5
Rafael de Sanzio
—¿Te imaginas que fuese gripe? Jimena, por Dios, ¿cómo has podido ser tan imprudente?
—Está mucho mejor, abuela, no creo que se trate de…
—¿Imaginas si te contagias y te pasa algo? ¡Qué insensatez! ¡Soy la responsable de tu bienestar! ¡La custodia! ¡Tu padre no me lo perdonaría en la vida!
—¡Mi padre ni siquiera sabe que existo! —se sublevó la joven.
—¡Jimena!
Por desgracia, la abuela no había tardado en descubrir que, desobedeciendo sus órdenes, había subido a la buhardilla. En aquella casa, los chismes tenían alas. Y la había llamado a la sala de costura primero, al orden a continuación, con una reprimenda que hacía siglos Jimena no recibía.
—No hables así, hija. No se lo merecen.
—Lo siento, abuela, tienes razón. Es solo que a veces… a veces…
—No entiendes cómo pueden pasar tanto tiempo alejados, sumidos en sus quehaceres sin recordar que aquí estás tú, aguardando su regreso.
Jimena trató de sonreír. Pese a sus esfuerzos, su mejilla solo sufrió un ligero temblor para volver a quedar como estaba.
—No es que no te entienda, querida. —Jacinta suspiró—. Es lo que nos ha tocado vivir. Y no es que no te quieran, tenlo por seguro.
—Yo solo quería… La idea de tener compañía, un amigo en la casa, alguien con quien hablar al margen de ti y de mí… No lo hice con mala intención.
—Ni siquiera lo pensaste. —Sonrió beatífica—. Nos conocemos, Jimena. A veces te puede la impetuosidad. Sé de tus ansias, sin embargo, hasta que el muchacho esté por completo recuperado, nada de visitas.
—Rafael, abuela, se llama Rafael.
—Bonito nombre. Como el artista italiano.
—E igual de hermoso, me atrevería a decir.
Doña Jacinta repasó a su nieta con suspicacia y soltó un gruñido de disgusto.
—Espero que no acabe igual que él.
—¿Cómo murió?
—Sucumbió a la sífilis, por cortejar a demasiadas mujeres.
Para infortunio de doña Jacinta, si alguien se había llevado realmente un artista a su casa, esa no era otra que doña Fortunata.
Sentada en la mesa del comedor, ante un opíparo desayuno, con Alexei acomodado en la silla del otro extremo, a muchos metros, y su doncella de confianza pegada a la chepa, la dama atisbaba las reacciones del muchacho que, a decir verdad, no eran muchas, ni muy efusivas, delante de todos aquellos platos.
—No habla —cuchicheó a su criada—. Sigue sin hablar. ¿Será cierto que es mudo?
—Son muchos cambios repentinos, señora, y se le ve joven, estará abrumado. Cualquiera en su lugar necesitaría de un período de adaptación. Con el tiempo…
La anciana entornó los ojos y en su visión de rendija solo quedó el chico.
—¿Qué ha dicho el médico después de examinarlo? ¿Lo ha encontrado sano? ¿Hay algo que no funcione?
—El doctor le ha tomado el pulso, le ha oído el corazón y los pulmones por la espalda. Le ha mirado el interior de los oídos y las conjuntivas, y a pesar de su delgadez, asegura que el muchacho está saludable como una lechuga de huerta.
—Buenas noticias entonces.
Dejó escapar un suspiro de resignación.
Si traerse consigo a un huérfano que había pasado en el Hogar casi la mitad de su vida le había parecido coser y cantar, como recoger y adoptar un perrito callejero, que todo se volvían movidas de rabo y agradecimientos, se había equivocado.
Aquella tarea se le antojaba mucho más complicada.
Peor lo llevaba su prima Jacinta, que había cometido la soberana estupidez de quedarse con un joven al que apenas le quedaba un hálito de vida, y que bien podía ser la desgracia de toda su casa, caso de que su dolencia se tratara de gripe.
Sufrió un escalofrío que le recorrió la espalda entera.
No es que su prima y ella se llevaran bien, eso era un secreto a voces. Pero de ahí a desearle la muerte… Mucho menos a la encantadora Jimena, que bastante desdicha cargaba con sus padres ausentes y sus muchos problemas de salud.
—¿Te gustan los pasteles, Alexei?
El joven inclinó con elegancia la cabeza y doña Fortunata lo tomó por un sí.
—Y qué prefieres, ¿té o café?
El largo dedo del muchacho se movió despacio señalando la tetera.
—Qué refinado. Muy bien. En esta casa, gracias a la señora Margara, se come de maravilla. Ya verás lo poco que tardas en poner libras de carne sobre esos huesos.
Tuvo la impresión de que Alexei le sonreía y tomó un sorbito de café azucarado para celebrarlo.
—¿Te gusta que te llamen Alexei? ¿Prefieres otro nombre? ¿Algo castizo que suene más español?
Esta vez, la respuesta fue una rotunda sacudida de cabeza.
—Bien, bien, pues no se hable más, Alexei.
Las doncellas me han dicho que estás contento con tu alcoba.
Ya irás rellenando las estanterías con objetos de tu agrado.
Libros —dedujo estudiándolo—. Me figuro que eres un amante de los libros.
E iremos al sastre, a que te confeccione un guardarropa nuevo por entero.
Quiero que no solo te encuentres a gusto en esta casa.
También quiero que te sientas libre. Y si algo te desagrada o lo necesitas, me lo dices.
Del modo que te resulte más conveniente —añadió dando por hecho la mudez del joven.
Una traba, de eso no cabía duda.
Fortunata había soñado con pulirlo hasta convertirlo en un caballero de pro, que levantara pasiones y lanzase encendidos discursos ante las componentes del Club de las damas nobles, facilitando su acceso a la presidencia.
Ya estaba bien con Jacinta, llevaba ostentando el cargo seis largos años.
Era más de lo que su orgullo de prima relegada podía soportar.
Sin embargo, si el muchacho estaba incapacitado para el habla, poco había que hacer. Algo tendría, de lo que se pudiera sacar lustre para encandilar al personal, aunque solo fuera exhibir aquel rostro divino, digno de un arcángel.
Doña Fortunata trataba de emular a su aguerrida prima, no dándose nunca por vencida, aunque de natural fuera mucho menos diestra.
—Si has terminado de desayunar, podemos dar una vuelta por la casa. Te enseñaré los salones de la planta baja, tenemos varios.
En cuanto la dama retiró la silla con el auxilio de su doncella, y se puso en pie, Alexei hizo lo propio. Dejó la servilleta sobre la mesa, sin doblar, como correspondía, y la siguió en callada docilidad.
En la biblioteca, rodeados de anaqueles y volúmenes, la anciana distinguió un brillo de entusiasmo en los ojos azules del muchacho. Pero no fue hasta llegar a la sala de música que no advirtió la verdadera y devastadora pasión que coloreó sus mejillas y lo hizo trastabillar.
—¿Te gusta tocar algún instrumento?
En lugar de sacarla de dudas, Alexei caminó con reverencia hasta el piano de cola. Deslizó la yema de los dedos por la lustrosa madera y doña Fortunata notó que temblaba.
—¿El piano? ¿El piano te gusta? ¿Quieres tocarlo?
Le hablaba como se dirigiría a un niño pequeño. Él le regaló una mirada de emocionado agradecimiento y sin pensárselo dos veces, tomó asiento en el taburete. Descubrió las teclas como si cumplimentara al rey. Con respeto y una devoción absoluta, conteniendo el aliento.
Y cuando aquellas manos se pusieron en movimiento…
Fortunata pensó que le daría un soponcio y que tendrían que sacarla entre todos de su propia mansión con los pies por delante.