Toda mi culpa no es Capítulo 34
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Capítulo 34

A unque el acuerdo inicial tras iniciar mi excedencia fue ayudarlo como contable en su trabajo, la práctica en mi día a día ha acabado resultando un tanto distinta.

He diversificado las tareas que puedo llevar a cabo para el negocio de Víctor y, aparte de contabilizar facturas y revisar recibos y libros de cuentas de las obras que comercializa en el país, contacto con galerías y paso a recoger encargos por la ya familiar galería de la calle París.

Vladimir ya no es tan amable conmigo como la primera vez, pero no nos llevamos mal. No... del todo.

Hoy, sin embargo, me ha fallado. Habíamos quedado por la tarde, aprovechando que están cerrados, para preparar juntos en Excel un inventario con todas las piezas que tenemos en el almacén.

Pero, al parecer, se le ha olvidado. Ha quedado con un «amigo» y me veo en mitad de la calle con toda la tarde por delante y sin planes.

Mi hijo está entrenando; si no, sin dudarlo iría a verlo y pasar un rato juntos, aunque casi no me hable. Y Víctor está en una reunión de la que imagino que no saldrá hasta altas horas.

Vuelvo a casa. Hace mal tiempo y no tengo ganas de andar por esta ciudad siempre atestada de turistas. Además, estoy de mal humor. Odio que me dejen plantada. Incluso, me atrevería a decir que ha sido a cosa hecha. Vladimir no siempre es una buena persona conmigo.

Da igual.

Es lo que hay.

Respiro hondo.

Recalculo ruta.

Repliego las ganas de trabajar y sigo andando, a paso ligero, bajo unos nubarrones que amenazan con descargar en cualquier momento.

Mientras camino hacia el ático, no puedo evitar pensar en cuánto ha cambiado todo desde aquella mañana en la que, en esta misma calle, compré unos cruasanes que terminaron por alterar el rumbo de mi vida.

Hoy no compro nada. Lloverá en breve y no quiero mojarme, así que acelero el paso.

Tengo algunas tareas pendientes de un cliente inesperado —un amigo de un amigo de Víctor— que me ha pedido el favor de poner al día las cuentas de su nueva start-up . Paga bien y, además, me gusta hacerlo. No me supone mucho esfuerzo y, de algún modo, me mantiene ocupada.

Estar de excedencia me ha regalado una libertad que no sabía cuánto necesitaba.

Me he desprendido de una presión constante que llevaba años acompañándome sin que apenas fuera consciente de ello.

Vivir con la sensación de no llegar a todo está tan normalizado que una acaba creyendo que es lo natural, que así debe ser...

sin cuestionarse si ese ritmo no es, en realidad, lo que nos termina desgastando.

Arrastraba mucha responsabilidad en mi puesto. Me fascinaba, sí, pero también me consumía casi en la misma proporción. Y no me di cuenta. No hasta ahora, que he bajado el ritmo.

Ahora duermo un poco más.

Camino más ligera.

Tengo tiempo para mi hijo. Para mi relación. Para mí.

Y, aun así, si soy sincera, agradezco la aparición de este cliente. Las tareas que me asigna Víctor son más propias de una administrativa que de alguien con mi experiencia, y no quiero que mis conocimientos se oxiden. Con este trabajo los mantengo vivos.

Al final me he mojado. A escasos metros del portal, la lluvia me atrapa. Odio que me pase esto porque se me ondula el pelo y hoy, precisamente hoy, lo llevaba liso. Bueno, ya no.

Abro la puerta y, aunque no debería de haber nadie, escucho voces. No son horas de que la señora que nos ayuda con la limpieza esté en casa, pero juraría que oigo voces.

—¿Hola? —digo, con la llave aún en la cerradura.

—Hola —me responde Víctor desde uno de los cuartos.

Entro, confusa, porque suponía que estaría toda la tarde reunido en el despacho del comprador.

Entonces la veo.

Es preciosa.

Joven.

Morena con ojos verde esmeralda y un corte de pelo a lo garçon .

Me mira.

Sonríe.

Se limpia la comisura de la boca con el dorso de la mano derecha y suelta un:

—Me voy. Nos vemos, Víctor.

Víctor sale detrás de ella, sin camisa y abrochándose el pantalón.

Yo me quedo en mitad del salón, con el bolso aún en la mano y completamente en shock .

La chica, la morena de pelo corto y pechos firmes, se marcha como quien sale de una tienda y se despide de la dependienta.

—Adiós, Berta —suelta Víctor como si nada pasara.

Ella cierra la puerta.

—¿«Adiós, Berta», Víctor? —grito al fin—. ¿Qué cojones significa esto?

—¿El qué?

—Víctor, ¿quién coño es esa tía? —pregunto muy alterada.

—Berta. Una amiga.

—¿Una amiga? —Mi respiración se agita. Suelto el bolso sobre la mesa y me acerco hasta él, que, apaciblemente, se ha sentado en el sofá—. Víctor, ¿te acabas de follar a esa tía?

—Sí.

Se me hiela el alma.

—¿Sí? ¿Cómo que sí?

—Anna, cálmate, por favor.

—¿Que me calme? ¿Que me calme? —estallo—. Joder, Víctor, te acabas de follar a una tía en nuestra cama y me lo confiesas tan tranquilo.

—Anna, haz el favor de dejar de comportarte como una niña.

—¿Qué cojones estás diciendo? —Me muevo nerviosa por todo el salón.

—Anna, ven. Siéntate. Por favor.

Obedezco, presa de un estado en el que no soy yo.

—Anna, solo es sexo. Nada más. Pura diversión. Yo soy tuyo, somos una pareja, pero yo jamás te he prometido exclusividad sexual, jamás te he concedido solo a ti el placer de mi cuerpo.

—¿Qué cojones estás diciendo?

—Anna... —repite condescendiente.

—Yo no he dejado a mi hijo, a mi marido y mi vida por «diversión», Víctor.

No puedo respirar. Lo miro atónita. Me falta el aire. Mi pulso se acelera y siento que las paredes se mueven, como si quisieran aplastarme. Me levanto, cojo el bolso y, con la chaqueta aún puesta, abro la puerta y salgo a toda prisa y no sé ni cómo llego hasta el portal.

Llueve. Se me empapa el pelo, la ropa, los zapatos. Llueve a cántaros y, en mitad de una Barcelona atestada de gente que corre buscando refugio, estallo en llanto y grito. Grito como no he gritado nunca en toda mi vida. Grito porque me acaban de romper el alma y la culpa es mía. Toda mía.

Echo a andar bajo los truenos, sin rumbo. Subo por la calle principal y lloro. Lloro hasta vaciarme por completo. No sé a dónde voy, no sé adónde ir. No quiero llamar a nadie. No quiero que nadie me dé putas lecciones de moral.

Sigo andando, sigo sin rumbo, sigo llorando, pero al menos ya no me ahogo.

—¡Anna! ¡Anna!

Oigo mi nombre. Alguien grita mi nombre.

Me doy la vuelta. Es Víctor. Se ha puesto cualquier cosa y me ha seguido hasta alcanzarme. Repite mi nombre bajo la lluvia.

—Anna, por favor, vuelve. Hablemos, mi amor.

—¡Te has acostado con otra! —grito, aun sabiendo que estoy en el centro de una de las mayores ciudades del mundo y que cualquiera podría tomarme por loca. No me importa.

—Anna, te amo. Solo a ti. Ven, hablemos.

—No quiero hablar. Me has roto el alma. Estoy... estoy, no sé ni cómo estoy, ¡joder!

Rompo en llanto. Otra vez. Sigue lloviendo y los truenos iluminan la tarde.

No se mueve. No quiere invadir mi espacio. Me sabe herida como a un animal y quiere que sea yo quien tome la decisión de acercarme. Eso me gusta. Me da seguridad. Control.

—¿Por qué, Víctor, por qué? —susurro.

—Porque no significa nada. Solo placer. Solo diversión —añade—. Pero a quien amo, con quien comparto mi vida, es contigo, mi amor. Anna, yo te quiero.

Es la primera vez que me lo dice. Así. Así de claro.

Dejo de llorar y abro mucho los ojos. Tengo el pelo pegado por toda la cara y aún sollozo.

—¿Me quieres?

—Te quiero, Anna. Vuelve. Hablemos, por favor.

—¿Tú sabes lo que he hecho por estar aquí? ¿Tú sabes a quién he roto por venir contigo?

—Lo sé, Anna.

—No me digas ahora que me quieres. No uses eso para tapar esto.

—Lo que yo siento contigo no lo he sentido con nadie. Pero no sé prometerte una forma de amar que no sé sostener.

Tardo unos segundos en reaccionar hasta que me acerco a él y, ya entre sus brazos, vuelvo a llorar y a llorar. Rota. Confusa. Demasiado enamorada. Me envuelve con fuerza y, con toda la rabia que contengo en mis puños, golpeo su pecho, duro y musculado.

—Vamos, nena, vamos a casa. Shhh... Te quiero, Anna. Lo siento. Lo siento mucho, mi amor.

Sigo en shock . Bloqueada. Devastada.

Una vez en casa, todavía empapada, espero una explicación.

—No me diste a elegir. Me dejaste enamorarme de ti sin decirme que jugábamos a cosas distintas.

—No te enamoraste solo de mí. Te enamoraste de la versión de ti misma que aparecía cuando estabas conmigo.

Sus palabras me desmontan. Porque hay una verdad en esa afirmación que no quiero admitir.

Añade que para él el sexo es ocio y que así debería ser para todos. Una cosa es la fidelidad emocional, la honestidad; otra, muy distinta, el placer físico.

No sé qué pensar. Ahora no puedo pensar.

Me invita a abrir la mente, a ser como él y, si yo lo deseo, a tener también placer fuera de la pareja.

—O incluso mejor —añade—: tengamos placer con otros, pero juntos.

Lo miro, confusa. ¿A qué se refiere?

—¿Qué mierda estás diciendo? —atino a preguntar todavía molesta. Dolida.

—Que follemos con otros, juntos, Anna. Que te traigas a un amigo, a una amiga, lo que quieras, y aprendas a disfrutar del sexo como tal: como diversión y placer en estado puro, sin sentimientos, sin ataduras, sin dogmas que te llenan la cabeza de limitaciones absurdas.

—Necesito una ducha.

Es todo lo que puedo responder. Tengo frío y no puedo pensar. Y mucho menos aceptar semejante aberración.

Bajo el agua caliente, mi abrazo salvador en los últimos tiempos, mi corazón empieza a calmarse. ¿Sexo con otros? Yo no quiero sexo con otros. No concibo el sexo sin amor, sin al menos un vínculo emocional. O eso creo.

Víctor entra en el cuarto de baño. Está desnudo.

—¿Me dejas entrar?

Sonrío.

No sé por qué, pero sonrío.

—No voy a dejar que me toques.

—De acuerdo —responde, con un gesto amable.

—No me toques. Si me tocas ahora voy a perdonarte algo que todavía no entiendo.

Entra en la ducha. Se humedece el cuerpo, se unta las manos en jabón.

Me lava el pelo.

—Te he dicho que no me toques —reprocho, pero tampoco me aparto.

—Déjame lavarte el pelo... —susurra.

Se acerca más. Me enjabona la cabeza. Siento su cuerpo, y su miembro, erecto, roza mi espalda.

—Anna... —susurra—. Ningún placer como el tuyo.

Me giro.

Le doy un bofetón.

—Me has roto el corazón hoy y eso no se le hace a la gente a la que quieres.

Me besa.

Lo deseo.

Lo odio.

Lo necesito.

Rodeo su cuerpo con mis piernas.

Me saca de la ducha.

Caemos en la cama.

Mojados.

Resbalando.

Perdidos.

Mi enfado es proporcional a mi deseo.

Hacemos el amor. No. Más bien tenemos un sexo salvaje en el que él permite que yo tenga todo el control.

Y cuando todo termina, cuando el cuerpo se rinde... me quedo en silencio.

Mirando al techo.

Sin saber en qué creo.

Sin saber quién soy.