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Su cuello
—Entonces, ¿la chaqueta azul oscuro mejor que la negra?
—Es menos formal. Ten en cuenta que vamos ahí mismo, cruzando la plaza, a casa de mi tía abuela.
—Jimena —intervino doña Jacinta, permitiendo que su doncella acabara de colocarle el sombrero—, no son los metros que marcan la distancia lo que condiciona el atuendo, sino el tipo de acto social. La azul marino es correcta, querido Rafael.
El joven sonrió aliviado.
Entendía todo aquello de que la vestimenta es un lenguaje que lanza mensajes y se vincula al protocolo.
No obstante, por más que lo estudiara, siempre se sentía como alguien a punto de cometer un error garrafal.
En aquellos momentos, contar con la versada opinión de dos damas de alcurnia, lo tranquilizaba hasta la médula de los huesos.
Si bien no era ese el único motivo por el que estaba inquieto.
Desde que supo que tendrían que asistir a la fiesta Martorell, donde Alexei interpretaría varias piezas al piano para deleite de los invitados, había dormido mal y le costaba concentrarse.
Estando en el sastre, se había sorprendido a sí mismo admirando la curva del cuello de Alexei. La exquisita porción de piel que quedaba al descubierto y que él habría deseado acariciar con la yema de los dedos.
O lamer.
Recorrerla con el aliento.
No entendía por qué lo habían asaltado aquellos delirios en forma de urgencia peregrina. Algo tan fuera de lo común como extraño en él.
Un hombre… mirar, desear… ¿desear a otro hombre?
No era que le inspirase rechazo, la idea no lo repugnaba como sabía que sucedía a otros muchachos. Simplemente, lo intimidaba.
Lo paralizaba la idea de sentir cualquier emoción que no supiera gestionar. No entender sus propias necesidades ni cómo lidiar con sus porqués.
Hasta entonces, a él le habían atraído las mujeres. ¡Y de qué modo!
Hasta que conoció a Jimena, que lo que le inspiraba era ternura, afán de protección. Y entonces comprendió que podía haber distintos tipos de afecto, incluso de amor.
Había hecho lo imposible por distraerse, sin conseguirlo del todo. La imagen del etéreo Alexei volvía a su mente de forma repetitiva, como si estuviese ahí para desvelarle algo de sí mismo que aún ignoraba.
La perspectiva de volver a enfrentarlo, dado que no habían vuelto a verse desde el día de la sastrería, le hormigueaba en la boca del estómago.
—¿Y a mí no me dices nada? ¿Qué te parece mi vestido nuevo?
La voz alegre y cantarina de Jimena lo sacó de su ensimismamiento. La contemplo, con una sonrisa, al tiempo que pensaba de nuevo en el cuello de Alexei.
—Está usted preciosa.
—¡Abuela! Por lo que más quieras, dile a Rafael que deje de llamarme de usted, me hace sentir como si tuviera cien años.
—Rafael sabe lo que hace y será él mismo quien decida cuando iniciar un tratamiento más informal. ¿No es así, querido?
—Me cuesta solo pensarlo, doña Jacinta, les adelanto que va a costarme.
Rafael no encontró que la fastuosa vivienda de doña Fortunata tuviera mucho que envidiar a la de la calle del Barquillo. Eran fácilmente comparables. Igual de a gusto se vivía en una que en la otra, rodeados de lujos, sin que ningún capricho quedara insatisfecho.
Claro que, ¿qué iba saber él de mansiones y fabulosos pisos en la capital, si desde que perdió a sus padres su cobijo había sido una casucha destartalada en mitad del campo?
Descubrió con cierto asombro y placer, por qué no decirlo, que saludar a todo aquel que le iban presentando, no le suponía, como al principio, un acto de osadía inhumano. Sabía sonreír lo justo, agradecer lo justo, enaltecer lo justo y mantenerse en su sitio como si hubiera nacido allí.
Otro que se movía rodeado de un halo irreal era Alexei.
Como protegido de la anfitriona, fue presentado a diestro y siniestro.
Y ya no era solo que no le abrumara en exceso enfrentarse a estirados desconocidos, es que parecía flotar por encima de todos ellos.
Descendiente directo de la realeza. Solía responder con una breve inclinación de cabeza al tiempo que estrechaba la mano que se le ofrecía, y nada más.
Eran el resto de humanos los que se quedaban boqueando, deseando que los increíbles ojos azules giraran por segunda vez a mirarlos, que la exquisita criatura les otorgase una pizca más de atención.
Para entonces, Alexei ya se había desvanecido en el aire, estaba junto a doña Fortunata, cumplimentando a otro invitado, sonriendo como solo él sabía. Encandilando a la multitud sin poner voluntad siquiera.
Si todavía quedaba alguien respirando en aquella sala que no hubiese caído rendido a los encantos del joven ruso, todo se disparó y voló por los aires cuando tomó asiento frente al piano.
Hubo exclamaciones de asombro, aplausos enloquecidos antes de tiempo, amagos de desmayos y lágrimas que desaparecieron al amparo de pañuelos finos.
Cada maravillosa catástrofe que un torrente desbordado de emociones podría causar, llegó y los besó en la frente. Uno por uno. Como si la pieza selecta que desgranaba fuese dedicada a cada invitado presente en exclusiva.
Al acabar la primera, la gente se puso en pie de un brinco, aplaudiendo y gritando vítores, aunque el protocolo mandara no abandonar la silla hasta el final. Estaban demasiado exaltados por la belleza sin par del baile de notas, como para reprimirse.
Alexei no daba la impresión de escucharlos aullar su júbilo. Se le veía concentrado, ausente, muy lejos.
Y la deliciosa curva de su cuello, apareciendo por debajo de sus bucles rubios, se convirtió, de nuevo, en la perdición de Rafael.
Desde su asiento en primera fila, una ufana doña Fortunata, a punto de reventar las costuras de su vestido a causa del orgullo, miró de reojo a su prima, que sonreía tirante, con las muelas apretadas.
Y supo que la había vencido.
—¿Cómo que debo estudiar piano? Señora Jacinta, no es mi intención contrariarla, pero no creo que mis virtudes vayan en esa dirección…
—No se hable más, hijo, al menos, haz el intento.
Jimena pensó que era más que conveniente que interviniera.
—Yo sé tocar. No pienses ni por un instante que me asemejo a Alexei, aunque me defiendo. Te daré tus primeras nociones.
—Señora, yo…
Complacida porque pronto tendría en la familia un pianista virtuoso con el que hacer sombra al enclenque rubio de su prima, Jacinta se levantó y abandonó la biblioteca.
El muchacho era una esponja. Si a Rafael se le daba la música tan rematadamente bien como el resto de conocimientos que se le habían ido enseñando, aquello sería coser y cantar.
¡A por la reelección!
¡De nuevo presidenta del Club de las Damas Nobles!