Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4)
© inepub.com
1
El hogar del muchacho
—¿Tiene usted calor, señora marquesa? ¿Una limonada fresquita? ¿Y usted, señorita Beatriz? ¿Algo para alejar el bochorno? ¿No les apetece nada?
El hombre de las gafitas chasqueó los dedos en el aire. Un mozalbete apurado acudió al instante a reverenciarlos.
—Un par de limonadas para las señoras. Estaremos en el invernadero.
—Sí, señor. Enseguida, señor.
—Por aquí, si son tan amables.
La marquesa de Bonagua y su hija siguieron los talones vivarachos del director del «Hogar del muchacho» en Lavapiés.
Un hombre tan servicial como pesado, ya que la intención de las damas se reducía a entregar un donativo de buenas cristianas al orfanato, y el caballero se había empecinado en enseñarles las instalaciones al completo.
De un edificio que no parecía tener fin.
Con disimulo, la marquesa resopló intercambiando una mirada de resignación con su joven hija.
—Nuestra pretensión es que los chicos aprendan a hacer un poco de todo y conforme vayan saliendo del refugio, sean capaces de buscarse un oficio que les permita ganarse la vida.
Desempeñar las más diversas labores es nuestro pan de cada día, hacen de carpinteros, de cocineros, cavan las huertas y limpian.
¿Sabían que cosechamos nuestras propias verduras?
—Increíble, don Jerónimo —musitó la marquesa con aire ausente.
—Y no solo eso. Entre nuestros muchachos contamos con varios jardineros muy prometedores.
—¡No me diga!
—Como lo oye, marquesa. A unos se les da bien una cosa, a otros otra. Como en la viña del señor.
—Diga usted que sí —repitió doña Eugenia en el mismo tono sarcástico.
Resultaba evidente que solo su hija era capaz de captar el hastío que flotaba en su voz.
Al director, locuaz como una ametralladora encasquillada lanzando balas, hinchado de orgullo por el formidable engranaje que habían conseguido montar tanto él como sus antecesores en el «Hogar del muchacho», particularmente durante su mandato, responsable de que la entidad funcionara con una eficiencia rayana en lo perfecto, todo le parecía poco para entretener a su benefactora.
—Oh, aquí llegan las limonadas. Excelente.
El chicuelo que cargaba la bandeja se las apañó con bastante dignidad para sostenerla con los vasos encima, sin que se le volcaran, y hacer una reverencia, todo al mismo tiempo.
—Veo que también los forman como lacayos —observó la jovencita una vez se hubo marchado.
—Algo así, señorita Beatriz, algo así. Les falta refinamiento, es obvio, aunque todo se andará, ¿no le parece, marquesa? ¿Marquesa?
Doña Eugenia andaba distraída mirando para otro lado. Los ojillos de don Jerónimo siguieron la misma dirección, identificando el objeto de su curiosidad.
—Ah, ¿conocen ustedes por casualidad a doña Jacinta Martorell?
—De hecho, somos vecinas de la misma calle.
—Una dama respetable y encantadora, debo decir.
Pertenece al selecto «Club de las damas nobles», ¿usted no forma parte de la asociación en cuestión?
No, claro, doña Eugenia, no tiene usted edad para ingresar en «Las damas nobles».
El club suele hacer importantes aportaciones a la caridad y la beneficencia.
—Imagino que este hogar se encuentra entre ellas.
—Acierta usted. Y más aún. Doña Jacinta y su prima… ¿conocen ustedes a su prima?
—¿Doña Fortunata? Vive justo enfrente, en la plaza del Rey.
—Pues ambas damas… —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial—. ¿Cuento con su absoluta discreción?
—¡Por Dios, don Jerónimo! —lo apabulló doña Eugenia ansiosa por conocer el chisme— ¡Eso ni se pregunta! ¡Por supuesto que sí!
—Doña Fortunata decidió tomar bajo su tutela a uno de nuestros muchachos mayores.
Alexei. Tiene casi veinte años y no he visto joven más enclenque en lo que llevo de vida.
Piel y huesos, ni un solo músculo destacable en ese cuerpecillo escuálido.
Lo entiende todo, pero jamás ha pronunciado una sola letra, de lo que deducimos que el pobre desdichado debe de ser mudo.
Admito que el muchacho inspira compasión.
—¿Y doña Fortunata pretende…?
—Hacer de él su pupilo. No todo son malas noticias, el jovencito posee un rostro de singular belleza. Creemos que es de origen ruso. Algo exótico.
—¿Y qué pinta en todo eso nuestra vecina, doña Jacinta? —La marquesa la volvió a mirar, al fondo del invernadero, rodeada de plantas y flores, conversando animada con varios empleados del «Hogar del muchacho».
—Visto lo que su prima tenía en mente realizar, quiso emularla. —Suspiró afligido—. Tengo entendido que entre ambas damas revolotea una suerte de…
—¿Ánimo competitivo? —lo auxilió doña Eugenia.
—Exacto. Justo eso. Si me lo permiten, la señora Martorell no ha podido escoger peor.
Los ojos de la marquesa y de su hija se abrieron con asombro, demandando más información jugosa.
—Es por esto, y no por afán de expandir rumores, que me he permitido ponerlas al corriente de la historia.
Juan, el joven seleccionado por doña Jacinta, pasó en la calle sus primeros años de vida.
Todavía no entendemos cómo se las arregló para sobrevivir.
Es algo que solo puede calificarse de milagroso.
—Desde luego que sí.
—El caso es que el infortunio lo llevó a perder un ojo.
Y eso, unido a su tristísimo pasado, aunque aquí nadie lo tenga dichoso, lo convierten en el candidato ideal para la tutela de la señora.
Parece que, entre ella y su prima, las dos compiten por acoger al muchacho más desamparado y con menos opciones.
—No obstante, usted no recomienda a ese… mozo. ¿Cómo ha dicho que se llama?
—Juan. Señora marquesa, Juan es un alma resentida con el mundo, de la que es mejor alejarse. Llevo años diciendo que, si sale de aquí, será para parar con sus huesos en una celda o en el mismísimo cadalso.
—¿Ha puesto usted al tanto de semejantes talentos a la señora Martorell? —tartamudeó doña Eugenia, muy impresionada.
—Por descontado que sí. Sin embargo, la dama no atiende a razones. Se ha empeñado en reformarlo. Asegura que cuanto más difícil sea el caso, más brillarán sus resultados. Está decidida a machacar a su prima ante las componentes del club del que es presidenta.
—Podría… ¿doña Jacinta podría estar en peligro? —intervino Beatriz con evidente temor.
—¡Quién sabe! No me atrevería a decir tanto. Pese a ello, ciertamente me gustaría que se decantara por otro recogido. Usted la conoce, son vecinas. Seguro que tiene en cuenta sus consejos. ¿No podría sugerirle…?
—Entonces sabrá que hemos estado hablando de ella. Con su carácter, no creo que le agrade demasiado.
—Inténtelo, señora marquesa, como quien no quiere la cosa. Yo ya no sé qué hacer para disuadirla.
Doña Eugenia se quedó mirando con disimulo a la robusta dama, de cerca de ochenta años, vestida con sobrado lujo, aunque íntegramente de negro. Viéndola conducirse con aquel poderío y sus evidentes dotes de mando, lograr desalentarla y que cambiase de opinión, se le antojaba misión imposible.