Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 17
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No compasión, sino amor

—Creo que decidiré instalarme en aquellas sillas de allí —anunció doña Jacinta agitando un dedo—.

Es un rincón privilegiado, desde el que se domina prácticamente todo el salón, y es el primer pasillo que recorren los camareros con las bandejas repletas.

Un buen lugar para una anciana chismosa, no cabe duda.

Jimena y Rafael se disponían a acompañarla, cuando la música estalló de repente, rodeándolos.

—Id a bailar, id, id —los animó con un aleteo de mano—. Soy más que capaz de vigilaros desde este asiento. Aprovechad ahora que sois jóvenes.

—¿Estás segura, abuela?

—Por supuesto. Basta que Rafael me consiga una copa de algo dulce y embriagador, para que me sienta entre ángeles.

Una vez la dama estuvo acomodada y con un ponche de rabioso color rojo para degustar, la pareja caminó despacio hasta la pista de baile.

Rafael había convencido a Jimena de que dejara su bastón allí donde paraba la señora Martorell, y se las había apañado para tomarla con un brazo de la cintura, y con el otro, extendido hacia adelante, la punta de sus dedos como en el más elegante movimiento de baile antiguo.

El resultado, aun estando muy juntos sus cuerpos y prácticamente arrastrarla consigo, no podía ser más sutil y recatado.

—No me sueltes, Rafael, por lo que más quieras. Si dejas de sujetarme, esta condenada pierna no sostendrá mi peso.

Él se ahorró una respuesta a todas luces innecesaria.

La muchacha era ligera como una brisa de verano, mantenerla derecha no suponía ningún esfuerzo, y habían escogido bien la pieza a compartir: un vals que le permitiría aferrarla con firmeza hasta el final, sin que nadie se percatara de la artimaña.

La plácida sonrisa de doña Jacinta, motivada por la animada distracción y el cosquilleo de la pizquita de alcohol inundando sus venas, se esfumó de golpe y porrazo al ver aproximarse a su prima.

No podía creer que Fortunata viniera a sentarse justo allí, a su vera, aunque bien mirado, la mayoría de las sillas estaban ya ocupadas y la sala parecía un abarrotado panal de abejas en plena faena.

—Lo lamento, querida —se adelantó la anciana—, no quedan asientos libres en otra parte. Debo añadir que has escogido el rincón mejor situado.

—Llegáis tarde.

—Sí, hemos tenido un pequeño percance cuando la torpeza de mi doncella personal ha vertido una taza de café sobre mi vestido de esta noche. Me he visto obligada a cambiarlo todo a última hora.

Doña Jacinta revisó su traje con ojo crítico.

—Es bonito. Me recuerda a uno que tenía mi madre.

—¿Lo estás diciendo con cariño o me estás llamando fantoche pasado de moda?

—¿Podrían ser ambas cosas a la vez? Prueba el ponche, Fortu, está de muerte.

Dos minutos y otra copa más tarde, los ánimos se habían aquietado hasta el punto de soportar la prueba de charlar sin arañarse. Los ojos claros de Fortunata persiguieron el armónico vaivén de los bailarines en la pista y la sonrisa inigualable de la joven Jimena.

—Me atrevería a decir que hacen buena pareja —musitó extasiada.

—No —fue la cortante respuesta de Jacinta.

—¿Por qué no? ¿Por su origen desconocido y más que probablemente humilde? ¿Porque pretendes una cuna más ilustre y noble para nuestra Jimena? No seré yo quien te critique tan loable exigencia.

—Porque quien se case con ella debe de estar perdidamente enamorado.

—Y Rafael no…

—Rafael le pediría matrimonio mañana mismo si yo se lo sugiriera. Pero sería a modo de agradecimiento, porque lo mueve la compasión, no porque la ame.

Doña Fortunata sacudió repetidamente la cabeza en señal de entendimiento.

—Desdichada chiquilla. Qué mala fortuna la suya. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para que sea feliz el tiempo del que disponga.

—¿Y tu muchachito enclenque? ¿También se ha manchado de café?

—No, ha llegado conmigo. Debe de estar por ahí, en alguna parte.

Ese «alguna parte» resultó ser una pequeña biblioteca a la izquierda del gran salón donde se celebraba la fiesta. De pie ante las estanterías, en apariencia subyugado, con un volumen en las manos, que acariciaba con los dedos.

Acabado el vals, entre risas y sin soltar su estrecha cintura, Rafael había devuelto en volandas a Jimena junto a las damas, la había pertrechado de bebida con la que refrescarse, y había terminado acatando la petición de doña Fortunata de que localizase a Alexei.

Un ruego que, dicho sea de paso, le complacía mucho satisfacer.

—¿Qué haces aquí escondido? —Lo asaltó por la espalda.

El joven rubio lo miró sonriente por encima del hombro. Rafael caminó hasta colocarse a su costado.

—El poder brujo de los libros. Y la tranquilidad y la calma. Diría que ahí fuera todo resulta demasiado ruidoso.

—Y yo, que quizá no deberíamos curiosear en una habitación de casa ajena, manoseando libros que no nos pertenecen.

Alexei amplió la sonrisa, tranquilizador.

—Las salas que permanecen abiertas durante un baile, no son zonas prohibidas. En cualquier caso, incluso encontrándome cerrada la puerta, no habría podido resistirme, ¿has visto qué belleza?

Le estaba tendiendo el pequeño libro de deliciosa factura, con tapas de piel azul y grabados en oro, que sostenía como un tesoro sagrado entre las manos. Rafael aceptó la entrega y, al pasarlo de uno a otro, sus dedos se rozaron durante muchos segundos.

Mientras se debatía por desterrar el inquietante hormigueo que se apoderó de su vientre, Rafael notó que Alexei temblaba.

A consecuencia del contacto.

Hizo cuanto pudo por retirar las manos y ponerlas a salvo.

—Tu amor por los libros solo puedo compararlo al que siente Jimena. Deberíais sentaros los dos, disfrutar de espléndidas meriendas y comentar lecturas durante horas. Sé que el pasatiempo la haría muy feliz.

—Siempre que doña Fortunata me permitiera ir a visitaros —alegó el joven rubio, turbado, como si respondiera eso, pero estuviese pensando en otra cosa.

—Podrías proponerle un trato.

—¿Qué clase de disparate te ronda la cabeza? —rio Alexei sin dejar de mirarlo con insoportable fijeza.

—Permítele oír tu melodiosa voz a cambio de libertad para visitar la casa de Barquillo 12 cuando lo desees. Explícale que lo haces por Jimena. No se opondrá.

Rafael decidió no quedarse con el libro, aunque ponerlo nuevamente en manos de Alexei supusiera correr el riesgo de rozarlo por segunda vez. Algo que de forma inevitable ocurrió, pero porque ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.

Una diminuta y torpe caricia que los llenó de gozo.

Una promesa muda encerrada en un mero roce, como una libélula en el ámbar. A fin de cuentas, un imposible con el que los dos soñaban, que había llegado a sus vidas para alumbrarlas, al tiempo que para convertirlas en un calvario.