Toda mi culpa no es Capítulo 35
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Capítulo 35

Q uedo con una compañera. Hace tiempo que no paso por la oficina y me apetece saber qué tal va todo.

Estoy de excedencia. No ha sido una baja voluntaria ni un despido.

En algún momento pienso volver, y no me gusta la idea de perder del todo la conexión.

Así que, cuando Marta me propone tomar un café, acepto encantada y acordamos vernos en un tranquilo bar de un centro comercial en el barrio de San Andrés.

Soy una mujer activa, independiente económicamente, y me gusta mi trabajo. Y, aunque este descanso, esta bajada de ritmo, es un bálsamo para mi alma, no quiero desvincularme del todo de la auditoría. Al fin y al cabo, ha sido mi fuente de ingresos estable por muchos años.

—¿Cómo van las cosas? —pregunto sonriente.

Me cuenta que todo sigue más o menos como siempre, con la diferencia de que mi rol lo ha asumido Sonia. Cuando me explica esto último, la noto seria, como si tuviera información por contar, pero no se atreviera.

—¿Qué te pasa? —le pregunto.

—Nada —insiste—, todo más o menos bien —añade.

—¿Más o menos? Vamos, ¿qué te pasa? —insisto divertida, esto huele a chisme bueno. Y me apetece todo escuchar un chisme que me evada de las últimas semanas de celos y miedos.

—Anna..., ¿tienes intención de volver?

—Sí, claro.

—Vale... —responde, tímida.

—¿Por qué lo preguntas? —cuestiono, alzando una ceja.

—Yo no sé mucho de estas cosas... —por fin lo suelta—, pero creo que, al no ser una excedencia por cuidado de un menor, si decides volver debería haber una plaza a la que regresar. Y, si no la hay, te pondrán en una lista de espera hasta que la haya.

Se me encoge el corazón. El estómago. La sangre parece detenerse.

Mi semblante cambia, por completo.

—¿Qué me estás diciendo?

—Sonia ha ocupado tu puesto y están muy contentos con ella.

Su dedicación es absoluta y, bueno, los clientes también parecen estar bastante satisfechos.

Le han dado tu zona de forma oficial: ya no consta como sustituta.

Han ampliado el territorio y ahora ella es la mánager de toda el área, la suya y la tuya, que ahora son una sola. Es decir... ya no existe tu puesto.

—Pero eso no puede ser legal —exclamo, aterrorizada.

—Por eso quería verte —añade, compungida.

No debe de ser fácil para ella darme esta información—.

Parece que sí, que es legal. Y que, aunque no pierdas tu trabajo, la empresa no tiene la obligación de devolvértelo hasta que exista un puesto nuevo.

Puedes estar en una lista de espera durante mucho mucho tiempo.

—Pero... pero ¿qué me estás diciendo? Eso es absurdo.

—Pienso igual que tú —continúa—, aunque supongo que es la letra pequeña que no leíste.

—Joder... joder.

Cambio una y otra vez mi postura en la silla, estoy alterada.

Me siento... me siento traicionada ahora mismo.

No por mi compañera —ella, al menos, ha quedado conmigo y me lo está contando—, sino por la empresa.

Les he dedicado muchos años de mi vida, mucho esfuerzo.

¿Cómo puede ser? ¿Cómo es posible que Sonia me haga esto?

¿Cómo permitimos, entre mujeres, hacernos tanto daño?

¿Cómo puede ser que, en lugar de tendernos puentes, nos pongamos la zancadilla?

Cuando consigo calmarme, o al menos aparentarlo, me coloco el pelo tras las orejas y sonrío.

—No pasa nada —digo—. Te agradezco mucho que me lo hayas contado y lo tendré en cuenta.

De verdad, no pasa nada. —Trato de sonar convincente, digna—.

Ayudo a Víctor con tareas de la galería, aquí en España, y, bueno, incluso hay algún cliente pequeño que me pide favores y no paga nada mal.

Así que, en el supuesto de que necesite volver por una cuestión económica y no haya sitio para mí, me apañaré como pueda.

—¿Estás segura? —me pregunta.

—¡Claro! —Sueno creíble. Ni siquiera dudo al decirlo.

Aunque miento.

Me levanto, como si todo estuviera en orden. La abrazo. Le digo que no se preocupe, que le agradezco infinitamente su lealtad. Que ha sido muy amable por contármelo.

Salgo del café con una sonrisa todavía pegada a la cara.

Dura apenas unos pasos.

Luego se rompe.

He quedado con Sergio y con Pablo en la tienda deportiva del centro comercial donde estoy.

Pablo se va de viaje con el colegio en unas semanas y necesita ropa y una bolsa.

Hemos pensado que lo mejor sería ir los dos y ayudarlo a elegir.

Siempre me he encargado yo de esas cosas y, mientras me deje, quiero seguir haciéndolo.

No quiero que me vean así.

Y mucho menos que Sergio pregunte. Que tenga que explicarle lo que ha pasado. Que intente darme lecciones.

Busco el neceser en el bolso y me maquillo como puedo, usando la pantalla del móvil a modo de espejo. Un poco de corrector, color en las mejillas, brillo en los labios. Me coloco el pelo.

Me observo un segundo.

Creo que he conseguido parecer una persona a la que no acaban de apartar de su propio lugar.

O, al menos, una que aún no se ha dado del todo por enterada.

El centro comercial está lleno. Demasiada luz, demasiado ruido, demasiada gente.

Los veo antes de que ellos me vean a mí.

Pablo está de espaldas, señalando unas zapatillas en un escaparate. Sergio está a su lado, ligeramente inclinado hacia él, escuchando con atención.

Y entonces Pablo ríe divertido. Despreocupado.

Sergio también sonríe.

Los observo.

Parecen... bien.

Me acerco.

—Hola —digo, forzando una naturalidad que no sé si logro sostener.

Pablo se gira.

—Mamá.

Se acerca y me da un beso rápido. Demasiado rápido.

—Mira —dice enseguida—, necesito una bolsa de deporte y unas zapatillas.

Sonrío y acaricio su mejilla.

—Pues vamos a verlas.

Sergio me saluda con un gesto suave de cabeza.

—Hola, Anna.

—Hola.

Lo miro apenas un segundo más de lo necesario.

Está bien.

Mejor que las últimas veces. La barba más cuidada, la camisa bien planchada. Lo noto... guapo.

Entramos en la tienda.

Pablo se mueve con soltura entre las estanterías, coge cosas, pregunta, compara. Sergio lo sigue, opina, bromea con él.

—Esa no —dice Sergio—. Esa te va a durar dos días.

—Que no, papá, que mola —responde Pablo, medio riendo.

—Te lo digo yo, que luego lloras.

—¡No lloro! —protesta, sonriendo.

Y se miran.

Cómplices.

Yo cojo una camiseta al azar. La doblo. La vuelvo a dejar.

—¿Y esta? —pregunto, intentando entrar.

Pablo la mira apenas un segundo.

—Bueno... sí, está bien.

Pero ya está mirando otra cosa.

Antes sabía exactamente qué le gustaba. Qué talla, qué corte, qué color iba a elegir sin dudar.

Ahora... no estoy tan segura.

Se prueban unas zapatillas.

—Anda un poco —dice Sergio.

Pablo da un par de pasos exagerados por la tienda y ambos se ríen.

Yo sonrío también.

Pagamos.

Bueno, paga Sergio.

Ni siquiera lo discutimos.

Salimos de la tienda con la bolsa colgando de su mano.

—Gracias —dice Pablo.

—De nada, campeón —responde su padre revolviéndole el pelo.

Nos detenemos un momento en mitad del pasillo.

—¿Te llevo a casa? —me pregunta Sergio.

—No, he venido en coche. He llegado antes, quedé con Marta, de la oficina.

Asiente.

Hay un silencio breve, incómodo.

Pablo se despide de mí con un beso breve.

Sergio, mientras, mira la pantalla de su teléfono.

Yo los observo a los dos.

Y lo entiendo: ellos ya funcionan. Se han organizado. Se han adaptado.

Y yo...

Yo ya no soy imprescindible en ese equilibrio.

—Te veo mañana, cariño —le digo a Pablo, inclinándome para darle otro beso.

—Sí —responde.

Se alejan.

Los miro caminar juntos unos segundos más.

Encajan.

Y duele.