Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 12
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Un resfrío

Rafael empujó la puerta sin aguardar a que el mayordomo apareciera. Jimena pasó por delante, con las mejillas arreboladas tras el paseo.

—¿Por qué crees que la tía Fortunata piensa que Alexei es mudo?

—Es de suponer, que porque nunca haya hablado en su presencia —fue la respuesta de Rafael—. Ni siquiera en la fiesta del club abrió la boca estando ella delante.

—¿Por qué razón haría eso?

—Es un joven tímido, lleva la discreción por bandera. Es probable que se sienta intimidado con tanto lujo y gente desconocida alrededor.

—Con nosotros se comporta con la mayor naturalidad…

—Porque tenemos la misma edad. Y porque sigue arrastrando esa idea estúpida de la deuda de sangre…

Calló de repente. En seco. Una vez abiertas las puertas que daban acceso al saloncito, se toparon de frente con doña Jacinta, a la que suponían durmiendo, bien instalada en una butaca tapizada de brocado, con un servicio de café humeante servido por delante.

Se los quedó mirando con el ceño plegado, sin compasión alguna.

—¡Abuela! —jadeó la muchacha, pillada por sorpresa— ¿Qué haces que no estás de siesta?

—Estaba desganada y preferí una merienda a un reposo. —Sus manos apretaron los brazos de la butaca, sus nudillos se blanquearon— ¿Y tú, querida? Se supone que es tu hora de descanso.

Marcó una pausa, con la esperanza de que llegase una explicación. Ninguno de los dos jóvenes articuló palabra.

—¿Se puede saber de dónde venís? ¿Rafael?

—De la plaza, señora. De ahí mismo.

—Habéis salido a la plaza. —Los dos asintieron—. ¿Con qué objeto?

—Airearnos, abuela, solo airearnos… —En mitad de su frase, Jimena se atrancó con un estornudo.

—¡Querida!

La joven levantó una mano dispuesta a tranquilizarla, aunque otro sonoro espasmo se interpuso en su camino.

—¡Te has enfriado!

—No es nada, abuela, te digo que no es… —Le fallaron las fuerzas y tuvo que agarrarse al brazo de Rafael para no caer.

—¡Gertrudis! —La doncella apareció como una exhalación—. Lleva a la señorita a su alcoba. Y que avisen al médico, ¡rápido!

—Abuela no…

Trató de resistirse al tirón de Gertrudis, pero algo en los pacientes ojos verdes de Rafael le aconsejó que dejara de pelear. Que no merecía la pena. Doña Jacinta siempre ganaba.

Se quedaron solos y tras mirarlo largamente, la anciana suspiró.

—Siéntate, Rafael, no te quedes ahí de pie, como un pasmarote. Necesito de tu apoyo. Jimena…

—Si he hecho algo que la disguste, le ruego que me perdone. Y que me indique de qué se trata, para no repetirlo nunca más.

A tal entrega y buena disposición, doña Jacinta casi no supo responder.

Había tanta humildad y renuncia en su tono, en la energía que el joven emanaba. Ya ves, ella que jamás de los jamases se quedaba sin palabras.

—Se siente sola, señora —añadió él con voz queda—. Y atrapada.

—Lo sé. No soy ninguna insensible. Y tampoco es que esté ciega. Entiendo los muchos años que esa chiquilla ha pasado suspirando entre estas paredes. Lo que bajo ningún concepto puedo permitir…

—No sucederá.

La sentencia de Rafael fue tan rotunda, sonó tan a verdad indiscutible, que la anciana enmudeció.

—Lo que no puede pedirme, es que gobierne los sentimientos de la señorita Jimena. Es algo que no está a mi alcance.

—Si… si vieras que ella… que ella siente algo inapropiado…, la desalentarías, ¿verdad?

—Aunque me cueste la vida, señora.

—Cuento contigo, Rafael. Sé que eres decente y también compasivo. La piedad puede convertirse a veces en nuestro peor enemigo. Más vale una decepción a tiempo, que un alma hecha jirones después.

Con su gesto abnegado, Rafael le hizo saber que aceptaba sin replicar sus condiciones.

—Confío en que este resfriado que de seguro ha pillado, sumado a la reprimenda que pienso echarle, sirvan para enfriarle los ánimos unos cuantos días.

Y a ti para marcar distancias. Procura encontrar una afición a la que entregarte con pasión, una actividad que rellene tus horas.

Deja de entregarle todo tu tiempo libre a mi nieta.

—Se lo suplico, doña Jacinta, no sea dura con ella.

La anciana dueña de la casa suspiró profundo dejando que, al salir el aire, escapara parte de la tensión que mantenía sujeta dentro. Con toda la parsimonia que cabía esperar de una dama como ella, sirvió una segunda taza de café y se la ofreció al muchacho.

—Jimena no es capaz de cuidar de sí misma.

Nació frágil y su condición física, conforme ha ido creciendo, no ha hecho más que empeorar.

Hace un puñado de años, no necesitaba el bastón para moverse, su pierna estaba mucho mejor.

Esa es la razón, y no otra, de que no esté ahora en las tierras del desierto, en Egipto, participando de las excavaciones con sus padres.

Hizo un alto en el camino y se dedicó a observar la innata elegancia con la que Rafael se llevaba la taza de porcelana a los labios. Desde luego no era Alexei, pero nadie habría discutido que parecía un miembro de la alta sociedad.

—Los murmuradores critican la decisión de mi hijo y mi nuera de dejar a Jimena conmigo.

Lo consideran una suerte de abandono. Hasta ella misma, temo que a veces lo piense.

No obstante, a los que conocemos la historia de primera mano y no obtenemos satisfacción alguna de adulterar la verdad, nos consta que ambos adoran a su hija.

El problema es que la salud de Jimena es incompatible con las condiciones de vida que soporta esa pareja.

Le ofreció una pasta recién horneada, con una almendra enorme encajada en el centro.

—Así que si alguna vez has pensado que la tienen olvidada…

—No me atrevería, señora. —Rafael tomó la pasta con la punta de los dedos.

—Todo el mundo se forja una opinión acerca de las cosas. ¿Qué me dices de Alexei? ¿Qué tipo de relación mantiene él con Jimena?

—Apenas han coincidido cuatro o cinco veces. Es un hombre decoroso y honorable, no se atrevería a mirarla de mal modo. Así y todo, lo pondré al corriente de sus desvelos.

Doña Jacinta esbozó una sonrisa agradecida.

—Me alegra comprobar que, pese a lo que sentencie mi prima, mi instinto no me ha engañado. Puedo confiar en ti.

Rafael se miró la punta de los lustrosos zapatos.

—Francamente, señora, creo que es pronto y arriesgado afirmar algo así, aunque me honra profundamente oírlo.