6
Un tesoro
¿Eran humanos los dedos que arrancaban aquella melodía a las cuerdas tensas? Ni en el mejor de los recitales había escuchado nada igual.
Quedó prendada.
Prendada y prendida de la sucesión de notas en cadena adueñándose del aire.
Acabó admitiendo que tenía que sentarse.
Para viajar al otro mundo, al paraíso, para disfrutar sin molestias.
Y quince minutos más tarde, hasta el último mono del servicio al cuidado de la mansión en la Plaza del Rey, se apiñaba en el umbral de las puertas dobles de la sala, atraídos por la música, como los niños de Hamelin en la fábula del flautista.
Absolutamente anonadados.
—¡Es un virtuoso! —jadeó doña Fortunata fuera de sí— ¡Un virtuoso!
Si la pieza y la maestría con la que se interpretaba resultaba embriagadora, no lo era menos contemplar cómo Alexei se transformaba durante la ejecución.
Daba la sensación de escapar de su piel, de su escuálido cuerpo y trasladarse a otro mundo, como si creciera hasta el infinito y le brotaran alas.
—Pero ¿lo están oyendo? —insistió la señora de la casa.
Nadie le prestaba atención, hipnotizados como estaban con aquellas manos increíbles recorriendo la escala, arriba y abajo, y vuelta a empezar. Cuando acabó, todos los presentes, incluida doña Fortunata, irrumpieron en un enfebrecido aplauso.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—¡Increíble!
—Enhorabuena, señora. ¡Qué descubrimiento!
Doña Fortunata se hinchó como un pavo.
Abrió los bracitos y sacudió encantada las plumas que no tenía. En verdad era algo impresionante, formidable, espectacular, digno de los mejores y más afamados escenarios de la vieja Europa.
Aquel ángel con cuerpo de mortal y talento divino…
Dios debió de ponerlo en su camino, era innegable que lo había enviado para paliar su infinita soledad y ponerla a prueba, solo para ver cuánto brillo era capaz de sacar de él.
Un tesoro. Un cofre lleno de oro y diamantes. Eso era Alexei.
Aunque no hablara. Aunque no despegase los labios ni pronunciara palabra en lo que le quedaba de vida, el muchachito merecía la pena.
Dos días y medio tuvo de aguante Jimena.
Antes de que se extinguiera la tercera jornada, la muchacha escapó de nuevo escaleras arriba a visitar a su reciente amigo. Con el corazón palpitante de excitación y las ganas rebosando.
Esta vez, acompañada de una doncella, cuya única misión era cargar con un libro que la muchacha pensaba leer en voz alta.
Después de una niñez solitaria en la que habría deseado crecer rodeada de hermanos, de primos, al menos, cuando apenas si le permitieron tener amigos, su juventud con Rafael en la mansión se planteaba mucho más grata.
La felicidad inmensa que le provocaba el contar con una persona de edad cercana a la suya… Y tan apuesto.
Quizá eso era lo que más la turbaba, el insoportable atractivo del joven que, sin duda, venía con consecuencias. Puesto que la afectaba.
Y mucho. Ojalá fuera inmune a su físico apabullante.
En los términos y principios en los que había sido educada, Jimena sabía distinguir lo que era decente y apropiado, de lo que no. Alguien que vivía bajo su mismo techo y que pasaría a formar parte de la familia, una suerte de… ¿hermanastro? no podía provocarle ese tipo de sensaciones.
No era correcto.
Por mucho que se escandalizara, ¿quién se resistía a aquellos iris como piedras preciosas?
A su mandíbula cuadrada, al mentón partido y a las perfectas hileras de dientes que apenas había esbozado en un intento de sonrisa que quedó en nada.
No lo había visto de pie, aunque por el volumen que ocupaba su cuerpo postrado, podía adivinar que era alto, bastante alto.
Y cuando recuperase unos kilos, de potente envergadura.
En fin, suspiró. Un príncipe azul o del color que fuese, directamente sacado de un cuento de hadas para rescatarla de aquella jaula de oro en la que la tenían encerrada.
Hacía más de dos años que Jimena no ponía el pie en la calle. Su precaria salud, sus alergias, su tendencia a pescar todo tipo de enfermedades y resfríos eran excusa bastante para que, una y otra vez, su abuela se opusiera a los paseos que ella tanto agradecía.
Con el tiempo, la propia Jimena había dejado de desearlos y ahora era doña Jacinta la que le suplicaba que, en los días de temperatura más benigna, saliera a airearse, ofreciéndose incluso como acompañante.
—¿Te agradaría conocer a las socias del club de damas nobles, ahora que me han reelegido presidenta?
—¿Para ver cómo la tía abuela Fortunata echa chispas por los ojos? No, gracias, abuela. Tendría pesadillas durante meses.
—Esta tarde celebraremos un recital de poesía. Servirán una merienda exquisita, preparada por un confitero francés…
—No insista, abuela, gracias, no me apetece.
—¿Acaso te encuentras mal, querida?
—Estoy un poco cansada, eso es todo. Creo que me retiraré a mi alcoba hasta la hora de la cena. Si me disculpa…
Y Jimena tomaba su libro favorito, el que en aquel momento estuviera robándole los sueños, y se aprestaba a desaparecer, antes de que doña Jacinta la agobiara con otra interminable retahíla de propuestas.
Tenía dieciocho años recién cumplidos, por amor del cielo. No encontraba puntos de conexión con aquellas vetustas damas nacidas en el siglo pasado. ¿De qué podrían conversar que estuvieran de acuerdo?
Hubo un tiempo en que Jimena quiso soñar con la libertad, con viajar y desarrollar una profesión que la hiciera sentirse orgullosa de sí misma, una mujer del nuevo siglo.
Ahora, vencida por la evidencia de que jamás se lo permitirían, primero sus parientes, luego su propio cuerpo debilitado, el mayor obstáculo, había terminado por arrinconar aquellos anhelos, renunciando a vivir.
Cada vez le costaba más enfrentar el trato social. No digamos si las actividades en cuestión la forzaban a sumergirse en un grupo o en grandes multitudes. El pánico se apoderaba de ella, le cerraba el pecho, sentía que se asfixiaba, la ansiedad no le permitía ventilar.
Cuando eso ocurría, no le quedaba otra que retirarse a un rincón apartado y medio oculto donde nadie la divisara, y controlar su respiración desbocada hasta amansarla para no perecer.
Y a costa de sufrir los episodios una y otra vez, a cada tanto más desagradables, Jimena había desarrollado pavor a las personas, especialmente desconocidas, aunque jamás hubiese puesto al tanto del hecho a la abuela.
Bastantes remedios, emplastes y siestas le acarreaban sus dolencias físicas. No quería imaginar siquiera lo que traería consigo una confesión a corazón abierto acerca de sus miedos y limitaciones mentales. No.
La abuela debía seguir como estaba. Feliz en su ignorancia.
Y ella, sufriendo en silencio, aunque un poquito más libre.
Lo sorprendente, lo realmente inaudito, era que su encuentro con Rafael no hubiese respondido a ese patrón.
Nunca se habría imaginado subiendo sin resuello hasta el último piso de la mansión, tirando de su pierna inútil, solo para comprobar que un muchacho recogido de la calle al que no había visto en su vida se encontraba a salvo.
Y que después de conocerlo, ardiera en deseos de repetir la visita.
Osando contrariar una orden directa de la dueña de la casa.
Pues allí estaba.