Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 15
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La tecla y la espada

Rafael soltó un largo resoplido.

—Imposible, señorita Jimena. No lo consigo, entiendo lo que usted me dice, aunque no lo veo.

—Leer música no es fácil. Especialmente si no lo has hecho en tu vida. Esta de aquí es una corchea. Estas son las semicorcheas y el tiempo del compás se reduce a la mitad… —Miró la desesperación que llevaba Rafael pintada en la cara—. Quizá sea momento de presentar mi renuncia como profesora.

—¡No es su culpa! ¡Soy yo!

—Es mi abuela. Que se piensa que todos sus antojos son realizables y alguien debería explicarle que existen los límites y que no es pecado…

—Señorita Jimena, señorito Rafael, el almuerzo está servido. La señora les espera en el comedor.

Con una expresión que no dejaba lugar a duda respecto de su liberación, el joven abandonó la banqueta frente al hermoso piano de cola y ofreció su brazo a Jimena para ayudarla a caminar.

—Se obcecará en ponerme un profesor, lo sé. Y es dinero malgastado. Por no hablar del tiempo —explicó con un suspiro que peleaba con tal de no sonar resignado.

—¿Qué tal esas clases, Jimena querida? ¿Cómo avanza nuestro alumno? —El optimista saludo de la anciana desde la mesa hizo presagiar huracanes y tormentas.

—Lo lamento mucho, abuela. He de confesar que soy muy mala maestra.

—No avanzo, señora Jacinta. No sirvo para tocar un instrumento tan delicado y difícil como el piano.

—Paparruchas. Nadie nació sabiendo.

—Estaríamos dispuesto a afirmar que Alexei sí.

Al escuchar su nombre, a la vieja dama se le torció la boca.

—He de confesar que me convencí de que Fortu exageraba, pero no. Por mucho que me cueste admitirlo, que me cuesta, lo cierto es que se quedó corta, con tanto halago y tanto misterio. El muchacho es un auténtico prodigio de las teclas. En el recital levantó pasiones.

—Bueno, abuela, he de decirte que no fue el único.

Rafael trató de frenarla con un gesto rápido de cejas. No surtió efecto. Jimena sabía lo que iba a decir y quería decirlo.

—Oí a doña Mercedes susurrarle a una amiga, que Rafael era tan apuesto que se le estremecía el cuerpo, de pies a cabeza, solo de pensar en él.

—¿Que se le…? —La boca de la señora se redondeó para formar una O perfecta— ¡Cielos!, qué visión tan inquietante.

Jimena rompió a reír. Y escuchando aquel sonido al que la tenía tan poco acostumbrada, su abuela pensó que la presencia de Rafael en la casa, supusiera o no un riesgo, las había beneficiado a las dos.

Un soplo de aire fresco que había barrido muchos miedos, llevándoselos lejos.

—Conozco al maestro de piano que Fortu ha contratado para Alexei. Podríamos llamarlo…

—¿Y pagarle el doble para que el pobre pupilo de la tía abuela desaprenda mientras Rafael saca las mejores notas de una chistera? —bromeó la jovencita.

—El resultado sería el mismo, doña Jacinta —la desencantó él—. No se esfuerce. No sirvo para deleitar a nadie con mi sensibilidad musical.

—¿Entonces? —gimoteó la dama con los ojitos muy abiertos.

—Debería recibir clases de algo que le agrade y concuerde más y mejor con sus aptitudes —razonó Jimena—. Más en sintonía con su carácter.

—Como por ejemplo…

—Esgrima —soltó Rafael casi sin pensar.

Desde crío había soñado con aguerridos caballeros armados con espadas, desafiando a los peligros y a la muerte. Saltando como acróbatas, arma en ristre, para liberar a su dama. Eso sí podría funcionar.

El piano no. Definitivamente.

—La esgrima. Un deporte de caballeros —se relamió doña Jacinta.

—¿Le gusta la propuesta?

—He de decir que sí. No tanto como que dejes a un tropel de invitados boquiabiertos tocando el piano, pero… Es diferente.

—Por supuesto, abuela —lo apalancó Jimena apasionada—. Alexei y Rafael son distintos, radicalmente, el uno del otro. Mientras la tía abuela y tú no entendáis eso y sigáis pretendiendo que compitan en campos donde jamás estarían a pie de igualdad, estaréis haciendo el tonto.

—¡Niña! Un respeto a tu abuela, que tiene muchos años. De acuerdo. Le encargaré a Bernardo que vaya buscando el mejor profesor de esgrima de la ciudad. Pocas cosas puedo concebir que este mayordomo infalible nuestro no logre.

Mucho más sereno, dada la milagrosa liberación que con el auxilio de Jimena acababa de producirse, Rafael pudo disfrutar de los deliciosos platos de doña Simona.

—Eso sí —irrumpió por tercera vez la dama, haciéndolos sobresaltar—. Ha llegado la hora de aprender a bailar. Empieza la temporada de fiestas y jovencitas casaderas, Rafael. De esa no vas a librarte.

Desde que doña Jacinta había mencionado los bailes y a las señoritas casaderas, Jimena había perdido parcialmente la alegría. La recuperaba brevemente si estaba en compañía de Rafael, aunque enseguida volvía a sumirse en una especie de sopor melancólico del que nada se sabía.

En mil ocasiones estuvo Rafael tentado de indagar.

Si no deseaba abrirle el alma, que al menos supiera que lo tenía allí, dispuesto a apoyar, ayudar, a prestarle consuelo, fuera lo que fuese lo que la preocupaba.

Y en otras mil, su intuición le aconsejó no escarbar, por miedo a lo que pudiera encontrar en esa dirección.

Rafael era ingenuo, incluso puede que aún no estuviera demasiado curtido por la vida, no obstante, sabía distinguir a la legua a una muchacha enamorada. Haría lo que fuera con tal de que Jimena no sufriera.

Hasta regresar a las calles, si era lo que hacía falta.

Al final fue ella quien rompió el hielo del silencio.

—¿Sabías que en los planes de la abuela se incluye buscarte una esposa?

El joven la miró con los ojos muy abiertos. Hasta notó cómo tragaba saliva.

—¿Buscar me ? Supongo que la elección de la mujer con la que vaya a compartir mi vida no es algo que corresponda a otra persona. Aparte de mí, desde luego.

—Bueno, te aconsejarán al respecto, te facilitarán una larga lista de candidatas ideales y se dedicarán a sacar faltas y a ponerle pegas a las que vayas escogiendo. Hasta que solo quede su favorita. Es el mismo proceso, aunque adecuadamente disfrazado.

Rafael la miró perplejo. Con las cejas arqueadas y una montaña de preguntas en la punta de la lengua.

El tono burlón de la muchacha lo desconcertaba.

—¿Le hace gracia?

—¿Con franqueza? Un poco. La abuela se comporta exactamente igual que haría si fueras su nieto.

—Eso es bueno, ¿verdad?

Ella asintió con dulzura.

—Lo es.

—El caso es… No me siento preparado para dar ese paso. Casarme. Me parece una enormidad.

—Claro que no —lo confortó ella con una suave mano sobre su antebrazo—. Será más adelante. Cuando conozcas a alguien especial, cuando tú te sientas preparado y decidas.