Toda mi culpa no es Epílogo
100%

Epílogo

H an pasado seis meses.

Vivo sola.

En un apartamento pequeño, luminoso, en una calle tranquila cercana a mi hijo.

Llegué aquí con una indemnización digna que negocié con una empresa que ya no me quería y una decisión firme: no volver a ser la mujer que se olvida de sí misma.

He ampliado mi cartera de clientes. Trabajo como autónoma. Me va bien. No es una vida espectacular, pero es mía. Y, por primera vez en mucho tiempo, eso es suficiente.

Pablo viene quince días conmigo y quince con su padre.

Sergio está mejor. Mucho mejor. Verónica sigue a su lado. Ya no somos amigas. Nunca mantuvimos la conversación pendiente que quedó en el aire. Y en ese silencio se dijo tanto que ahora solo espero de ella que trate bien a mi hijo.

A veces los veo unidos, y sonrío. Me alegro por ellos.

Otras... no tanto.

Pero ya no duele igual.

Nada duele igual.

Recuperé la relación con mis padres. Siguen llamado a mi exmarido y culpándome por destrozar mi hogar. Pero al menos, ahora, también me llaman a mí para saber si estoy bien.

Víctor quedó en el pasado. O eso me cuento. Porque no hay día que no piense en él.

No como antes. No con esa ansiedad que arrasaba todo.

Ahora es más... sereno. Más profundo. Más peligroso.

Lo amé con todo lo que tenía.

Hay noches en las que me pregunto si no debí intentarlo una vez más.

Si, del mismo modo que él me tendió la mano y me sacó de la vida en la que me estaba apagando, yo podría haber hecho lo mismo con él.

Enseñarle a quedarse.

A amar sin miedo.

A construir una relación que no se sostuviera solo en el deseo.

A querer a un niño, estando en su vida.

Pero esas preguntas ya no me arrastran.

Las dejo pasar.

Camino por la calle París. Hace frío. Es diciembre. Y no puedo evitar mirar hacia el lugar donde antes estaba la galería.

Está cerrada.

Vacía.

Como si nunca hubiera existido.

Como si todo aquello hubiera sido un paréntesis en otra vida.

Llega la Navidad.

Decido acercarme al centro.

Quiero comprarle un regalo a Pablo.

Entro en el bullicio de un conocido centro comercial en Plaza Cataluña.

Luces. Gente. Villancicos de fondo.

Subo por las escaleras mecánicas.

Y entonces... lo veo.

Él baja.

Yo subo.

Y el tiempo... se detiene.

Víctor.

Está igual.

O quizá soy yo la que vuelve a verlo como antes.

Nuestros ojos se encuentran.

Y, de pronto, la serpiente despierta.

Feroz. Viva. Peligrosa.

Me quedo quieta.

Un segundo.

Dos.

Debería apartar la mirada.

Debería seguir.

Pero no lo hago.

Porque ya me ha visto.

Y sé que no me dejará marchar.

Me quedo quieta. Esperando que aparezca, porque sé que lo hará.

«Anna...», escucho su voz ronca. Me giro. Es él.

Ninguno habla al principio.

Solo nos miramos.

Como si necesitáramos comprobar que podemos aún entrar en el espacio del otro.

—Anna —dice al fin.

—Víctor.

Nos sentamos a tomar un café.

Como dos desconocidos que se conocen demasiado.

Me cuenta de sus viajes, del progreso de su negocio y de la nueva y más grande galería, ahora en la zona de Pedralbes. Yo le hablo de mi nueva vida. Sin adornos. Sin máscaras.

Y entonces lo dice.

—Te sigo queriendo.

No me sorprende.

Lo miro.

Sonrío.

Con calma.

—Yo también te he querido, con toda mi alma... —respondo—. Pero he aprendido algo en este tiempo.

Se inclina un poco hacia mí.

—¿Qué?

—Que el amor más importante es el que una se debe a sí misma.

Silencio.

No es incómodo.

Es... necesario.

—Me ha costado entenderlo —añado—. Mucho. Más de lo que imaginaba.

Víctor asiente.

No discute. No intenta convencerme.

Y eso, en él, es nuevo.

Nos levantamos.

Ya en la puerta vuelve el bullicio.

—¿Qué haces esta noche? —pregunta.

Sonrío.

Lo miro.

—No lo sé.

Él da un paso más cerca.

—Quedemos.

Lo sostengo.

Sin temblar.

Sin huir.

—Ya veremos.

Sonríe.

Esa sonrisa.

—Dame diez minutos —dice—. Solo diez.

Lo observo.

Y por un instante... todo podría volver a empezar.

O no.

Salgo a la calle.

El aire frío me golpea el rostro.

Respiro.

Y camino.

Sin prisa.

Sin miedo.

Tomo mi teléfono. Busco su nombre entre mis contactos. Escribo: «Diez minutos. Solo diez minutos».