Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 7
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Ganarme la vida

—¿Puedo pasar?

La muchacha golpeó con suavidad la puerta entreabierta y aguardó hasta escuchar la voz de Rafael alentándola a que entrara. Hizo una seña a la doncella que custodiaba el libro y pasaron juntas.

—Bueno, bueno, bueno, don Rafael —bromeó—. Solo han transcurrido dos días y tiene usted mucha mejor cara. Me ha dicho la señora Simona que ya no tiene fiebre.

—¿La cocinera? Esa mujer es un prodigio. ¿Cómo iba a seguir enfermo con los manjares que me prepara? Sus caldos me han devuelto las fuerzas.

Seguía tumbado, con pocos ánimos para incorporarse, aunque lo intentó. Eso sí, su rostro lucía mucho más lozano. Su cabello oscuro alborotado le otorgaba un aire cautivador y los ojos verdes relucían como nunca.

—No solo he subido a comprobar cómo se encuentra. Traigo un libro para que se distraiga.

—Yo…

—¿Le duelen los ojos? Es normal. Puedo leérselo yo, en voz alta. Narra la búsqueda de un tesoro pirata en islas desiertas, con un sinfín de aventuras. Ya verá, le gustará. Virtudes, puedes dejarlo aquí, sobre la mesita.

—¿Se les ofrece algo a los señoritos? ¿Les subo un café?

Jimena miró a Rafael con un gesto amable.

—¿Un café y unas pastas?

—No les diría que no a estas horas.

—De acuerdo, Virtudes, súbenoslos. Recuerda avisarme con tiempo antes de que la abuela se levante de su siesta.

—¿Se ha escabullido aprovechando que la señora está fuera de combate? —rio Rafael, adivinando la situación, una vez se hubo marchado la doncella.

—Mi abuela se excede con las precauciones.

—Es lógico que quiera evitar el riesgo de un contagio.

—No es solo con usted, Rafael. Es con todo. Todo en este mundo parece elaborado a conciencia para dañar mi salud. Y no puede una pasar los días privándose de respirar, apartada de las cosas vivas como si estuviera encerrada en una caja de cristal.

—Entiendo.

—La abuela me quiere. Solo desea protegerme. Pero no entendería, por mucho que se lo explicara, que prefiero vivir con libertad un solo año que una larga existencia de cautiverio…

Calló de repente, se mordió la lengua, las bonitas facciones de su rostro, contraídas con súbito temor.

—¿Sucede algo? —se alarmó Rafael.

—Nunca había expuesto de este modo mis emociones. No le digo que no las pensara, el caso es que también las mantenía escondidas en algún rincón lejano del cerebro. Ni siquiera ser consciente de ello. Y ahora, al escucharme…

—Imagino que no considerará muy valiosa mi opinión —susurró Rafael comedido.

—Claro que me interesa oír lo que tenga que decirme. Adelante.

—La apoyo, señorita Jimena. Total e incondicionalmente. Más vale un solo año en plenitud que toda una vida de penurias y desgaste.

Jimena tomó el libro que la criada había colocado en la mesita auxiliar. Se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Se quedará?

—No le negaré que es lo que desearía. Se han portado ustedes tan bien conmigo…

—¿Entonces? —replicó ella sin entender del todo.

—Soy un hombre hecho y derecho, no un chiquillo. Debería salir ahí fuera, enfrentar al mundo y ganarme la vida del modo que fuese.

—¿Descargando mercancías? ¿Consumiéndose en una fábrica? ¿Malgastando la suerte que le ha favorecido al cruzarse en el camino de doña Jacinta Martorell? No sea desagradecido, Rafael, si el Señor ha querido que ustedes dos se encuentren, es por algo.

—Es que no me veo…

—Debe convertirse en un caballero. Estudiar y prepararse. Nadie le está ofreciendo convertirse en un haragán. A cambio, ¿se imagina siendo abogado? ¿O médico? ¿O catedrático?

—¿Catedrático yo? —se le escapó una risita amarga— ¿Cómo podría? Si ni sé…

Apretó las mandíbulas, manteniendo las frases a buen recaudo, si bien Jimena ya había adivinado lo que con tanto afán callaba.

Arqueó las cejas con asombro.

—¿No sabe leer? ¿Y escribir?

Él movió a un lado y otro la cabeza.

—Pues no pasa nada. Le enseñaré en cuanto pueda levantarse y sujetar la pluma.

En efecto. Enseguida que Rafael abandonó el lecho y se incorporó a las rutinas de la casa, Jimena irradiaba dicha y felicidad por todos sus poros.

Tenía una misión.

¡Por fin algo significativo dependía de ella por entero! ¡Se sentía importante!

Aunque los planes de doña Jacinta incluían un tutor con largas clases diarias para la formación de Rafael, a ella le permitió unas horas de refuerzo con ejercicios extra, porque la mantenían entretenida y la vio exultante.

Siempre, por descontado, con ella presente, haciendo ganchillo en la butaca de la esquina de la biblioteca. Vigilante y satisfecha como una abeja reina.

—Querido muchacho —anunció aquella mañana la anciana, dando un último sorbito a su taza de café—, hace apenas un rato me he entrevistado largo y tendido con tu tutor de conocimientos.

Rafael se agitó de forma evidente.

—Prometo aplicarme con toda la voluntad posible, señora, no la defraudaré…

—Confío en que así sea. Aunque no era un reproche lo que pretendía hacerte, más bien todo lo contrario.

El profesor Carrasco me ha pedido que te trasmita sus felicitaciones.

Por tu diligencia con los deberes, por el interés que muestras en el desempeño de tus obligaciones y, por algo que estás impedido para controlar, querido, porque existe o no existe sin vuelta de hoja: tu aguda inteligencia.

Rafael recibió el inesperado halago con la boca abierta.

—¿Y por qué no lo aplaude el propio profesor? —quiso saber Jimena.

—De todos es conocida su severidad, su escaso, por no decir nulo, afán de confraternizar con los alumnos. Según su estricto criterio, el maestro debe siempre guardar las distancias con el discípulo que, a su vez, debe ver al profesor como algo superior e inalcanzable.

—Menuda bobada, abuela. Suena a siglo XVII.

—No te lo discuto, hija. Es el precio por disponer del mejor maestro de todo Madrid. ¿Y tú, Rafael? ¿Estás satisfecho con su labor?

—Mucho, doña Jacinta. Es, como usted indica, implacable hasta la saciedad, pero me está enseñando tantas cosas...

—En lectura y escritura va adelantadísimo —sumó Jimena con una mueca de orgullo.

—Estoy dispuesto a demostrarle… a demostrarles a las dos, que sé lo que es el verdadero agradecimiento —prosiguió el muchacho, cada vez con mayor entusiasmo—. La señorita Jimena me abrió los ojos respecto de mi futuro.

—¿En qué sentido? Tengo curiosidad por conocer esos consejos que tan buen fruto parecen haber dado.

—Llegar a ser un abogado de pro, o médico, cualquiera de esas profesiones con las que poder devolverle todo lo que ahora usted, de forma tan generosa, me está entregando.

—¿No te parece que va siendo hora de que me llames Jimena a secas? Sin tanto tratamiento formal. A fin de cuentas… somos prácticamente familia.

Los ojos verdes de Rafael consultaron la expresión de doña Jacinta, interpretó el modo en que sutilmente se crispaba, y tuvo clara la respuesta que debía dar.

—Preferiría que no, señorita Jimena, no se me ofenda. Me sentiría más cómodo de seguir tratándonos con la deferencia actual.