10
Encuentro de poesía
La siguiente ocasión en que los tres jóvenes tuvieron oportunidad de coincidir, fue muy del disgusto de doña Jacinta.
El club de las Damas Nobles celebraba una recepción con recital de poesía incluido, a la que se animó a las señoras socias a acudir acompañadas.
Vio bien y correcto llegar flanqueada por Jimena y Rafael, pero que su prima Fortunata apareciera del brazo del resplandeciente Alexei, no la satisfizo tanto.
Había que admitir que ambos jóvenes eran algo fuera de lo corriente. Cada cual en su estilo radicalmente opuesto al del otro.
Portentosos, excepcionales.
De un lado, la gallardía y apostura de Rafael, su seductor atractivo de hombre hecho y derecho, guapo de pies a cabeza.
Su altura, la anchura de sus hombros, sus caderas estrechas y el modo endiablado en cómo le caían los trajes.
Aquellos ojos verdes hipnóticos que embrujaban sin remedio a quien lo mirase.
Era un rey, un príncipe heredero recién sacado de una novela de amor. Un galán de donaire sin igual.
De otro, el etéreo Alexei. Hermoso como una aparición celestial, casi transparente, intocable, sagrado. Refinado hasta el límite. Igualmente bello, pero en otro escalón que nada tenía que ver. Donde Rafael ponía anchuras, poderío y músculo, Alexei ponía fragilidad, delicadeza y seda.
Eran la cara y la cruz de una moneda perfecta.
Cuando doña Fortunata se acercó con una copa de ponche en la mano y una sonrisa colgándole de los labios, doña Jacinta se puso rígida. Alexei la acompañaba manteniéndose a unos pasos por detrás, como la perfecta imagen de la discreción.
—Jimena, querida, estás divina. ¡Qué prodigio verte!
Te vendes últimamente tan cara… —Desvió la mirada y la fijó en la anciana que la revisaba severa—.
Querida prima, compruebo también con alivio que tu muchacho está recuperado.
¡Qué milagro! Después de cómo llegó al Hogar, muchos temimos que no lo contara.
—Nada que unos cuidados a conciencia, reposo y alimentos de calidad no logren conseguir —silabeó doña Jacinta con retintín.
—Ese cambio de decisión tuya… tan repentino y tajante…
—Ya ves, prima.
—Estabas tan obcecada en el tal… ¿cómo se llamaba? ¿Juan?
A doña Jacinta, los mofletes le temblaron con un tic nervioso.
—Cómo detestas equivocarte, Jacinta, querida. —Doña Fortunata metió el dedo en la llaga y lo retorció con placer.
Su prima correspondió a su velado ataque cuadrando los hombros e imprimiendo ímpetu a su postura.
—No sabría decirte, no es algo que ocurra a menudo, de modo que no estoy del todo familiarizada con la sensación.
A ese latigazo dialéctico, doña Fortunata no supo contestar. Desde su posición, Rafael y Jimena vieron cómo Alexei aguantaba la risa, disimulando con una mano que le tapaba los labios.
—Por cierto, no os he presentado a mi pupilo, adelántate, Alexei. Es mi sobrina nieta Jimena, y Rafael, el protegido de mi estimada prima. A la estimada ya la conoces.
El grácil joven se incorporó al grupo y saludó con sendas inclinaciones de cabeza.
—¿Podrías traerme otra copa de ponche, querido? Está demasiado bueno como para que dure.
Alexei recogió de sus dedos la anterior copa, ahora vacía, y con una dulce sonrisa, se ausentó. Al parecer, una treta de doña Fortunata para poder expresarse con libertad.
—El muchacho no habla. Desde que llegó a la mansión no ha despegado los labios. Tenemos la certeza, cada día más acusada, de que sufre algún tipo de alteración…
—Alexei no es…
Iba a decir «no es mudo».
Jimena se interrumpió a tiempo de descubrirse a sí misma.
Si confesaba que ya conocía al muchacho, tendría que dar explicaciones del cómo y el dónde.
Y su abuela descubriría que cuando dormía la siesta, en lugar de reposar con las piernas en alto como se le había prescrito, ella se escapaba de paseo del brazo de Rafael.
—¿No es…? —la presionó la anciana con curiosidad.
—Quiero decir, que seguro que tiene otros talentos. Que no le hace falta hablar.
—Oh, querida, te aseguro que sí —cacareó enigmática doña Fortunata—, los tiene. Y no tardaréis en disfrutarlos.
Como dio comienzo el recital, se despidieron y separaron con la cordialidad que la educación impone, a ocuparse cada cual de su silla. Mientras se vanagloriaba de que su posición destacada como presidenta electa del club le reservase asientos en primera fila, doña Jacinta rumió una última burla.
—Tu tía abuela no tiene remedio —cuchicheó a la oreja de Jimena—. Tengo la impresión de que, sean cuales sean los dones de ese muchacho flacucho, pretende exponerlo como a un muñeco de feria.
Jimena se mordió los labios para que no se le escapara una sonrisa.
—La pobre tía jamás tuvo hijos. Debe entender, abuela, que en eso acabará convirtiéndose Alexei, en el vástago que nunca tuvo. Y si el joven es talentoso, no veo qué mal hay en que ella se muestre orgullosa.
— Ummm .
—Tú lo estás con respecto a Rafael. Y es comprensible. Relájese, abuela, y disfrute de la poetisa.
Dado que Rafael se aburría mortalmente, su mirada rastreó la sala en busca de Alexei.
Lo encontró no muy lejos, varias filas por detrás, en el grupo frontal a su posición, de manera que cruzar con él una mirada resultaba bastante sencillo.
Solo hacía falta que el joven dejara de contemplar con aquel arrobo inexplicable a la mujer que graznaba sus versos y girase un poco la cabeza.
Pero no.
Era como si el eco de las palabras que rimaban lo transportase lejos, a un paraíso, un lugar mejor donde todo era tierno y feliz.
El embeleso de su gesto contaba a las claras la sensibilidad de Alexei en todo lo referido al arte. El muchacho debía de tener alma de artista, era lo más probable, lo llevaba pintado en la cara.
Y como los recuerdos habían vuelto rebotando a su memoria, nítidos, aunque entrecortados, Rafael pudo revivir el día en que, efectivamente, le salvó de morir a mano de tres desalmados armados con una navaja pequeña, que intentaban robarle lo que no tenía.
Tras su providencial intervención quedó magullado y maltrecho, puede, pero vivo.
Y ahora volvían a encontrarse. Ambos bajo el cuidado de dos ancianas vinculadas por parentesco.
Qué grande parecía Madrid, y qué pequeño el mundo.