Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 11
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Doña insoportable

Finiquitado el recital, gracias a Dios, menudo tostón, pensaría más de uno, se sirvió una merienda a base de canapés finos y pastelillos dulces. Té, café o vinos de la mejor calidad para los paladares más exigentes.

Era hora de revolotear por la estancia y sembrar las semillas de popularidad que empujarían a las damas a posiciones más elevadas dentro de su círculo. En el caso de doña Jacinta, a una deseada reelección perpetua como presidenta del selecto club de las Damas Nobles.

Casi por casualidad, en una esquina coincidieron Fortunata, Jacinta y doña Mercedes, la mayor cotilla de los mentideros de Madrid, también parte del club. El instrumento infalible si te interesaba expandir un rumor. De la naturaleza que fuese.

—¿No les parece que deberíamos ir pensando en reunirnos para discutir las nuevas condiciones? —arrancó con inusitado brío.

Las primas la bombardearon con sendas miradas inquisitivas.

—Se acerca la reelección de presidenta. Tendremos que sentar las bases conforme a las cuales…

Jacinta se alteró nada más oírla. Se puso como un puercoespín.

—¿Dónde están las prisas? Faltan más de cinco meses —rumió con los labios apretados.

La dama sonrió a medias y se columpió grácil sobre sus zapatos.

—Es de diligentes prepararlo todo con anticipación, mi querida Jacinta.

—¿Alguna queja con mi desempeño de labores? —se enrocó con un enfado que iba a más—. ¿Acaso no ostento el cargo con absoluta dignidad? ¿Se oyen injustos ecos de insatisfacción?

—Por supuesto que no, doña Jacinta. Nuestro agrado es absoluto. —Una risita de compromiso y una mano enguantada que se posó en su antebrazo—. Usted es una dama respetable y diligente, que todo lo que hace, lo hace muy bien. Pero ya sabe lo que dicen de la sangre fresca.

Las cejas de Jacinta se dispararon hacia su frente.

—¡No estará insinuando que la sangre del carcamal de mi prima es más fresca que la mía!

—¡Jacinta! —aulló la interpelada.

Doña Mercedes volvió a reír. Se diría que estaba disfrutando una barbaridad con el despelleje.

—Serénese, querida, no creo que doña Fortunata sea la única aspirante al cargo. En fin, todo se andará. Y hablando de otras cosas… La niña.

Señaló a Jimena, a cierta distancia, parlamentando con Rafael, Alexei presente, aunque callado, como si los tres se conocieran de toda la vida. El pupilo de doña Jacinta le había traído una silla para que no tuviera que mantenerse en pie.

—¿Qué ocurre con mi nieta?

—¿Considera adecuado un trato tan estrecho con los recogidos?

—Protegidos, doña Mercedes —recalcó Fortunata contrariada—. Protegidos. Suena mucho mejor. Más caritativo y benevolente.

Puede que su interrupción estuviera llena de buenas intenciones, pero la maledicencia de la dama no tenía fin. De hecho, siguió hablando sin hacerle el menor caso.

—¡Que los habéis sacado de un hogar de caridad, por amor de Dios! Esos muchachos han pasado toda su vida en la calle, enfrentando solo Dios sabe qué tentaciones…

—Las almas buenas —la cortó doña Jacinta con aspereza—, cuando se ven forzadas a enfrentar grandes penurias, demuestran ser mucho más que buenas. Yo no tengo ninguna queja de mi Rafael. Apuesto a que a mi prima le ocurre otro tanto con Alexei, ¿no es así, Fortu?

—Pensamos educarlos bajo los cánones más rígidos y con los mejores maestros —corroboró la segunda anciana con la boca apretada.

—De eso no me cabe la menor duda. En cualquier caso, no descarten estar alerta. Seamos francos, Jimena es una muchacha delicada y fantasiosa, con un futuro poco halagüeño por delante. No sería descabellado pensar que se hiciera cábalas e ilusiones… con respecto a alguno de los dos.

—Eso no sucederá bajo mi techo, doña Mercedes. Las actitudes en nuestra casa son de todo punto correctas y respetuosas.

—Ya sabe cómo es la gente. Enseguida hablan… Tengan presente que no han adoptado ustedes a dos críos, son jóvenes apuestos y peligrosos.

—¿Peligrosos? —graznaron las primas a dúo.

—Desde el punto de vista del pecado carnal. Luego juraré no haberlo dicho, pero… —se inclinó hacia adelante para que nadie la oyera—, no sabría a cuál de los dos elegir. Deberían ustedes hacer una apuesta acerca de cuál de ellos se convertirá en mejor partido. Sería algo interesante de ver.

—Nuestros muchachos no están aquí para dar espectáculo, doña Mercedes —espetó Fortunata furibunda—. Lamento si algún malentendido le ha llevado a pensar tal despropósito.

A doña Jacinta le entraron ganas de aplaudir. Y lo habría hecho de haber sido otra persona quien hablaba, y no su prima. No obstante, asintió con una firme sacudida del cuello.

—Por amor del cielo, expresado así suena tan feo. —Doña Mercedes rodó los ojos—. No me digan que no es de agradecer un poquito de emoción que anime nuestras calmadas vidas. Siempre. Oh, disculpen… ¡Marquesa! ¡Marquesa!

Las dejó con dos palmos de narices. Corriendo como una liebre en pos de la reputada marquesa de Bonagua, que andaba por allí, del brazo de su hija Beatriz.

Las primas se miraron con los dientes tensos.

—Es insoportable —escupió doña Fortunata sin querer elevar la voz.

—Si tuvieran que encerrarme en un cuarto contigo o con ella, te elegiría a ti —respondió doña Jacinta alargándole una copita de jerez y tomando otra para ella—. Con eso te lo digo todo.

Siempre que alguien esparce su veneno, alguna gota alcanza fibra sensible.

Es lo que ocurrió con los comentarios de doña Mercedes. Esa sarta de provocaciones dichas con las muelas apretadas y bastante mala baba anidó en el ánimo de doña Jacinta en dos direcciones, a cada cual más perversa.

Por un lado, la idea de rivalizar con su prima gracias a las virtudes de sus protegidos, la atraía como a las moscas la miel. Alexei podía ser hermoso, pero Rafael era mucho más hombre. Sonrió, convencida de que en cualquier campo donde los dos compitieran, Alexei quedaría por debajo.

En cuanto a Jimena…

Aquella muchacha jamás le había acarreado un solo quebradero de cabeza, al margen de su precaria salud.

Mantenerla viva era, con mucho, su aspiración principal.

Sin embargo, desde que Rafael vivía en Barquillo 12, lucía mucho más lozana y animada.

No quería pensar que doña Mercedes estuviera en lo cierto: que la chiquilla pudiera fantasear con lo que no viviría.

Era curioso que no fuese Rafael el centro de sus preocupaciones, sino ella. A diferencia de la historia que las habladurías pudieran desencadenar y echar a rodar, por alguna causa, ella no se planteaba que el joven llegara a abusar de su confianza y faltarle el respeto a su nieta.

Temía su sufrimiento. El de la muchacha.

Las penas de amor. Las peores que existen.

Que Jimena alimentara un sentimiento que jamás sería correspondido. Y que el desengaño la hiciera pedazos.