Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 3
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Bienvenido a casa

—¿Dónde desea que lo instalemos, señora?

—Hemos adecentado un cuarto amplio con suficiente ventilación en la buhardilla —indicó doña Jacinta a los camilleros—. Lejos del resto de la familia y el servicio, tal y como me han aconsejado los médicos. Eso sí, les toca subir sus buenos trechos de escalera.

Los enfermeros, curtidos en el arte de trasladar enfermos de toda clase y condición, de cualquier peso y envergadura, y desde las ubicaciones más estrafalarias por mor de la maldita epidemia, se tomaron la labor con resignación y una diligencia encomiable.

En menos de treinta minutos, estaba el muchacho, que ya había recibido sus primeros auxilios por el camino, arropado en una cama ancha y mullida, vestida de limpio.

—Este pobre diablo no sabe la suerte que ha tenido —masculló uno de ellos, de modo que solo su compañero lo escuchara—. Esa vieja rica le ha caído del cielo.

—Y que lo digas. Lo ha venido Dios a ver.

En efecto.

El joven sin identidad podría haber consumido sus días en un callejón, agotado por la fiebre y la falta de agua y alimentos.

Aterido de frío. En la más absoluta y terrible soledad.

Y, sin embargo, estaba allí, en una mansión estupenda en el número 12 de la calle del Barquillo, en pleno centro de Madrid, al cuidado de una anciana rodeada de lujos y sirvientes, a la que por lo visto, le sobraba fortuna.

—Habrá sido bueno en otra vida —resolvió el camillero con un suspiro.

—Apártense, por favor. —Llegaba el médico—. Voy a examinarlo.

Los sufridos trasladadores prepararon su marcha y, al girarse, se toparon con la anciana doña Jacinta, que subía farfullando las escaleras.

—Esta buhardilla acabará conmigo. Procure curarlo rápido, doctor, mis rodillas no aguantarán muchas semanas de convalecencia aquí arriba.

—Es fundamental mantenerlo apartado del resto de la casa, guardar ciertas precauciones. Al menos hasta que no estemos totalmente seguros de que no es gripe.

—¿Podría serlo?

—Tiene más bien pinta de resfriado severo, unido a una fuerte inanición. Solo este muchacho debe saber desde cuándo no come. Tengamos fe y confianza en que se repondrá.

—Dios le oiga.

—Le sugiero seleccionar unos cuantos sirvientes valerosos y bien dispuestos, sin miedo al contagio, que se encarguen de atenderlo.

—Si no se les ofrece a ustedes nada más… Nos marchamos.

Tanto la dueña de la casa como el médico despacharon a los camilleros y todavía se quedaron un buen rato haciéndole compañía al enfermo.

Doña Jacinta ocupando una silla al fondo de la habitación, donde sus ojos no pudieran captar nada impúdico mientras el doctor cumplía con sus deberes, rezando en silencio un rosario dedicado al desafortunado joven y a su presunto temible pasado.

El médico, administrándole unos preparados, tomándole el pulso y verificando el descenso de la temperatura.

—¿Es normal que todavía no haya recuperado el sentido? —quiso saber la dama.

—Está muy débil, doña Jacinta. Su cuerpo no puede luchar contra la fiebre y revivir al mismo tiempo. Tenga paciencia, todo se andará. En cuanto se fortalezca un poco, le aseguro que despertará. Instruiré a sus doncellas con la medicación y los cuidados. Usted manténgase alejada, yo volveré mañana.

—Espero que con un diagnóstico acerca de su mal.

—Esperemos. Y rece porque no sea gripe. De serlo, lo más aconsejable sería trasladar con premura al muchacho a un hospital.

—¿Mi pupilo con todos esos desharrapados enfermos alrededor? Ni lo sueñe, doctor Ferrer. Se queda aquí, en esta casa, convenientemente aislado y bajo su supervisión.

El bueno del médico ya conocía a las primas Martorell desde hacía tanto, que no veía las ventajas de entablar una discusión en la que siempre llevaba las de perder.

Las dos ancianas eran testarudas como ellas solas y poco dadas a no salirse con la suya.

De modo que sonrió y cerró con brío su maletín.

—Como guste. Que lo mantengan bien hidratado. Es fundamental.

A la hora sagrada de la siesta, doña Jacinta desaparecía durante dos horas del mundo de los vivos.

Las suyas eran siestas de pijama y orinal en las que dormía más profundamente que durante las noches.

Y como Jimena lo sabía, también supo que era el momento perfecto para subir a la buhardilla a fisgonear.

Le costó la misma vida superar la escalinata con su bastón y su pierna impedida. Con sus pulmones frágiles como de papel, que le dolían al respirar. Tuvo que detenerse en incontables ocasiones hasta que por fin divisó la puerta de la habitación donde estaba el joven acogido.

Sonrió satisfecha de sí misma.

Entró a hurtadillas, porque de puntillas podía perder el equilibrio. Y tomó asiento en una butaca algo antigua, cerca de la cama. Apoyó el bastón contra la pared y se dedicó a contemplar al nuevo habitante de Barquillo 12.

Le pareció un príncipe sacado de un cuento. Las pestañas espesas y larguísimas lanzaban sombras sobre sus altos pómulos. El cabello oscuro y brillante. Y la boca… aquellos labios no eran de este mundo, parecían fabricados por un artesano de la magia, pensados únicamente para besar.

Jimena nunca había observado a un hombre tan de cerca, sin embargo, llevaba leídas cientos de historias románticas con galanes que cortaban el aliento con su atractivo, y las descripciones y su viva imaginación habían hecho el resto.

Jamás, ninguna de sus fantasías había llegado tan lejos.

¿De verdad existían hombres como aquel?

Se inclinó sobre su rostro para apreciar mejor los detalles y de repente, cuando menos lo esperaba, él abrió los ojos.

Eran verdes como las esmeraldas de la abuela.

Jimena se retrepó con un sobresalto, recuperando la verticalidad que ser curiosa le había robado. Sus mejillas se encendieron por el sofoco de verse pillada en pleno examen.

—Bienvenido a casa —se le ocurrió decir.

—¿Dónde…? ¿Dónde estoy?

Para Jimena, aficionada a la música como era, el timbre de las voces era importante. Más que importante, vital. Un caballero, por elevado que fuera su atractivo, de ningún modo podría considerarse seductor si no lo acompañaba una voz grave y cautivadora.

Aquella lo era.

Las letras que componían su pregunta se desgranaron en el aire y se quedaron flotando como una melodía incomparable.

—En la calle del Barquillo número 12. En la mansión Martorell. Doña Jacinta Martorell se ha convertido en su… ¿protectora?

—¿Protectora?

—Supongo que ella prefiere considerarse tutora y llamarlo a usted pupilo. Pese a ello, creo que excede la edad para considerarlo de ese modo. Protectora está bien. Y usted, en consecuencia, será su protegido.

—¿Usted es?

—Soy Jimena. Jimena Álvarez-Cuevas, su nieta.

El joven asintió en silencio, como poniendo en orden sus ideas, se llevó la mano a las sienes y trató de incorporarse. No fue preciso que Jimena se lo impidiera, una oleada de mareo y nauseas lo envolvió y lo hizo girar sobre el colchón, como un puño de acero.

—Será mejor que se quede donde está. Ha sufrido mucho y el médico dice que tiene que reponerse.