Capítulo 37
P ablo ha llegado de su viaje escolar. Han estado una semana en la montaña con sus compañeros y sé que lo habrá pasado genial. No me ha escrito mucho estos días, pero al menos algún mensaje de buenas noches me ha llegado. Para mí, tal como estamos estos últimos meses, ya es mucho. Y lo agradezco.
Con Sergio acordamos ir a recogerlo juntos y pasar la tarde con él. Llegamos a la hora prevista, pero el autocar parece que va a retrasarse.
—¿Tomamos un café aquí mismo mientras llega? —me propone.
—De acuerdo.
Nos sentamos frente a frente. Es una extraña situación. Familiar. Cómoda. Y, al mismo tiempo, lejana.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Yo, bien —respondo casi de forma automática—. ¿Y tú?
Lo observo mientras habla. Lo noto bien. Mejor. Más en paz. Vuelve a ser el de siempre.
—Bien, la verdad. Estoy muy bien, Anna. Supongo que poco a poco.
—Supongo... —susurro, bajando la mirada hacia la taza.
—En serio, Anna —insiste—. ¿Estás bien?
Levanto la vista. Me sostiene la mirada. Siempre ha sabido mirarme así. Sin invadir. Sin exigir. Pero viendo.
—Sí. Lo estoy —miento—. Han sido unos días un poco... intensos —añado, suavizando—, pero todo ha vuelto a la normalidad.
«Normalidad».
La palabra me pesa en la boca.
—Estamos preparando un viaje a Londres —digo, cambiando de tema—. Víctor tiene unos clientes allí y vamos a ir unos días.
—¿Y tú qué haces exactamente para él?
—Pues... —dudo un segundo— hasta ahora no mucho. Las cuentas de Víctor son complejas y prefiere que las lleven sus gestores de Nueva York y Armenia. Yo me encargo más de la contabilidad de las exposiciones y ventas nacionales.
Asiente y da un sorbo a su cortado.
—Pero la verdad es que me ha salido un pequeño proyecto interesante. Un cliente, amigo de un amigo... ha montado una start-up y lo estoy ayudando con la contabilidad. Me está pagando bien y... —sonrío, casi sin darme cuenta— creo que está satisfecho con mi trabajo.
Sergio sonríe también. Y en su sonrisa no hay reproche. Solo orgullo.
—Eso es bueno, Anna. Siempre has trabajado mucho. Eres muy buena en lo que haces. —Esbozo una sonrisa—. Me alegro de que estés encontrando tu sitio.
Su frase me remueve por dentro, más de lo que podría admitir.
¿Mi sitio?
Miro la taza. El café ya está frío.
En ese momento, vemos llegar el autocar.
Nos levantamos casi a la vez.
Durante unos segundos caminamos juntos, en silencio. Como tantas veces. Como si nada hubiera pasado. Como si todo siguiera en su sitio.
Y, sin embargo, ya nada está donde estaba.
Pablo baja del autobús con la mochila colgando de un hombro y una sonrisa que no le había visto en meses.
—¡Mamá! ¡Papá!
Corremos hacia él.
Lo abrazo. Fuerte. Muy fuerte.
Huele a montaña, a ropa usada.
—¿Qué tal, cariño?
—¡Genial! Os tengo que contar un montón de cosas.
Sergio me mira por encima de su cabeza. Sonríe.
Y por un instante, solo por un instante, todo parece fácil.
—¿Vamos a por ese helado triple? —propone él.
—Con sirope de chocolate y caramelo —añade Pablo.
—Como siempre —respondo.
Caminamos los tres juntos.
Como si nada hubiera pasado.
Como si todavía fuéramos una familia.
Miro a Pablo y lo veo contento. Habla sin parar.
Nos cuenta la salida en bicicleta, la excursión en kayak, y de unos chicos madrileños que compartían casa de colonias con ellos.
Dice que se han hecho muy amigos, que han creado un grupo de WhatsApp y que ya están pensando en convencer a los padres para que este verano todos vayan de vacaciones juntos.
—Es una gran idea —dice Sergio, mirándolo con orgullo—. En serio.
—¿En serio, papá?
—En serio. Dime fechas y lugar, y haré lo que pueda.
Me mira y me guiña un ojo.
Sonrío.
Me hace feliz verlos felices. No irán —no iremos— a Japón. Este plan alternativo seguro que mitiga el enfado que tuvo Pablo al saber que cancelamos el viaje soñado.
Mi hijo saca el teléfono y empieza a enseñarnos fotos. Ríe. Nos explica cada imagen, cada momento, cada nombre. Lo abrazo y, por un segundo, parece que se deja abrazar. Sin apartarse. Sin tensarse.
Sin entregarse del todo.
Puede que me esté perdonando.
O puede que simplemente haya aprendido a vivir conmigo sin necesitarme tanto.
—¿Has visto a Verónica estos días? —pregunta de repente.
—No... —respondo—. La verdad es que hace tiempo que no la veo. Estamos distantes, pero... bueno, se nos pasará.
—No te lo preguntaba a ti, mamá —dice, alzando las cejas—. Se lo decía a papá.
Me quedo en silencio.
Mi corazón se acelera.
—¿Cómo? —atino a decir.
Miro a Sergio. Él baja la mirada un segundo. Luego vuelve a levantarla.
—Bueno... —empieza—. Estamos... conociéndonos.
—¿Estás saliendo con Verónica? ¿Con mi amiga Verónica?
Sonrío. Lo sé. Sé que estoy sonriendo demasiado. Y sé que él también lo nota.
—No diría tanto —responde con calma—. Solo estamos quedando algunas veces.
—Vamos, papá —interviene Pablo, divertido—. Si ha venido ya varias veces a cenar a casa.
—Pablo, por favor... —lo corta Sergio.
—No, no —digo, dándole a mi hijo un pequeño golpe cómplice en el hombro—. Cuenta, cuenta.
Pero no es complicidad. Es otra cosa.
Es defensa.
—Bueno... —retoma Sergio—. Es una mujer separada. Yo también. Y... nos hacemos bien.
—Se hacen muy bien, mamá —añade Pablo, mirándome directamente.
Ahí está.
No es solo entusiasmo.
Es posicionamiento.
Y lo entiendo.
Claro que lo entiendo.
Algo dentro de mí se encoge, pero no tengo derecho a decir nada. Ninguno.
Verónica.
Mi amiga.
Mi confidente durante años.
Mi refugio en tantos momentos.
Y ahora...
Ahora ocupa mi lugar.
O el lugar que yo dejé vacante.
Sonrío. Sostengo la escena como puedo.
—Me alegro —digo—. De verdad.
Y en parte es cierto.
En parte.
Los miro a los dos. Están bien. Se entienden. Se acompañan. Funcionan.
Y yo... yo siento dolor en el pecho.
Abrazo a Pablo otra vez. Más breve ahora.
—Venga, campeón. A casa. Dúchate, cena y descansa, que mañana tienes partido.
—Vale, mamá.
Me separo. Los observo un segundo más.
—Me voy —añado—. Nos vemos.
—¿No vienes con nosotros? —pregunta Sergio.
—No..., tengo cosas que hacer.
Mentira. No tengo nada. O sí. Pero prefiero irme.
Me doy la vuelta y sigo caminando. Quiero llegar a casa. Quiero cerrar la puerta. Quiero que Víctor me abrace. Como si en ese abrazo pudiera olvidar todo lo demás.