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Un corazón de oro
Su memoria maltrecha hacía aguas. Los recuerdos más recientes estaban emborronados, confusos, entremezclados sin orden ni concierto y no acertaba a distinguir, con mínima certeza, qué era delirio y qué realidad.
Lo había vapuleado el hambre. Eso lo recordaba con nitidez. El mordisco de dolor lacerante en el estómago vacío después de muchas jornadas. Y con el hambre y la necesidad absoluta, vino todo lo demás. Los dolores, el no poder mantenerse en pie, la debilidad.
La fiebre.
Su abuela. Su pobre y querida abuela enferma de gripe. Sus intentonas vanas por conseguirle un doctor pese a que ya no respiraba. ¿Qué había pasado a continuación? ¿Cómo había llegado a aquella casa?
Miró nuevamente a la muchacha a la que había cazado casi encima.
Tendría unos dieciocho años. Era luminosa y delicada, con cara de muñeca. Y no podía creer que el bastón apoyado sobre el cabecero de la cama le perteneciera.
—¿Cómo se llama usted?
La voz de la muchachita quebró su ensoñación.
—Rafael. Rafael Márquez para servirla, señorita…
—Jimena.
—Es un nombre precioso.
—Muchas gracias. Es el mejor regalo que me han hecho mis padres, un nombre que adoro.
La vio sonreír con una sombra de melancolía. Se miró de reojo a sí mismo. Alguien se había entretenido en vestirlo con un pijama de paño fino, fresco y confortable, que olía a gloria.
—¿Están… vivos?
—¡Oh, sí! —La jovencita ahogó una risa divertida—. Solo que viajan mucho. Muchísimo. Son arqueólogos. Se dedican a escarbar en las arenas del desierto en busca de piedras antiguas y rastros de civilizaciones perdidas.
—¿Hay gente que se dedica a eso?
—No se lo discuto. A mí también me parece una polvorienta pérdida de tiempo. —Se encogió de hombros—. Pero si les pregunta… Ellos adoran su trabajo. Su pasión y entrega no les ha permitido siquiera ocuparse de mí, menos mal que estaba la abuela.
—¿Hace mucho que vive aquí con ella?
—Podría decirse que me ha criado.
Rafael esbozó una sonrisa muy triste, con la imagen de su propia abuela en mente.
—Una buena mujer.
—Le recomiendo que no se fie de las apariencias, la abuela da la impresión de señora severa y cascarrabias, permanentemente enfurruñada; sin embargo, bajo su cúmulo de quejas y protestas, tiene un corazón de oro.
El joven trató de acomodar la postura y, al intentar moverse, le crujió todo el cuerpo. Una aguda punzada le partía en dos las articulaciones de las piernas y los brazos. En cuanto a la cabeza… la tenía a punto de estallar.
—Nadie mejor que yo debería saberlo.
La muchacha asintió y sus bucles castaños danzaron con ella.
—¿Sabe que lo salvó de una muerte segura? En el Hogar no quisieron admitirlo.
—¿De qué hogar habla?
—Del Hogar de los muchachos, en Lavapies. Es una especie de… de… —Le costaba pronunciar una palabra tan ofensiva y fea.
—¿Orfanato? —la ayudó Rafael con amabilidad.
—Sí, aunque no solo para chicuelos, también para hombres hechos y derechos, como usted, que presenten alguna necesidad. Les dan apoyo y cobijo, a veces los forman y les ayudan a encontrar un buen oficio con el que ganarse honradamente la vida.
Rafael la atendía con una chispa de admiración en aquellos ojos verdes, suyos, tan irreales.
—La veo muy informada, señorita Jimena.
—Usted tiene la culpa —rio—. Antes de que llegara a esta casa, ni siquiera sabía que el Hogar del muchacho existía. Después, he reunido toda la información posible, hasta conozco el nombre del director.
—Pero yo no… no formo parte de ninguna institución.
—Es cierto. Llegó arrastrándose y pidiendo socorro. Se portaron mal, deberían habérselo dado. Incluso sospechando que pudiera tratarse de gripe.
El ceño de Rafael se frunció con preocupación.
—No los culpo.
—Yo sí. De no haber estado allí mi abuela, justo en ese momento, nadie le habría tendido una mano. Lo habrían obligado a volver a las calles, a perecer solo en alguna esquina.
—Suena terrible —musitó Rafael con la mirada perdida en la nada.
—Es terrible. Mi abuela todavía lo cuenta entre impresionada y furiosa.
Sin los donativos que reciben de esta casa y del Club de las damas nobles que ella preside, el hogar se vería obligado a cerrar sus puertas en menos de seis meses.
Deberían haberlo pensado mejor antes de rehusar ayudarlo, estando ella presente.
Rafael suspiró sintiéndose responsable de mil cosas que podían acabar mal, en perjuicio de mucha gente.
Él ni siquiera era consciente de a dónde había ido a parar pidiendo auxilio.
Se había arrastrado sobre los adoquines de las calles de Madrid, vagando sin rumbo, hasta que las fuerzas y la cordura lo abandonaron.
—Mi abuela… todos esperamos que se quede —lo sorprendió Jimena, con aire tímido.
—¿Aquí, dice? ¿En esta casa?
Ella sacudió la cabeza arriba y abajo.
—¿Tiene familia que lo espere?
Él negó con abatimiento.
—¡Pues perfecto! Ya tiene una. Desde ahora y en adelante, será parte de los Martorell.
—Pero señorita…
—Haga feliz a mi abuela, se lo ruego. Deje que ella se haga cargo de usted.
Al decir aquello, el tono de su voz había cambiado. Ya no era el canturreo alegre de antes, era una súplica. El ruego de una muchacha cuya única compañía era la de una anciana y viceversa. Estaban muy solas.
Él lo estaba más aún, claro.
No alcanzaba a imaginar cómo sería tener una… ¿hermana? como podría ser Jimena. Y a su abuela se la había llevado la gripe. Eran un pequeño grupo apretado de personas aisladas demandando compañía y amor.
¿Por qué no?
Siempre podía cambiar de opinión y desaparecer como si lo hubiera robado el viento. De momento, su cuerpo no le obedecía en absoluto. Le dolía hasta la última fibra viva y todavía tenía algo de fiebre.
No venía al caso decidir nada definitivo.
No al menos, apresuradamente.
—¿Lo hará? ¿Se quedará? —preguntó Jimena expectante.
Iba a decir que sí, cuando una doncella entró en la habitación con una bandeja. Era evidente que lo último que esperaba encontrarse allí, aparte de al enfermo, era a su señorita charlando amigablemente.
—¡Señorita Jimena! ¿Qué hace usted aquí?
—He subido a darle la bienvenida a nuestro huésped —repuso ella con una amplia sonrisa.
La doncella dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó a pasitos cortos.
—¿Ha subido sola? ¿Sin ayuda?
—Como lo oyes.
—Avisaré a Sebastián y que la asista con la bajada. No puede estar usted aquí, señorita, es arriesgado. Si se entera la señora, la castigará. Ha prohibido terminantemente…
Jimena giró el cuello hacia Rafael a modo de despedida.
—Que se mejore. Me escaparé otra vez en cuanto pueda. ¡Ya me voy, Gertrudis! ¡Ya me voy!
—Aguarde un minuto, que llamo…
La muchacha cogió su bastón y, apoyada en él, avanzó trabajosamente hasta la puerta.
—No hace falta que suba nadie. Ya me las apaño sola.