Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 13
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En el sastre

—A ver, joven, ¿sería tan amable…? Eso es, así, levante el brazo. Graaacias .

Las gafas de don Nicanor, el sastre, eran un prodigio de la ciencia moderna.

Nadie sabía cómo se mantenían milagrosamente en su lugar, justo en la punta de la nariz del caballero, sin resbalar ni caer.

Con su acerico de alfileres enganchado del antebrazo y sus dos ayudantes, uno a cada lado, alargándole utensilios como a un cirujano, dio otro par de vueltas alrededor de Rafael y contempló orgulloso su obra.

—Espléndido, la caída de la chaqueta es impecable. Sin parangón.

—Algo tendrá que ver la facha del muchacho, don Nicanor. —Doña Jacinta soltó una risita socarrona.

Un tercer aprendiz entró en la sala y se acercó a informar novedades a su patrón, en voz baja, de forma confidencial junto a la oreja. El hombre asintió con brío y señaló el otro espejo de cuerpo entero, a la izquierda de la sala.

—Por lo visto acaba de llegar la señora Fortunata Martorell. Hagan pasar al señorito Alexei a esa zona del atelier.

Mientras Jimena y Rafael trataban de no alterar el gesto, Jacinta frunció el ceño con disgusto.

—Vaya por Dios, se acabó la diversión. ¿Es estrictamente necesario que compartamos espacio?

—Curioso, según me informan, doña Fortunata acaba de solicitar otro tanto, si bien me temo que tengo las salas ocupadas. Vamos, señoras, seguro que no es tan terrible.

Jacinta arqueó las cejas y desvió los ojos hacia un rincón, donde los dejó fijos y helados.

—Siempre depende de cómo se mire.

Su evidente enfurruñamiento no le impidió repasar con el rabillo del ojo la indumentaria pomposa con la que llegó su prima, el fabuloso sombrero con lazo y la sobria elegancia del joven que la acompañaba.

Los empleados de la sastrería le ayudaron a despojarse de la levita, lo acomodaron ante el enorme espejo y del taller, trajeron la prenda a medio confeccionar que debía probarse.

Don Nicanor continuó todavía dando los últimos toques a Rafael.

—Bueno, no puede estar más perfecto. Un detallito aquí, otro allá, no le queda gran cosa.

—Los hombros de Rafael son un inmejorable soporte para cualquier chaqueta. No sucederá otro tanto con el señorito Alexei, me temo que le costará un esfuerzo supremo cuadrar esa espalda, y que deba meter hombreras y relleno como si la vida se le fuera en ello.

Fortunata, que en esos momentos besuqueaba a su sobrina nieta, decidió no pasar por alto la insidia de su prima.

—Muy buenos días a todo el mundo. Prima. Es un joven delicado, sí, ¡porque es ruso! Pero mírenlo, refinado y exquisito hasta decir basta.

—No digas sandeces, Fortu, está escuálido, observen el cuello endeble.

—¡Abuela! —se escandalizó Jimena—. El rostro de Alexei no puede transmitir mayor salud. Su envergadura es así, de natural, no todos somos fornidos como guerreros escoceses.

—En el caso de los hombres, deberían —remachó doña Jimena sin apearse del burro.

Rodeado de voces y opiniones, Rafael se encogió sobre sí mismo, abochornado, preguntándose cómo no se daban cuenta de que hablaban del muchacho tal que si no estuviera presente, estándolo.

Doña Fortu volvió a la carga.

—Lo mejor de Alexei, pese a ese rostro incomparable, no es el físico, estimada prima, son los talentos. Es talentoso a más no poder. Deberías oírlo tocar el piano.

El interés de la anciana se renovó al punto.

—Así que el piano. Por fin sacas a la luz el inexcrutable secreto de los dones de tu protegido, esos de los que tanto presumes. ¡Acabáramos!

—Señoras, me temo que ha llegado la hora de los pantalones. Si son tan amables, en la salita contigua les han servido té, café y unas hojaldradas. Si son tan amables…

—Iré un momento al tocador —se apresuró a anunciar Jimena, ausentándose también.

—¿Por qué no nos acompaña la muchacha? —quiso saber Fortunata, camino de la sala de espera—. Tengo la sensación de que ha huido.

—Mejor enfrentada al espejo comprobando tu palidez, que soportando a dos cacatúas que discuten sin pararse a respirar, como nosotras.

—Debo decir que mis largas noches en vela me han hecho volver con obstinación a las palabras de doña Mercedes.

—¡Esa mujer horrible y venenosa! ¿Por qué te empeñas en malgastar energía con quien no lo merece?

—¿Estás por completo convencida de la seguridad de Jimena? Me refiero a su honra y su virtud con ese muchacho tan gallardo bajo su mismo techo.

—A Rafael le confiaría sin dudar mi vida.

—Jacinta… No presumas. Actuaste por impulsos al tomarlo bajo tu tutela, y no sería de extrañar que ahora, viéndolo desde lejos y con perspectiva, te arrepintieras.

—Es un joven extraordinario. Y yo no actúo por impulsos.

—¡Lo haces! Jacinta, jamás se te había pasado por la tela del juicio acoger a ningún protegido hasta que yo lo hice. ¡Me copiaste!

—¿Y cuáles fueron tus razones, si es que las tienes?

Las dos se acomodaron, lo más lejos posible una de otra, en el mullido sofá. Los beatíficos vapores del café recién hecho contribuyeron a serenarlas.

—¡Por supuesto que las tengo! ¡La soledad! La terrible, insoportable y cruel soledad. Tú vives con Jimena, pero yo… ¿Quién me hace a mí compañía?

Doña Jacinta se resistió a responder, porque lo que le nacía sonaba demasiado compasivo y no estaba segura de que Fortu lo mereciera. No obstante, apretó los labios en un gesto de desconcierto que su prima conocía bien.

—Y ese muchacho, que ni siquiera pertenecía al Hogar, cuya identidad y origen nos resultan desconocidos… Llegó con fiebres, te apiadaste y ¡zas! Lo metiste en tu casa. Con una nieta en edad de merecer, y muy pocas posibilidades de defenderse, llegado el momento.

—Te digo y te repito, que Rafael es respetuoso y honesto. ¿Podemos decir otro tanto de tu Alexei?

—¿Alexei? —Doña Fortunata soltó una carcajada—. En la vida conocí un muchacho menos interesado en las faldas. Lo suyo es el arte.

—Pues si no se interesa, tendrá que interesarse, porque de lo que no cabe duda es de que los dos, algún día, habrán de casarse.

—Y bien casados. Desde luego. ¿Para qué, si no, los hemos sacado de la calle y la pobreza?

—Me alegro de que estemos por fin de acuerdo en algo.

—Tampoco eches las campanas al vuelo, prima. ¿Qué tal los hojaldres?

—¿De qué hablan, si puede saberse?

La muchachita hizo su aparición en la puerta, detrás de un emperifollado lacayo que se encargó de abrirla y franquearle el paso. Parecía fatigada y su cojera era mucho más evidente que otros días.

El corazón de ambas ancianas se encogió de lástima.

—De esto, de aquello y de todo un poco —le aclaró Jacinta con tono animado—. Ven, querida, toma asiento con nosotras y prueba las hojaldradas, son una obra maestra.

—¿Te encuentras bien, Jimena? —Fortunata torció el cuello para mirarla mejor.

—No debería haber venido. Últimamente esta jovencita abusa de sus fuerzas, empecinada en acompañarnos todos los días a todas partes. Y en salir a pasear cuando cree que no me entero.

—Abuela, a veces siento que me ahogo entre paredes.

—Si no me opongo a que salgas. El sol, un poco de ejercicio suave, es beneficioso para el organismo. Pero sobrecargarte no. Y además, debes compensarlo con períodos de reposo sin interrumpir tu medicación. ¿En cuántas de esas indicaciones no me obedeces?

La joven hundió la cabeza contra el pecho. Doña Fortunata, que era la que estaba más cerca, le tomó la mano y le dio un apretoncito afectuoso.

—Alégrate. En cuatro días celebraremos una recepción en casa. Habrá de todo y escucharéis a un ángel tocar el piano. La música es la cura para todos los males.

A doña Jacinta, las cejas se le dispararon hacia el nacimiento del pelo.

—¿El ángel que nos deleitará con su virtuosismo es tu Alexei, por casualidad?

—El mismo, prima. Os vais a quedar patidifusas.

—Y has invitado a socias del club de las Damas Nobles, ¿me equivoco?

—Todas ellas están invitadas, la ocasión lo merece. Eso sí, no sé cuántas podrán asistir, porque hay últimamente tantos eventos sociales coincidentes en fecha…

El parloteo incesante de su prima se fue difuminando en el aire, como si ella se alejara o se la llevase una niebla espesa.

Jacinta ataba cabos. La reelección, las conocidas aspiraciones de Fortu por sucederla en el cargo de presidenta del club, sus tretas para embaucar a las socias y hacerse merecedora, a sus ojos, de un voto…

En fin, se dijo. Si su prima tenía un plan…

Había que empezar a pensar en el contraataque.