8
Casi familia
—He decidido que esta mañana iremos al sastre. Es hora de confeccionarte un guardarropa completo y adecuado.
Liquidado el asunto del tratamiento con respecto a su joven e impresionable nieta, doña Jacinta terminó de picotear los pastelillos recién horneados y luego limpió con delicadeza y la puntita de la servilleta, las comisuras de sus labios.
—Señora, yo… —se ruborizó Rafael, solo de pensar que una mujer pagaría por la ropa que se pondría encima.
Iba a tener que acostumbrarse cuanto antes a la nueva situación. Si no lo hacía, no llegaría a convertirse en un hombre de provecho capaz de restituir todo lo bueno que estaba recibiendo.
Como acostumbraba, la dama no hizo el menor caso a sus reparos. Se puso en pie dispuesta a abandonar la mesa.
—¿Puedo ir también?
La pregunta de su nieta, que más que una pregunta era un ofrecimiento, la dejó perpleja.
—¿Quieres salir? ¿Tú? ¿A la calle? ¿A que te dé el sol?
—Eso he dicho.
—Vaya, Jimena, qué sorprendente cambio de actitud.
—Pensé que sería divertido.
—¿Ir a un sastre de caballeros?
—Acompañarlos. A ustedes dos.
—Si es lo que deseas… —Doña Jacinta sonrió con cautela y salió por la puerta con los aires de una emperatriz.
Rafael y Jimena fueron de repente conscientes de que se habían quedado solos.
—Puedes llamarme Jimena cuando ella no esté.
—¿Y si luego me equivoco? Todavía no soy ese caballero instruido y pulcro que usted se empeña en ver cuando me mira.
—El que llegarás a ser, sin ninguna duda. Rafael…
—Dígame, señorita Jimena.
—Es como si fuésemos… ¿primos? Familia.
Él se puso en pie e inclinó con elegancia la cabeza.
—Haré todo lo que pueda. Siempre he sido pobre como las ratas, aunque libre. Estas son circunstancias muy distintas a todo lo que he vivido hasta ahora, me figuro que tendré que acostumbrarme.
—Lo harás. Pon todo tu empeño.
Después de asentir, Rafael siguió los pasos de doña Jacinta para acicalarse de cara a la salida. Jimena permaneció aún un rato mirando aquella puerta doble, abierta, por la que él se había desvanecido.
—Como si fuésemos familia —musitó para sí—. Solo que no lo somos.
Don Nicanor, el sastre, tomó medidas a Rafael, del derecho y del revés, haciendo que el joven se sonrojara en más de una ocasión, con tanta alabanza alrededor de su buena facha. En otro orden de cosas, el encargo de guardarropa formalizado por doña Jacinta le pareció un despropósito.
De todo y en exagerada cantidad.
Ropajes dignos de un marqués, con los que Rafael ya no parecía un pobretón de la calle, sino alguien nacido entre criados y encajes de seda.
—¡Qué bien te sienta esa chaqueta! —aplaudió Jimena admirada—. Y el chaleco y los pantalones. Te ajustan como un guante.
—¿Cuándo toca la siguiente prueba para el resto de prendas? —andaba indagando doña Jacinta, en tanto uno de los ayudantes del sastre empaquetaba con primor la ropa ya confeccionada que se llevaban.
—La semana que viene sin falta, señora. Mandaré aviso a la mansión.
La anciana se permitió un último repaso satisfecho a Rafael, delante del espejo. El joven separó las dos mitades de la chaqueta y, con un gesto simpático, agradeció a su protectora el que lo hiciera lucir de aquella guisa.
—Espléndido —fue su rotunda respuesta.
El profesor Carrasco dio por finalizada su lección del día, recogió el material desperdigado por la mesa y se calzó el sombrero. Dedicó medio minuto a estudiar a Rafael, que seguía redactando muy afanoso las últimas frases del dictado para mejorar la letra.
—Siga en esa dirección, joven, va muy bien encaminado. Avanza a velocidad vertiginosa. —Un carraspeo incómodo—. Estooo …, lo felicito.
—Gracias, don Juan —repuso emocionado—, muchísimas gracias.
Se topó con Jimena nada más abrir la puerta.
La muchacha parecía estar esperando su marcha para continuar con sus clases de refuerzo. Sin lugar a duda, estaban siendo muy beneficiosas. El viejo profesor saludó con una ligera inclinación, observando la tez de la jovencita, más radiante y sonrosada que nunca.
—Concédale una tregua hoy, señorita Jimena. Las lecciones han sido algo más intensas que de habitual. Rafael se merece un descanso.
—¿Has oído a don Juan? No más caligrafía ni lectura, te lo has ganado. Vayamos a dar un paseo.
—No quiero que se fatigue, señorita —rehusó Rafael cerrando sus cuadernos—. Es la hora de su siesta, no debería saltársela.
—¡No tengo sueño! Esas siestas son para viejos, tanto reposo, tanta medicina… entre medias se le va a una la vida. ¿Sabes que ya no necesito tomar dos de los preparados de siempre que me recetó el doctor?
—¿Lo sabe el médico? No habrá dejado de tomarlos por su propia cuenta y riesgo. ¿Se lo ha prescrito él?
—Primero dejé de necesitarlos, en segundo lugar no los bebí más y, por último, se lo comenté al doctor Ferrer, sí.
—¿Y qué opinión tiene?
Jimena esquivó su mirada de interés.
—¿Señorita Jimena?
—Considera que suprimir cualquiera de las medicinas es un error. Pero si por él fuera, me tendría el día entero postrada con láudano.
—Lo cual no deja de ser otra equivocación monumental. Sé de muchas personas que se pasan la vida adormecidas con esas gotas…
—Mujeres, en la mayor parte de los casos. Rafael, si estamos enfermas, si somos frágiles, si no servimos para dar hijos, es mejor eliminarnos. Al menos, hacernos a un lado para que no estorbemos.
Él quiso contradecir de alguna manera aquella monstruosidad.
El caso es que no podía, era la pura verdad. Sonaba horrible, si bien lo era. Entre la gente rica, especialmente. Los pobres, si no estaban sanos, morían de natural. Y bien pronto.
Jimena disponía de un cerebro brillante. Sus ágiles razonamientos lo dejaban atónito. Era tan injusto que alzara la voz para que nadie escuchara.
—¿Bajamos a la plaza? Hace una tarde agradable —insistió ella, ajena a sus pensamientos enredados.
—De acuerdo, solo un rato.
—Tienes mi palabra. Hasta que sirvan la merienda.