Toda mi culpa no es Capítulo 33
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Capítulo 33

Narine abraza a su hijo, verdaderamente emocionada y agradecida.

Desde que la abuela, la tatik María, los dejó, se ha sentido sumida en una tristeza espesa.

La incertidumbre de cómo salir adelante, Sona en París, Víctor arriba y abajo del mundo con el arte a cuestas...

todo eso, sumado a las deudas, llevaba meses ahogándola.

Pero Víctor, su querido Víctor, el único y verdadero hombre de la casa, como ella lo llama a veces, ha tenido suerte.

Aunque Narine sabe que no ha sido solo suerte.

Sabe que su hijo ha trabajado mucho y que cada moneda se la ha ganado.

También sabe, aunque prefiera mirar hacia otro lado, que ha seguido los pasos del pequeño negocio de la abuela.

Lo ha internacionalizado, lo ha hecho grande, lo ha multiplicado de una forma tan desmesurada que hoy ha firmado la compra de tres casas contiguas que serán el nuevo hogar para ella y para sus hermanas, las tías de sus hijos.

También ha pagado las obras que cerrarán y acristalarán un porche compartido que, junto con el jardín, será el centro de reunión de la familia, haga frío o calor, para que las tres hermanas puedan dedicarse a compartir, a vivir, a ser felices, a cuidar de sus nietos y a seguir siendo siempre el lugar seguro al que volver.

Narine sabe que su hijo vive del arte que vende. Arte, en su mayoría, etiquetado y oficial, que acaba en galerías o museos. Y arte un poco más exclusivo y de dudosa procedencia que, paradójicamente, es el que más riqueza ha traído a la familia.

Desde que se fue a España a estudiar, hacía ya muchos años, financiado por un padre ausente que no estuvo entonces ni ha seguido estando después, Víctor había ido aprendiendo a sobrevivir sin esperar nada de nadie.

—No me gusta que esté aquí —escuchaba susurrar una y otra vez a Josefa, la esposa de su padre—. Me da miedo. Un tío tan mayor y de tan lejos... además, ya sabes lo que dicen de los rusos, todos son mafiosos.

Víctor no era más que un muchacho noble, sin otra pretensión que estudiar lo que amaba y ganarse la vida. El empujón que necesitaba en la Armenia de sus años de estudiante no era posible, así que confió en las letras escuetas de las cartas de su padre.

Juan lo ayudó. Le dio dinero, le pagó el máster y le dio techo y cama. Bueno, sofá.

—No vamos a comprar una cama para tu hijo, Juan. Es mucho gasto —repetía la mujer.

Una mañana, estando solos en casa, padre e hijo, Juan se le acercó con el semblante triste.

—Víctor, esto no funciona, hijo.

—Lo sé. Quieres que me vaya. Y lo entiendo.

—No, no quiero que te vayas, pero mi mujer y mis hijos...

—Yo también soy tu hijo —lo interrumpió Víctor.

—Lo sé, pero tú ya eres mayor y no me necesitas.

Víctor apretó la mandíbula y respiró hondo para no llorar.

—Toma. —Juan le tendió un sobre—. Es dinero que he ido ahorrando estos meses. Es para ti, para que te busques un lugar donde vivir y emprendas tu camino. Aquí no puedes seguir. Si no, tendré problemas con mi esposa, y no quiero.

Víctor aceptó el dinero. No tenía más opciones, y volver sin terminar los estudios no quería ni contemplarlo.

Miró a su padre a los ojos y quiso, quiso de verdad, preguntarle por qué.

«¿Por qué dejaste a mamá? ¿Por qué fuiste tan cobarde y nos abandonaste a los tres?

¿No era Sona la niña de tus ojos? ¿Sabes que vive en París?

¿Sabes que es feliz? ¿Sabes que eres abuelo?

No, no sabes nada, porque te damos igual.

Porque nos has dejado solos. Pero no importa.

Hemos salido adelante sin ti y yo he cuidado de todas, y pienso seguir haciéndolo, porque María, mi abuela, me enseñó a ser fuerte.

Mi abuela, no tú. Porque ella, como mi madre y mis hermanas, ha sido más padre de lo que tú nunca serás».

Apretó los puños. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero no las dijo. Las calló y se las llevó con su maleta y el dinero del sobre.

Consiguió varios trabajos compatibles con los estudios.

Al finalizar el máster se mudó a Barcelona.

No quiso seguir viviendo tan cerca de su padre.

Su físico y el hecho de hablar varios idiomas le abrieron puertas en el mundo de la noche.

Fue relaciones públicas en hoteles, camarero en discotecas de cierto nivel, profesor particular de alumnos universitarios. No le faltó el dinero nunca.

Astuto, diplomático, muy inteligente y aún más encantador, fue abriéndose camino, poco a poco, en una Barcelona que satisfacía con creces su amor por el arte.

Contactó con viejos amigos de su abuela, y con los hijos y nietos de estos, e importó algunas reliquias que tuvieron buena acogida, como piezas decorativas en casas y empresas de clientes VIP de algunas de las discotecas donde trabajaba.

Poco a poco, su pequeño negocio creció y, con el paso de los años y de muchísimos contactos, se convirtió en un respetado marchante de arte con presencia en tres continentes.

—Hijo, estás muy delgado.

—Mamá, siempre me dices lo mismo. Nunca estoy lo suficientemente gordo para tus ojos —responde, abrazándola y besándola.

—Mamá, déjalo en paz —añade Sona, que ha viajado desde París para el evento de entrega de las llaves de las casas—. Está perfecto. Y más guapo que nunca.

—No lo pienso dejar. Es mi hijo, mi pequeño, y siempre lo será.

—Mamá, estoy bien, te lo prometo.

—Mamá, está estupendo. Lo que ocurre es que las mujeres lo tienen consumido.

Narine lo mira con el ceño fruncido.

—¿Mujeres? ¿Qué mujeres, Víctor? ¿Tienes novia?

—Novias, en plural, mamá —grita Sona, alejándose.

—Cállate, cotilla —le devuelve él en tono de broma.

—¿Tienes novia, hijo?

—No, mamá, no tengo novia. Tengo amigas; algunas, muy amigas; y otras, menos, pero nada más.

—Bueno, como tú digas. Te quiero mucho, hijo. Estoy muy orgullosa de ti, de todo lo que has conseguido.

—Lo sé, mamá. —Vuelve a besarlo en la cabeza y a achucharlo con cariño.

Narine lo toma del brazo y lo aparta un poco de donde están todos. No quiere que nadie más la oiga, ni siquiera sus hermanas.

—Quiero que tengas cuidado. Yo no quiero meterme en tus negocios, pero mi madre no siempre andaba con buenas compañías.

Y aunque siempre nos ayudó mucho, y ella era feliz con sus secretos, no dejaba de ser una anciana a la que muchos tomaban por loca.

Tú eres un hombre joven, apuesto y muy inteligente. Ándate con ojo.

—Mamá, como bien dices, soy inteligente. No debes sufrir por mí.

Tenía razón. Su agudeza, su inteligencia y su capacidad para leer a los demás lo libraron del posible peligro que en alguna ocasión entrañaban sus hazañas, no siempre limpias, no siempre legales, pero en todos los casos muy fructíferas.

Armenia era su lugar seguro. Barcelona, su hogar.

Con el tiempo se compró un ático en el centro, y una pequeña galería regentada por un joven ruso llamado Vladimir, perdidamente enamorado de Víctor, se convirtió en su base de obras en España. Era algo así como su almacén, su punto de encuentro y su anclaje con el arte a este lado del mundo.