Capítulo 40
S ergio no para de llamarme. Está preocupado por mí, como médico, como padre de nuestro hijo y como alguien que me quiso mucho.
Me ruega que nos veamos, que hablemos, que cuente con él.
Que no juzgará la vida que haya elegido; que, si eso me hace feliz, él será feliz por mí.
Pero que un lugar seguro, como aún sigue siendo él para mí, podría irme bien si necesito ordenar mi cabeza.
Accedo. Tras la noche de la fiesta, apenas me hablo con Víctor y temo del qué será de nosotros. Amo a Víctor, pero... ¿está bien esto qué hago? La única respuesta clara es que está bien si me hace sentir bien, porque lo correcto y lo incorrecto tienen líneas difusas.
Mercedes me aconseja que aproveche este momento para explorarme a niveles mucho más profundos de los que jamás me he atrevido a soñar.
—Eres una mujer casada, monógama y mamá. Y de pronto, un día, formas parte de una fiesta en la que la gente se droga y monta orgías. No hay nada ilegal en lo que has hecho y será tan inmoral como tú decidas que sea.
—Ya no atisbo dónde están los límites de mi moral, Mercedes —le confieso.
—Ahí es donde tú, y solo tú, puedes responderte.
Nos crían en límites muy cerrados y algunos, entre los que me incluyo, decidimos abrirlos.
Pero ¿hasta dónde...? ¿Cuándo dejas de ser una «antigua» y te conviertes en «moderna»?
¿Cuándo el afán de ser «moderna» rebosa los topes de tu alma?
Eso, eso es justo lo que tú tienes que dibujar, delimitar y decidir.
»Víctor los tiene claros, hace mucho, y a él no lo vas a cambiar.
»Si quieres seguir con él y tu moral te lo permite, adelante. Si no, puedes llegar a pactos: que él vaya, que participe, pero tú no. Si puedes soportarlo, estupendo. Pero sea como sea, tú y solo tú tienes la respuesta a todas estas cuestiones que te están atormentando.
Charlar con Mercedes es lo más parecido a ir a un terapeuta. Hace años iba a una, Olivia, en Barcelona. Mercedes me recuerda a ella: en lo franca, en lo especial. Aunque Olivia era más mística, ambas comparten ese brillo mágico que se les otorga a algunas personas.
Tras mi charla con esta nueva amiga, a la que me atrevo a decir que ya quiero, decido llamar a Sergio y aceptar su propuesta.
Justo hoy Pablo cena con Enric en su casa, así que es un buen momento para pasarme y charlar tranquilos.
Me espera con unas cervezas con limón bien fresquitas, una sencilla tortilla de patatas —comprada— y un poco de pan con tomate.
—Sé que no es la mejor cena del mundo —me dice.
—Está muy bien así —respondo con una sonrisa amable.
Cocinar nunca fue su fuerte.
Me desahogo. Lloro y le cuento todo. Todo.
Incluyendo el miedo que me aprieta las entrañas a haber contraído alguna enfermedad de transmisión sexual.
Este miedo ya se lo manifesté en una fuerte discusión a Víctor, quien me asegura que eso es imposible: nadie que no tenga certificados de salubridad puede participar en esas fiestas.
—Yo no presenté ningún certificado, Víctor —le dije.
—Pero yo lo hice por ti —responde y me deja sin palabras.
Sergio me ofrece un bol con dos bolas de helado de fresa y sirope. ¿Cómo algo tan sencillo puede romperme tanto? ¿En qué momento pensé que este tipo de vida —un sofá, un bol y dos bolas de helado en familia— era tedioso?
—Yo puedo hacerte las pruebas que necesites —me dice Sergio—.
En defensa de Víctor, diré que lo que afirma es cierto.
Tengo pacientes que..., bueno, han participado en fiestas de este tipo y me han contado cosas.
No puedes entrar si no presentas ese certificado y suelen firmarlos médicos que también participan en esas mismas... actividades.
Abro los ojos ante semejante comentario.
—Es hora de irme. Ya te he agobiado bastante y tengo que marcharme —digo—, además, Pablo estará por llegar y no quiero que me vea así.
—De acuerdo —me dice.
Nos abrazamos. Es un abrazo largo. Confortable y cálido. Nos miramos a los ojos y, por un instante, pierdo la noción del tiempo y... nos besamos. Nos besamos con cariño, con dulzura y con una familiaridad que duele.
—No, Sergio —me aparto—. Esto no está bien.
—Lo sé —me dice—. Perdona, Anna, ha sido sin querer —añade.
—Hemos sido los dos, Sergio. Hemos sido los dos.
Me paso la mano por la boca.
No siento nada. No siento absolutamente nada. Quiero a este hombre, lo quiero mucho y con todo mi ser, pero no despierta en mí más que amor del bueno, del puro, pero nada más, lo cual me pregunto si eso no debería ser más que suficiente.
—Anna —me dice—, quiero contarte algo antes de que te marches.
—¿Qué ocurre? No me asustes.
—No, tranquila. Es sobre las vacaciones. Pablo tendrá vacaciones de verano en breve y, al final, me ha convencido para ir a Peñíscola con los amigos que hizo en el viaje de fin de curso.
Pablo siempre consigue de su padre todo lo que se propone.
—Nos vamos dos semanas en julio —añade.
—Oh, Sergio..., yo... yo no sé si podré ir —respondo.
—No, no, tranquila. No es eso... —Se pone rojo—. Verónica viene.
—Ah. —Me quedo fría. De hecho, se me nota que me molesta.
—Quería que lo supieras —me dice.
—Ah, de acuerdo. Sí, bueno, me parece bien. ¿Y cuándo vendrá conmigo? —resuelvo en un tono un tanto imperativo.
—Oh, cuando tú digas.
—Pues nos vamos a Londres la última de junio —improviso, pero es totalmente cierto—. Él ya estará de vacaciones, así que se vendrá con nosotros y luego, hasta que os vayáis a Peñíscola, que se quede en mi casa.
—De acuerdo... —Sergio responde con un tono inseguro, pero se le nota que no quiere discutir y acepta mi propuesta.
—Si puede estar con Verónica, puede conocer a Víctor, ¿no?
—Claro, supongo —responde Sergio, mirando al suelo.
—Pues perfecto. —Sonrío, tensa. Me pregunto por qué me molesta tanto.
Vuelvo a casa y medito durante el camino cómo contarle a Víctor que mi hijo vendrá en unos días a pasar dos semanas con nosotros, incluyendo el viaje a Londres.