Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 16
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La primera fiesta

¿Una esposa? ¿Una prometida?

¿Cómo podía pensar en algo tan disparatado cuando lo único que ansiaba era encontrarse con Alexei?

Le quemaban de ganas las entrañas.

Cuando bajaba a la plaza, unas veces junto a Jimena, otras en soledad, por encima de cualquier otra cosa, lo movía la esperanza de volver a verlo.

De poder intercambiar con él unas cuantas frases, unas risas, con suerte, algo que en público nunca era posible, si el joven continuaba con su terca decisión de aparentar ser mudo ante su protectora.

Nunca vio satisfecho su deseo, ni en una sola ocasión, aunque sí escuchaba desde abajo sus manos al piano. Regando la calle de magia y primavera.

Para su profundo tormento, muchas noches soñó con él.

Con el tacto de su mano sedosa cuando se la estrechó la primera vez, un Alexei emocionado por el reencuentro.

Reprochándose el no haber estado más despierto y atento en ese instante, el no haber apreciado aquel contacto irrepetible con sus cinco sentidos, embriagándose del efecto para preservarlo como algo valioso.

Y otra vez la curva de su cuello. Tentándolo con su piel de nácar.

Rafael sacudió la cabeza, rogando para que con ello se despejaran sus malas ideas.

No podía sentirse atraído por Alexei. Por un hombre.

No podía, no era decente.

No era lo que la señora Jacinta esperaba de él, no debía defraudarla de aquel modo.

Lucharía con uñas y dientes contra lo que empezaba a sentir. Puede que solo fuese un espejismo, una sensación de afecto mal entendida. O de admiración. Que se lo estuviera imaginando todo.

¿Por qué no?

A veces, uno creía estar enamorado de una muchacha, incluso perdidamente, cuando no eran más que fantasías que de pronto, cuando menos se esperaba, explotaban en el vacío como una pompa de jabón, desapareciendo.

¿Por qué no podía ocurrir otro tanto con relación a un joven hermoso y tan cautivador como Alexei?

—¿Estás listo?

Lo que estaba era absorto. Perdido en algún lugar muy lejano de su mente del que era difícil retornar. La pregunta de Jimena le resonó por la espalda y lo sobresaltó.

—Sí, sí, desde luego. Podemos salir cuando gusten.

—Estoy emocionada, Rafael. Mi primer baile. ¿Imaginas? Sé que no podré bailar y todo eso que harán los demás, pero…

El joven la contempló largamente.

Deseando disponer de un poder oculto que curara su pierna y mejorase su salud quebrada. La muchacha estaba radiante. Todo lo que no inspiraba su precioso vestido azul cielo, con sus delicados volantitos de encaje, lo iluminaba la luz de su rostro.

—Bailaremos, señorita Jimena. Se lo prometo.

Jimena respondió a su sonrisa amable con dos pupilas chispeantes de entusiasmo.

Rafael tenía los brazos largos y fuertes, podía sujetarla y elevarla en el aire como si fuese una pluma.

No le costaría sostenerla mientras danzaban.

Otro no lo haría, no podía confiar en que otro caballero la sacara a bailar, sin embargo, con él cerca, Jimena podía permitirse fantasear con la ilusión de ser una chica normal. Sana.

Con una larga vida por delante.

El festejo se celebraba en casa de los duques de Monforte.

Un palacete exageradamente grande y opulento, situado en el corazón de un cruce de calles principales del centro.

Construido en piedra, con grandes balconadas y columnas decorativas, daba la impresión de haberse trasladado, como por encanto, desde la vieja Inglaterra.

—Tengo entendido que el arquitecto era inglés —explicó doña Jacinta con agrado—. De ahí el peculiar estilo arquitectónico.

—Tenemos grandes joyas en este Madrid nuestro —comentó Rafael, mirando interesado por la ventanilla del carruaje.

—¿Iremos a París alguna vez, abuela? ¿Iremos?

La pregunta de Jimena estalló como un lamento. Como si algo en su interior le gritara que no viviría lo suficiente como para ver mundo, y ella alejase aquella infamia de una patada.

—Por supuesto que sí. Ahora que Rafael nos acompaña, cuando llegue la primavera… Es la mejor estación para visitar la ciudad de la luz. Ya veréis, ya.

—Podrían acompañarnos la tía y Alexei… —dejó caer como por casualidad, la muchacha.

A doña Jacinta le faltó rugir. Giró con brusquedad la cabeza, como si le hubiese picado un reptil.

—¿Viajar con Fortunata? ¿Es que has perdido el juicio, Jimena? Lo haría todo el triple de agotador.

No pudo seguir despotricando contra su prima, porque habían llegado.

La calle estaba plagada de carruajes y coches aparcados en hilera.

Abundante luz que hacía de la zona un festival.

Mucha gente fastuosamente vestida, con estolas de piel y sombreros de copa ascendiendo pomposos por unas escalinatas anchas e interminables que Jimena estudió con aprensión.

—Yo la subiré —la confortó Rafael con una palmadita cariñosa en la mano.

El corazón se le encogió en un puño.

Ya no sabía qué hacer con todos aquellos sentimientos que empezaban a desbordarse fuera de su control. Desde que el joven llegara a sus vidas, el mundo había dado un vuelco delirante a su alrededor. Él la inspiraba. Él era su apoyo y su consuelo. Él le contagiaba ganas de vivir.

Como decía la abuela cuando bordaban juntas, Rafael había tirado por la ventana muchos miedos de las dos, temores que las paralizaban cuando estaban solas y en cierto modo, desamparadas.

Y lo había hecho sin necesidad de mover un dedo.

Simplemente estando.

Siendo.

Tan leal como parecía. Tan sólido. Tan árbol de copa ancha bajo el que refugiarse.

Era muy fácil enamorarse de Rafael.

No solo en sus circunstancias adversas en las que cualquier hombre que le tendiera una mano le habría resultado irresistible, en cualquier circunstancia. Era hermoso por dentro y por fuera. Íntegro. Agradecido.

Y ella no podía dejar de pensarlo.

Despierta. Dormida. Cuando leía sus novelas preferidas, cuando cosía, le cepillaban el cabello o cantaba. Hasta cuando respiraba, dejaba escapar un fino hilo tembloroso que la unía a él.

Le estaba tendiendo una mano. Desde la calle, una vez fuera del carruaje, aguardaba a que ella también descendiera valiéndose de su fuerza. Jimena entregó su delicada palma y sujetándose el bajo del vestido, pisó los peldaños de la escalerilla desplegable.

Con el corazón inflamado.

Los duques no habían reparado en gastos a la hora de engalanar también el interior del palacete. Doña Jacinta murmuró unas frases de agradecimiento al cielo porque el primer baile al que su nieta y Rafael asistían fuese tan espectacular.

La puerta principal la guardaban dos lacayos con reluciente librea y majestuosos galgos de pelaje oscuro y, nada más adentrarse, un mayordomo ostentoso los anunciaba en voz alta.

—La señora doña Jacinta Martorell, la señorita Jimena Álvarez-Cuevas y don Rafael Márquez.

Qué bien sonaban sus nombres juntos, pensó Jimena con un suspiro enamorado.

No obstante, enseguida, al verse rodeada de todo aquel esplendor, sus anhelos románticos se adormecieron para centrarse en lo que estaba viviendo.

El centelleo de una fiesta de abolengo no tenía comparación con nada más.

El ruido de las conversaciones y las risas entremezcladas, la espiral de aromas con los perfumes de todos uniéndose en uno solo, intenso y exuberante.

El parpadeo de la intensa luz, la música arrullándolos de fondo.

Rafael lo observaba todo igualmente conmocionado. Deslumbrado.

Si bien, la ceguera por fascinación que provocaba el ambiente respecto a todo lo demás no logró disuadirlo de su principal objetivo: localizar al bello Alexei entre todo aquel tumulto.

Fue una tarea imposible.