Capítulo 41
Amar es una cosa.
Sobrepasar tus límites por no perder al otro es otra.
Y creo que es justo donde podría estar ahora.
L e he contado a Víctor que Pablo pasará dos semanas con nosotros. Una en Londres y otra aquí, en Barcelona.
Quiero que se conozcan.
Que Víctor sea alguien en su vida.
Supongo que, hasta ahora, la culpa y el miedo me habían impedido unir bajo un mismo techo a mi amante y a mi hijo.
Pero si su padre puede irse de vacaciones con su novia y con Pablo, yo también puedo hacerlo.
No. No actúo desde la rabia, sino desde la libertad de entender que, si Sergio lo hace, entonces está bien. Porque él... siempre lo hace todo bien.
Reúno fuerzas y le pido a mi pareja que, por favor, compre un billete para mi hijo y reserve una cama más en el hotel.
Víctor me observa y escucha, sin camiseta, con solo un pantalón de chándal encima, al otro lado de la isla de la cocina. Prepara unos bocadillos. Lleva el pelo suelto y ese aire suyo de guerrero ancestral que me enamoró hace lo que se me antoja una eternidad.
Niega con la cabeza.
Me río.
No entiendo.
—¿No?
—No.
—¿No a qué?
—No va a venir tu hijo a Londres.
—¿Cómo?
—No es un viaje apropiado para niños.
—Tiene quince años —respondo—. Puede quedarse en el hotel mientras nosotros trabajamos o vamos a alguna cena.
—No es eso...
—¿Entonces qué?
—Anna...
—¿Qué? —digo, ya seria.
Se acerca un paso bordeando la isla.
—Yo no he querido tener hijos. Amo a mis sobrinos, eso es cierto..., pero no quiero ser padre. No quiero ejercer de padre con Pablo.
—No tienes que ejercer de padre con mi hijo —respondo, seca—. Él ya tiene padre.
Silencio.
—Anna..., lo mejor es que me vaya yo solo a Londres. Tendréis el ático para vosotros. Tu hijo podrá usar lo que quiera, dormir en la habitación que prefiera... sentirse en su casa.
Hace una pausa.
—Cuando pasen las dos semanas y él vuelva con su padre... yo regresaré.
Lo miro.
No entiendo lo que estoy oyendo.
—Víctor..., ¿qué me estás diciendo?
—Que no quiero ser el padre de nadie.
Se le quiebra la voz.
Y, por un instante, veo al niño que fue.
Al que no tuvo padre.
Al que aprendió a vivir sin esa figura.
Pero no es suficiente.
No para mí.
No ahora.
No así.
—De acuerdo —respondo.
Mi voz sale más tranquila de lo que esperaba.
—Vete a Londres. Nosotros nos quedaremos aquí.
Pero no me quedo.
Porque ya no puedo más.
Porque esta ha sido la gota que ha colmado un vaso que llevo tiempo sosteniendo.
Y que ya no puedo sostener.
Se ha ido a las siete de la mañana.
Ahora son las diez.
He tardado menos de tres horas en ducharme, desayunar y meter todas mis cosas en las mismas maletas que traje al llegar.
He añadido los vestidos y todos los caprichos que he ido acumulando este tiempo.
No me llevo nada más.
No hay nada más que me pertenezca aquí.
Salvo el aprendizaje de que tal vez el amor más importante debería ser el propio.
Hoy no es que elija a Pablo.
Es que me elijo a mí.
Dejo una nota.
Una sencilla nota escrita a mano.
Gracias, Víctor.
Gracias, por tanto.
Por tu amor, por tu impulso, por lo que fuimos y por el hogar que casi llegamos a construir.
No puedo más.
Si Pablo no cabe entre nosotros, no habrá un nosotros.
Te quiero.
Y sé que te voy a querer siempre.
Anna