Capítulo 36
E l viernes amanece con un sol precioso que anuncia un verano que ya pide pista.
No son aún las nueve de la mañana. Ambos estamos en casa y, desde la cama, aún enredada entre las sábanas, huelo el café, los huevos revueltos y las tostadas francesas que Víctor lleva un rato preparando. Sin duda, los mejores desayunos son los suyos.
—Buenos días, mi amor —me dice al verme aparecer en la cocina.
—Buenos días —respondo en un casi gruñido de recién despierta—. Huele de maravilla —le digo.
—Cojamos fuerzas. —Me pasa una tostada y me sirve café.
—Sí..., cojamos fuerzas. —Le guiño un ojo. No sé a qué se refiere él, pero yo tengo claro que necesitamos reponer energía tras amarnos, mucho, toda la noche.
—Tengo una propuesta para ti.
—Dime —digo con un trozo de pan en la boca.
—Pasemos el día en Sitges. Paseemos por la playa, comamos en algún bonito restaurante y para las cinco estarás de regreso para recoger a tu hijo de su viaje. ¿Qué te parece?
Asiento, dejando que su propuesta se filtre entre los rayos de sol como un pequeño regalo. La idea de perdernos toda la mañana en un pueblecito a la orilla del mar me parece perfecta.
Tomamos el desayuno juntos, con las manos rozándose al pasarnos la mantequilla, con risas suaves y miradas cómplices.
Lidiar con su forma de entender la relación, mis miedos, sus creencias, las mías, no ha sido sencillo.
Decidir cruzar límites que jamás me había planteado no ha hecho más que tambalear mis cimientos.
¿Hasta qué punto salir de la zona de confort nos libera o nos arroja al abismo?
¿Cuándo hay que parar tras emprender el viaje de camino a ti? ¿Dónde está el límite?
Sitges es precioso. El tiempo de hoy es perfecto.
Paseamos de la mano; nos acaricia el aire y el sol del Mediterráneo. Compramos artesanía en unas paraditas a pie de playa y nos besamos, con el mar como testigo de nuestro amor. Así, tan sencillo: él y yo, sin más.
Sentados frente al mar, Víctor toma mi mano.
—Anna..., yo no me he enamorado nunca así. Nunca. Contigo soy feliz. De verdad. Estoy aprendiendo lo que es tener algo real... alguien que me espera, que amanece conmigo.
Sonrío, como una tonta.
—Pero no quiero renunciar a quien soy —continúa—. No me pidas que te prometa un amor tradicional... porque sé que no sabría dártelo. Y acabaría rompiéndonos. Abramos esto a nuestra manera. Sin reglas que no son nuestras. Quiero quererte..., pero a nuestro modo.
—Lo estoy intentando, Víctor —respondo—, te lo prometo.
Y sé que lo digo en serio. Porque amar no siempre es seguir un patrón marcado, a veces es salirse de los márgenes, desbordarse, romperse y reconstruirse, rediseñarse de la mano del otro.
Nos besamos. Cual adolescentes enamorados, mirándonos a los ojos. Sonriendo con dulzura.
Guardo este momento en mi retina, permitiendo que se cuele hasta mi corazón y me insufle paz.