como un manto de seda templada, haciendo que quisiera quedarse allí, acurrucado para siempre.

Hasta Gabrielle Del´Acour, siendo como era una joven insoportablemente bella, acostumbrada a ser el foco de atención de medio mundo, quedó boquiabierta, rendida ante el prodigio de aquella voz de diamante.

Nadie respiraba por miedo a romper el encanto y cuando Alexei les regaló las notas finales, ceñidas con un brillante lazo, tardaron largos segundos en reaccionar e iniciar un aplauso enloquecido, que se prolongó muchos minutos.

El angelical joven agradeció las muestras de entusiasmo con una refinada reverencia y acto seguido descendió del estrado dirigiéndose al grupo que encabezaban las primas Martorell.

Lo recibieron con aspavientos. Doña Fortunata lo observó callada. Luego estiró un dedo delante mismo de su cara.

—Tú y yo tenemos que hablar muy seriamente, señor «no tengo lengua».

El joven inclinó sumiso la cabeza.

—Lo sé, señora. Y lo entiendo.

Una sonrisa repentina curvó los labios de la anciana.

—Pero eso será en otro momento, más tarde. Ahora tengo que decirte… que entiendo por qué ocultabas esa voz portentosa, en mi vida he oído nada igual.