Capítulo 38
S on las seis de la tarde de un viernes de junio y Víctor me anima a dejar lo que estoy haciendo.
—Anna, es hora de arreglarnos.
—Voy —le respondo—. Dame un minuto que guardo este documento.
Un amigo de mi hasta ahora único cliente me ha pedido ayuda y estoy disfrutando de este pequeño negocio improvisado que, sin buscarlo, me he montado.
Pagan bien. Ambos tienen trabajo para mí a largo plazo y no quiero echarlo a perder.
Me entretiene. Me gusta. Me hace sentir útil.
Más útil que revisando las pocas cuentas que suponen los negocios de Víctor en España.
Pero esta fiesta es importante.
Acudirán personas de alta sociedad, coleccionistas de arte de diferentes rincones de Europa, y veremos al cliente de Londres al que visitaremos en unas semanas para entregarle unas antigüedades que Víctor ha conseguido a través de sus contactos.
El viaje en coche es tranquilo.
Estacionamos en un aparcamiento de tierra improvisado a la entrada de la finca. Porque sí, esto no es una casa. Es una mansión.
Cuento unos quince coches más. Calculo que seremos unas treinta o cuarenta personas, además de los anfitriones y el servicio. Demasiado servicio.
La casa dispone de varias terrazas enormes. En todas hay un bar. En todas suena la música que llega desde la banda que toca en el jardín. Hay personal de catering repartido por toda la planta baja, dentro y fuera, ofreciendo canapés, copas y aperitivos.
Todo es elegante.
Todo es excesivo.
Y todo... empieza a resultarme extraño.
Víctor charla distendidamente con unos y con otros. Yo los sigo. Saludo a caras que ya me resultan conocidas y a otras que no, aunque fingen conocerme porque saben que soy la pareja de Víctor; a él, en cambio, sí que lo conocen todos.
A lo lejos creo ver a aquella mujer de Nueva York.
—Víctor —le pregunto—, ¿aquella chica... —señalo con la barbilla— no es...?
—Isabelle. Es Isabelle. Te la presenté en Manhattan, ¿recuerdas?
Sí, sí la recuerdo. También recuerdo lo agradable y cariñosa que estuvo toda la noche con Víctor.
Me invito a calmarme.
Tomo otra copa de cava y me paseo por las terrazas mientras Víctor saluda, ríe y, seguramente, hace negocios con varios de los invitados.
A medida que avanza la noche, las bandejas siguen circulando. Pero ya no llevan solo comida o bebida.
Llevan otra cosa.
Me tenso al verlo.
Nunca en toda mi vida había tenido drogas tan cerca.
En las bandejas hay pequeños montoncitos de polvo blanco dispuestos en líneas finas, cápsulas transparentes, pastillas de colores —algunas diminutas, azul eléctrico— y pequeños frascos de cristal con líquidos que reflejan la luz de forma casi hipnótica.
—Víctor... —susurro—. ¿Qué es esto?
Él sonríe.
—Anna, solo son... facilitadores. Para pasarlo bien un rato. Nada más.
—¿Tú tomas de esto?
—Casi nunca. No es mi estilo. —Se encoge de hombros—. Pero no juzgo a quien lo hace.
—Yo tampoco...
Sonríe, ladeando la cabeza.
—Mentira. Sí lo haces. Pero está bien.
Levanta las manos en señal de paz.
—¿Quieres probar? Ven, te explico.
Se acerca a una bandeja. Toma una pequeña cápsula, translúcida, con un polvo ligeramente cristalino en su interior.
—Esto —dice— te relaja, te abre, te hace sentir... bien. Más conectada. Sin ruido.
Se la lleva a la boca con naturalidad.
Me ofrece otra.
Niego con la cabeza.
—No.
Me observa. Se acerca. Me besa.
La música cambia. O quizá soy yo.
Se vuelve más lenta. Más densa.
Las luces bajan.
A mi alrededor, la gente se mueve de otra manera. Los cuerpos se acercan más de lo habitual. Las manos permanecen más tiempo del necesario.
Todo es... demasiado.
Una mujer se acerca a Víctor por detrás. Lo acaricia. Él se gira y la besa en la boca con una naturalidad que me desarma.
Me mira. Me guiña un ojo. Se deja llevar por ella.
—Ven —me dice, tendiéndome la mano.
No me muevo.
Los veo alejarse. Reír. Entrar en una de las habitaciones.
Me quedo sola. Quieta. Bloqueada.
Quiero irme.
Pero... ¿por qué? ¿No eras libre? ¿No querías esto? ¿No querías sentir?
La rabia empieza a subir.
No hacia él. Hacia mí.
Hacia la posibilidad de no estar a su altura.
Camino decidida hasta uno de los camareros. Lo detengo. Miro la bandeja.
Reconozco una de las cápsulas que Víctor me ha enseñado.
La tomo.
Dudo apenas un segundo. Y me la llevo a la boca. Después, bebo un trago de una copa que no es mía.
Espero.
Nada.
Y de pronto... algo cambia.
No es inmediato. Es sutil.
El cuerpo se afloja. El ruido baja. La tensión desaparece. La vergüenza... también. Respiro hondo.
Todo parece más fácil.
Más ligero. Más posible.
Camino hacia la puerta de la habitación en la que Víctor ha entrado.
Está cerrada.
Apoyo la mano en el pomo.
Siento un latido. No sé si es mi corazón... o la música.
Cierro los ojos un segundo.
Y dejo de pensar. Abro la puerta. Entro.
Y la cierro tras de mí.