Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 9
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La deuda pendiente

Jimena aspiró hondo. Como si deseara meterse en los pulmones todo el aire de la calle. El que le había faltado por respirar durante los años de encierro.

Se sentaron en un banco, comentando animados las aventuras del protagonista de la novela que estaban leyendo.

—De pequeño, siempre quise ser pirata —rememoró Rafael con una sonrisa evocadora—. Ya ve. Por poco lo consigo.

—Demasiado bien lo has hecho. No consigo imaginar lo duro que debe de ser vivir en la calle.

—Tenía a mi abuela. Ella era toda mi vida. Cosía y bordaba para las ricach… para las damas adineradas.

—¿Cómo la perdiste?

—Se la llevó la gripe. La pobre era humilde y solo conoció una existencia de deslome tratando de poner algo caliente sobre la mesa. Eso sí, sus principios y valores eran dignos de una verdadera señora.

—Qué lástima no contar con oportunidades. Las mismas para todo cristiano.

—El mundo está hecho así. No lo podemos cambiar.

—El tuyo ya ha cambiado. Llegarás a donde quieras, podrás dedicarte a lo que decidas. Consagrárselo a tu abuela.

—Gracias al cielo y a la señora Martorell —precisó él con agrado.

—Y a tu dedicación, todo hay que decirlo. Otras personas reciben las mismas ofertas y sin embargo las desaprovechan… Rafael, Rafael, ¿me escuchas?

Se había quedado absorto.

Mirando un punto a lo lejos, tras la espalda de Jimena, por encima de su hombro. Tanto cambió la expresión de su rostro, que la joven se vio empujada a girar para averiguar de qué se trataba.

Solo vio un muchacho rubio, de cabello ensortijado. Vestido con fastuosidad, aunque muy delgado. Él también observaba a Rafael y enseguida sonrió.

Ver aquella cara divina sonreír era como que saliera el cielo tras la más espantosa tormenta. La esencia misma de la belleza convertida en ser humano.

Jimena quedó extasiada. Aunque el joven no la miraba a ella, quizá ni había reparado en su presencia. Cerraba el libro de poemas que probablemente había estado leyendo hasta entonces, y se dirigía a ellos con las brillantes pupilas fijas en Rafael.

El joven protegido de doña Jacinta no parecía terminar de reconocerlo. Era como si estuviese haciendo memoria, buceando entre recuerdos brumosos tratando de localizar aquel rostro hermoso que le era familiar.

—Eres Rafael —murmuró el muchacho conmovido.

—Lo soy… ¿Tú…?

—Me salvaste la vida. En una pelea callejera. Hará unos dos años.

—¿Una pelea?

—Más bien un asalto. Me atacaron y habrían acabado con mi vida de no aparecer tú.

Rafael sonrió con amplitud.

—Ya decía yo. No tienes el aspecto de alguien que se involucra en una burda pelea de callejón.

Los dos ofrecieron al mismo tiempo su mano.

Las estrecharon ante una Jimena ilusionada con la idea de ampliar su estrecho círculo de amistades. Si Rafael y…

¿Cómo se llamaba aquella beldad?

—Lo siento, no recuerdo tu nombre —se excusó Rafael azorado.

—Nunca te lo dije. Acabaste con ellos y desapareciste como una ráfaga de viento. Me gritaste cómo te llamabas, desde lejos. Alexei.

—Encantado de volver a verte, Alexei.

—Me juré que jamás olvidaría tu rostro. —Miró con curiosidad a Jimena— ¿Es tu…?

—La nieta de mi protectora, la señorita Jimena Álvarez-Cuevas.

Mientras se cumplimentaban como exigían los cánones, Jimena reparó en el tono orgulloso con el que, por primera vez, Rafael había mencionado a su abuela. Ya no parecía avergonzarse de su posición de protegido, todo lo contrario.

—¿Vives por aquí?

—Aquí mismo, en la plaza. —Señaló el portal de la casa justo a su espalda.

Jimena no tardó en atar cabos. Abrió mucho los ojos.

—¿Tú eres el pupilo de doña Fortunata Martorell?

—En efecto.

—Es mi tía abuela. Doña Jacinta y ella son primas.

—Entonces, además de salvador y rescatado, somos vecinos —se congratuló Alexei.

—Procura no decirlo muy alto. Entre ellas se detestan… cordialmente —aclaró Jimena con un gesto gracioso.

Los tres acabaron riendo.

—Ya nos lo advirtió don Jerónimo, el director del Hogar del muchacho.

Jimena y Rafael miraron a Alexei sin comprender a qué se refería.

—Tú no estabas allí. Ignoras la historia, porque perdiste la consciencia. En un principio, el protegido de doña Jacinta iba a ser un interno del hogar, Juan Castellanos. Un mal bicho, si se me permite decirlo.

—Había… ¿había escogido a otro?

—Sí. Nada de lo que le dijeron bastó para disuadirla. No sabes el alivio que sentí en el alma cuando decidió ayudarte a ti.

—¿Y el otro muchacho? Juan… —se interesó Jimena.

—Allí quedó de nuevo, en el Hogar.

La joven se cubrió la boca con las manos y ahogó un gemido.

—Oh, Dios mío, solo mi abuela es capaz de un desprecio así.

—Créame, señorita Jimena, el cielo es el único que sabe de lo que se han librado. Juan no es buena persona. Y como Rafael llegó en aquellas condiciones y se negaron a auxiliarlo…

—Todo se precipitó en su favor —comprendió ella.

Alexei asintió con los ojos brillantes.

—Te reconocí de inmediato, nada más verte. Y al ver que se negaban a darte cobijo en el Hogar, me juré escaparme de donde estuviese para buscarte y prestarte ayuda.

Rafael se sintió importante, muy importante para alguien, al margen de su querida abuela, por primera vez en su vida.

—No habría sido necesaria tal exageración…

—Tengo contigo una deuda de vida —afirmó Alexei muy serio.

Y nadie tuvo duda de que las palabras le brotaban del fondo del alma, de la esencia misma del ser. De idéntico modo a como Jimena percibió la corriente de simpatía, el vínculo innegable que empezaba a vincularlos a los dos.

Rafael carraspeó para que la normalidad retornara.

Lo hizo. Lentamente y a empellones.

—Me temo, señorita Jimena, que es hora de marcharnos. Están a punto de servir la merienda —advirtió Rafael pasados unos minutos de animada charla.

La joven puso los ojos en blanco.

—Y la abuela resucitará de su siesta y lo primero que hará será buscarnos. Subamos a todo correr. ¿Volveremos a verte?

—Desde luego que sí. Muy pronto. —Alexei parecía más que feliz. Esplendorosamente dichoso.

—Un joven encantador —comentó Jimena conforme entraban en la mansión—. Insoportablemente guapo y encantador. Aunque entre los dos, tú eres el valiente.