Toda mi culpa no es Capítulo 39
93%

Capítulo 39

A bro los ojos. Me pesan. Me pesa todo el cuerpo y, Dios..., cómo me duele la cabeza.

Estoy semidesnuda. Y no sé dónde me encuentro.

Miro a mi alrededor. Me cuesta fijar la mirada. La luz... la luz me atraviesa, me ciega.

Víctor no está. En su lugar hay otro hombre. Y dos mujeres más. Están dormidos. Él, en la cama. En la misma cama en la que estoy yo. Ellas, cada una en un sofá, uno junto al otro, bajo un gran ventanal por el que entra una claridad cruel.

Me incorporo.

El cuerpo no me responde como debería. Estoy espesa. Lenta.

—¿Víctor...? ¿Víctor...?

Mi voz sale pastosa. La boca, seca.

Nadie responde.

Miro otra vez.

No está.

Y, al parecer, mi ropa tampoco.

Intento ordenar lo ocurrido. No puedo. Aún estoy demasiado... no sé si dormida o colocada para entender nada.

Salgo de la habitación.

Reconozco el lugar. Es la casa de anoche.

El pasillo se alarga más de lo que debería. O soy yo. Intento recordar.

Nada.

Solo fragmentos. Destellos. Un cuerpo. Una risa. Manos. Demasiadas manos.

Sigo avanzando.

Entro en otra habitación.

Más gente.

Dormida. Tirada por el suelo. Algunos sin ropa.

Siento una punzada en el estómago.

Entro en otra.

Y ahí, en una silla, está mi ropa.

La recojo. Me visto como puedo y salgo.

Una chica, que imagino del servicio, se acerca con una bandeja.

—¿Café?

Asiento.

Me entrega también mi bolso.

—¿Has visto a Víctor? —pregunto, con los ojos aún entrecerrados.

—No, señorita. Lo siento, no lo he visto.

—¿Sabes quién es?

—Sí, claro.

—¿Sabes dónde está?

Niega suavemente.

—No. Creo se marchó hace horas.

—¿Que se ha marchado, dices? ¿Sin mí?

—Iba acompañado, con la señorita Young. —Me sorprende la naturalidad con la que me lo dice. Esta mujer debe haber visto de todo, y que mi pareja se marche con otra persona debe ser, cuando menos, algo natural para ella.

Me tapo la boca con la mano de forma instintiva.

No pregunto más. La señorita Young. Isabelle Young ¿Por qué no me sorprende? Pero no tengo fuerzas para enfadarme. Apenas para sostenerme en pie.

—¿Puedes pedirme un taxi?

—Por supuesto.

El coche me deja en mi casa.

No en la de Víctor.

En mi casa.

—Sergio... —digo al entrar—. No quiero que preguntes. Solo... mírame. Necesito por favor que me reconozcas. Que me asegures que estoy bien. Por favor.

Me observa.

En silencio.

—Anoche... bebí mucho —añado, torpe.

Sergio suspira. No se acerca de golpe. Me mide.

—Anna..., no voy a juzgarte —dice al fin—, pero tal vez no es buena idea que te presentes aquí, donde vive tu hijo, a las seis de la mañana... así.

—No sé qué tomé.

La voz se me quiebra.

—No sé qué hice.

Ahora sí. Se acerca. Me abraza.

Y en ese abrazo hay un refugio que no encuentro en ningún otro lugar.

—Dios mío, Sergio..., ¿está ella aquí?

—No, Anna. No está.

Respiro hondo, aliviada. Hubiera sido humillante.

Rompo a llorar.

—Te haré un café. Y te pondré un suero para rehidratarte. En un par de horas estarás mejor.

Me dejo caer en el sofá. Me tapa con una manta. Se mueve con calma. Con cuidado. Como siempre. Como antes. Como si nada hubiera pasado.

—¿Qué estás haciendo, Anna? —pregunta al rato.

Cierro los ojos.

—No puedo tener esa conversación ahora.

Silencio.

—Lo entiendo.

Y no insiste. Se aleja. Escucho sus pasos. Va a comprobar que Pablo sigue dormido. Que no me ha visto así. Aún hay cosas que proteger.

Cuando empiezo a sentirme un poco mejor, pido otro taxi.

Él se ofrece a llevarme.

—No hace falta —le digo—. Ya has hecho bastante.

Y es verdad.

Ha hecho demasiado.

Cuando llego, Víctor no está. Como imaginaba.

Aún me siento débil. Me preparo un zumo. Me pongo el pijama.

Y, de pronto, una idea me atraviesa: no sé con quién he estado. No sé qué ha pasado realmente. No sé qué he hecho. El miedo me sube desde el estómago hasta la garganta. Me tumbo y me dejo caer en la cama. No solo por cansancio, también por huida.

Y me duermo.

Profundamente.

Como si dormir pudiera borrar algo de todo esto.