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La presentación
—Espero que sean ustedes conscientes de la enorme suerte que han tenido. Han sido muy afortunados. —Los miró a uno y otro—. Los dos. No obstante, debo advertirles de algo: si se tienen simpatía, no lo muestren.
Juan repasó a Alexei de pies a cabeza, con algo cercano a la repugnancia. El muchacho flaco no se inmutó. Cualquier habría dicho que estaba esculpido en hielo y ausente a muchas millas de distancia.
—Si se caen mal, no lo digan tampoco —retomó don Jerónimo—.
Por si acaso. Las damas que han decidido honrarlos con su benevolencia y generosidad son primas hermanas, aunque entre ellas no congenian demasiado bien.
De manera que, de mostrarse cordiales entre ustedes, es posible que se encuentren en problemas.
—¿Con quién se supone que voy yo? —lo avasalló Juan, en tono arrogante y descarado.
—Uno de ustedes se convertirá en pupilo de doña Fortunata Martorell y el otro quedará bajo la tutela de su prima, doña Jacinta. Es todo cuanto deben saber. Serán formalmente presentados a las damas en un rato, esperan ahí fuera.
—¿Cuál de las dos es más rica? —insistió Juan impacientándose.
—¿Cómo te atreves?
Alexei no despegó en ningún momento las pupilas del suelo. Con el temperamento indiferente del que ignora que allí está decidiéndose su futuro.
El director lanzó una larga mirada amonestadora al joven alto al que le faltaba un ojo, y no replicó más. No obstante, meneó la cabeza de un lado a otro, descontento y enfadado.
—Te lo advierto, si no mantienes en todo caso una conducta ejemplar, podrías volver de inmediato al hogar, o a un sitio peor.
Juan se tragó la réplica que estaba a punto de soltar y hundió con aparente humildad el mentón contra el pecho.
—¿Me has entendido, Juan? No queremos reclamaciones ni ningún tipo de problemas.
—Tendré en cuenta sus palabras, director.
Era evidente que se burlaba del pobre hombre, desde luego.
Pero esa mañana, don Jerónimo no disponía de tiempo para lidiar con sus provocaciones.
Deseaba acabar con todo aquello cuanto antes.
Que las damas, tan obcecadas como estaban en competir entre ellas, firmasen los documentos y se largaran de allí con sus pupilos y viento fresco.
Librarse de Juan Castillo sería todo un alivio, que el Señor lo perdonase. Era mirarlo y ponérsele la carne de gallina. Rezaría mucho, todos los días, para que la buena señora Jacinta estuviera a salvo.
Los dos muchachos pasaron por el barreño, a escamondarse y sacar lustre a la piel.
Se peinaron y perfumaron con esmero. Contaban con permiso para vestir el traje de los domingos y, bastante nerviosos, todo hay que decirlo, fueron conducidos al saloncito de recibir, junto al zaguán de entrada, donde aguardaban las damas.
No había dispuesto la marquesa de Bonagua de ocasión para parlamentar con doña Jacinta, y allí estaba.
Dos vejestorios bien vestidos, en opinión de Juan, con muchas arrugas y un pie en el cementerio.
Físicamente se daban un aire, hubieran podido pasar por hermanas.
Imposible saber a priori quién era quién y cuál la que más convenía.
Al verlos llegar, las dos ancianas se pusieron en pie, henchidas de entusiasmo, si bien entre ellas no cruzaron la más mínima muestra de complicidad o afecto.
Juan decidió que una llegada por todo lo alto del esmirriado Alexei, lo haría brillar a él con mucha más pompa. Así que justo cuando iban a cruzar la puerta que daba a la sala, ni corto ni perezoso, atravesó su pie en la marcha del muchacho y le puso una zancadilla de premio.
Alexei tropezó aparatosamente y fue a caer de boca justo a los pies de doña Fortunata. La dama tuvo el tiempo justo para apartarse con un saltito y no resultar arrollada.
—¡Muchacho torpe!
Doña Jacinta, sin embargo, lo había visto todo.
A diferencia de su sensiblera prima, que se había quedado prendada de las hermosas facciones del joven ruso, privando a sus ojos y al resto de sus sentidos de la posibilidad de detectar ninguna otra cosa, ella había repasado a los dos jóvenes de pies a cabeza y sus pupilas sagaces estuvieron ahí en el momento preciso en que Juan le puso la zancadilla a Alexei, tirándolo por los suelos.
En tanto el muchacho accidentado se levantaba, muerto de bochorno, rojo como una cereza, Juan sonreía con la boca torcida y doña Jacinta se replanteaba de cabo a rabo su decisión.
Se lo habían advertido. Que Juan no era un alma que mereciera el cielo.
Y ella se había obstinado, dado que a terca nadie la vencía, con tal de quedar por encima de su prima.
Si el muchacho era un holgazán malhablado, ella haría de él un caballero, sorprendiendo a propios y extraños, empezando por don Jerónimo.
Si andaba falto de afecto, ella le daría cariño a espuertas.
Lo reformaría, lo cambiaría, le daría la vuelta como a un calcetín, haría de Juan un hombre nuevo.
Cuanto más complicada y ardua fuera la tarea, más la encumbraría como tutora a la fama. Y sin embargo…
Algo de lo que acababa de presenciar le estalló dentro como un petardo de feria. Desvió la mirada hasta Juan y él le respondió con un ojo desafiante. Entonces examinó a Alexei, que acababa de incorporarse.
El pupilo de Fortunata.
¡Maldita fuera su estampa!
Era bello como una flor de primavera, en eso no habían exagerado.
De facciones finas y cinceladas, con un cabello rubio que le caía desordenado en bucles grandes pese a sus evidentes esfuerzos por mantenerlo en su sitio.
Unos ojos claros enormes y tan dulces como los de un cervatillo.
Latía en aquel muchacho una suerte de etérea fragilidad que lo hacía irresistible.
Era mirarlo y caer rendido a sus pies, sin remisión.
Juan, por el contrario, ni se molestaba en tapar con un parche aquel ojo suyo, vacío e inquietante. Era bastante más alto y estaba seco, pero era fibroso. Con un par de meses de pucheros y buenos estofados de carne, se pondría hecho un toro.
¿Por qué sería que fantasear con todo aquello que llevaba semanas planeando, de repente, ya no la consolaba?
—Por favor… por favor, se lo ruego… ayúdenme… Por lo que más quieran.
Era una voz rota por completo.
Y pertenecía a un hombre joven que venía casi arrastrándose. Al llegar al zaguán del Hogar de los muchachos, que tenía abiertas las puertas a la calle, se desvaneció sin fuerzas. No pertenecía a la institución, quedaba claro que llegaba directamente de las plazas del exterior.
Las dos ilustres damas fueron retiradas de la circulación por un don Jerónimo frenético, y un par de empleados del Hogar se arrimaron para investigar detalles. Uno de ellos, la mujer ataviada de enfermera, colocó la palma de la mano sobre la frente del muchacho y la retiró de inmediato.
—¡Está ardiendo! Tiene mucha fiebre.
El rostro enjuto de don Jerónimo palideció. La timorata de Fortu, se llevó el pañuelo a la cara y con él se cubrió nariz y boca, soltando un gemido de aflicción.
—¿Acaso no piensan socorrerlo? —reclamó doña Jacinta, contemplando incrédula cómo la gente del Hogar de los muchachos daba un paso atrás y marcaba distancias con el desdichado joven.
—Apártese, doña Jacinta. Podría ser gripe —alertó compungido el director del centro.
—Sea lo que fuere, no pueden dejarlo ahí tirado en el suelo, para que se muera como si fuese un perro callejero.
—Más aún, señora, tendrá que volver al sitio de donde provenga, aquí no puede quedarse.
—¿Por qué no? Tenía entendido que esto era un hogar de caridad…
—Señora, la gripe, la epidemia, es algo muy serio —se deshizo en explicaciones don Jerónimo—. No podemos correr el riesgo de desencadenar una catástrofe entre nuestros internos solo por acoger…
—¿A alguien que desesperadamente lo necesita? —se sublevó la anciana.
—Jacinta, tú mejor no te metas —la amonestó su prima.
Alexei se había acercado con timidez y contemplaba al enfermo con los ojos muy abiertos. Incluso alguien habría jurado que lo oyó soltar una suave exclamación de dolor.
—Don Jerónimo —Jacinta giró resuelta sobre sus talones, con una agilidad absolutamente impropia de su edad—, he cambiado de opinión. Me llevo a este muchacho enfermo. A partir de hoy será mi pupilo. ¿Dispone de personal que ayuden en el traslado? ¿O se encargan de avisar al hospital?
—Pero señora… —farfulló desconcertado el hombre—, ¿qué pasa con Juan?
—Cuando este desgraciado jovencito se encuentre más recuperado, usted me ayudará a arreglar los documentos de su tutelaje. ¿Le parece bien?
Y sin añadir nada más, ninguna explicación o disculpa frente al muchacho al que acababa de cambiar bruscamente el destino, pues lejos de pasar a formar parte de una familia insigne volvía a quedarse en el Hogar hasta Dios sabía cuándo, la dama enfiló la calle muy dispuesta y desapareció.
—Podrá encontrarnos en mi casa, don Jerónimo. Gracias por todo —habían sido sus últimas frases.