Capítulo 32
H oy Pablo no ha querido que nos veamos.
Me explica que esta tarde tiene que estudiar y que ha quedado con su amigo Enric.
Ya es la tercera vez que me da plantón y empiezo a estar un poco harta de que mi hijo no quiera pasar las tardes conmigo, teniendo en cuenta que ya no duermo en la misma casa que él y que los fines de semana tampoco los pasamos juntos: o tiene partidos y prefiere que vaya su padre, o ha organizado quedadas con sus amigos o soy yo la que está de viaje con Víctor.
Hace un mes que le presenté a mi jefe mi propuesta de excedencia y, la verdad, no esperaba una respuesta tan rápida.
Una siempre sabe que es reemplazable, pero después de tantos años en la misma compañía creí que, como mínimo, insistirían en que me lo pensara.
Sonia se ha hecho con mis tareas y, bueno, en este mes he mantenido contacto con alguna compañera que me cuenta que no está siendo demasiado fácil tratar con ella.
Aun así, cuenta con todo el beneplácito del jefe, así que no tienen mucho que hacer al respecto.
Ha tomado las riendas del que hasta ahora había sido mi puesto.
No me importa. He decidido descansar y desconectar del trabajo durante un tiempo para enfocarme en mi relación con Víctor y en mi hijo.
Le he pedido los libros de cuentas para poder organizarle los números.
Aún los espero porque, al parecer, se los lleva una gestoría en Nueva York y, bueno, son balances de tres países distintos, con ingresos de muchas procedencias, y no es fácil recopilar toda esa información.
Aun así, ya he empezado a crear una contabilidad en un sistema sencillo, como un Excel, y sé que pronto podré ayudarle.
Hemos estado de viaje solo un par de días, esta vez en Francia.
Ha sido un ir y venir; me he limitado a acompañarlo y a asistir a una cena con quien parece ser un importante cliente, residente en París, aunque finalmente nos hemos reunido en su casa de la campiña francesa.
Es primavera y quería mostrarnos sus plantaciones de lavanda.
Las cosas con Víctor vuelven a ir bien. Después del incidente de su viaje a Madrid he estado bastante rara, aunque, así y todo, he apostado por nosotros y he pedido la excedencia.
Egoístamente sé que no es solo por él, también es por mí, pero en cualquier caso ahora dependo económicamente de los ingresos que él me proporciona en base a mi trabajo, y no dejo de sentir cierto recelo.
Nunca he dependido de nadie desde que me independicé, hace ya muchos años.
Hoy he quedado con Sergio. Creo que es importante que mantengamos la relación por nuestro hijo.
Él ha sido muy reticente a vernos, pero sé que es necesario.
Tenemos un adolescente en común y últimamente lo noto demasiado distante de mí.
Y yo sigo siendo su madre, a pesar de que haya tomado decisiones que a él no le parezcan correctas.
En breve empezará el último trimestre del curso y quiero estar segura de que las notas no se están torciendo más de lo debido.
Hemos quedado en una zona neutral, en Sant Cugat, en un bar. No quiero estar en casa con él. Sé que no le gusta y no quiero hacerlo sentir peor. Llego antes y me pido una copa de vino.
Lo veo llegar. Noto sus ojos tristes, esos preciosos ojos azul claro que tanto me enamoraron la tarde en que nos conocimos.
Luce barba de varios días, impropio en él, y no me gusta lo descuidado que le veo el pelo.
Está visiblemente desmejorado y, en cierto modo, supongo que es normal.
Su mujer, la que él amaba, lo ha dejado.
Se sienta frente a mí. No nos tocamos.
—Pablo está bien —dice casi de inmediato, como si viniera preparado.
Lo miro, pero no respondo.
—Es un buen chico. Solo... está enfadado.
—¿Conmigo? —pregunto, aunque sé la respuesta.
Sergio sostiene mi mirada un segundo de más.
—Cree que lo has dejado.
El vino sabe más ácido de lo normal.
—No lo he dejado —digo—. Estoy intentando estar más presente que nunca.
—Te has ido de casa.
—He pedido una excedencia por él, entre otras cosas.
Sergio deja escapar una pequeña risa sin humor.
—¿De verdad crees que eso compensa?
Me tenso.
—No me juzgues. No es tan simple.
—No te juzgo. Solo digo que lo has dejado todo por alguien al que apenas conocías.
Ahí sí. Ahí duele.
—No es así.
—Has dejado tu trabajo, tu casa, tu vida...
—Mi vida es mía —lo interrumpo, más brusca de lo que esperaba.
Silencio.
Él baja la mirada. Yo también.
—No soy nadie para opinar —dice finalmente—. Ya no.
Y en esa frase hay más que resignación. Hay distancia real.
—Pero has luchado tanto por tu puesto de trabajo que pedirte ahora una excedencia y dejarlo me parece una insensatez, Anna.
—Exacto. No lo eres. No eres ya nadie para opinar sobre mi vida y mis decisiones.
En cuanto lo digo, noto cómo algo se rompe. No en él. En mí.
Nunca le había hablado así.
Me duele más a mí que a él mi respuesta, pero no quiero oírla. No quiero que me diga que me estoy equivocando.
No quiero que nadie me diga que me estoy equivocando.
Porque sí, puede que no actúe siempre bien, pero cada uno de mis errores forma parte de este nuevo camino que estoy construyendo hacia mí misma, hacia una versión de mí que, a ratos, dudo si estoy encontrando o perdiendo aún más...
Salgo de nuestro encuentro tan preocupada o más de lo que he llegado. Ya no solo noto distante a mi hijo, sino que veo con claridad el muro tras el que se esconde, custodiado por su padre.
Llamo a Verónica. Necesito hablar con ella un rato y... no está. No me coge el teléfono. Otra vez. Mi mejor amiga, mi supuesta mejor amiga, lleva varias semanas esquivándome. No responde a mis llamadas y contesta a mis mensajes con un simple emoticono.
No pasa nada. Todo se está recalculando, todo se está recolocando. Supongo que debo darle tiempo al tiempo.
Opto por llamar a otra amiga. No será Laura, porque sé que está ajetreada con la mudanza a su nueva casa. Así que llamo a Mercedes.
Sí. Mercedes.
La mujer enigmática y diferente que conocí la noche del cóctel en la galería. Resulta que conoce a Víctor, y fue él quien nos presentó una tarde que salimos a tomar unas copas.
Mercedes es fabulosa. Es profesora universitaria, da clases de Historia del Arte y es un pozo de sabiduría del que es imposible cansarse. Tengo la suerte de que hoy ya ha terminado sus clases y tiene un rato para mí.
Como aún estoy en Sant Cugat y ella, aunque trabaja principalmente en Barcelona, esta tarde da clase en Bellaterra, quedamos en un punto intermedio.
Tomamos un café y charlamos.
Y tengo la sensación de que, por primera vez en muchos días, alguien me sostiene. No rompo a llorar por vergüenza, pero me duele tanto la distancia con mi hijo que hablar con alguien que no me juzga, que no me culpa, me reconforta profundamente. Lo necesitaba más de lo que soy capaz de reconocer.
Aún no lo tengo claro, pero presiento que Mercedes será alguien importante en mi vida. Una de esas amigas que llegan en la madurez, cuando ya no eres quien eras y necesitas que te quieran en tu nueva versión, sin reclamar constantemente la que un día fuiste.
Lo que me parece un rato breve acaban siendo casi tres horas. Miro el reloj y me doy cuenta de que es hora de volver a casa. Tengo un buen trayecto en coche hasta el centro de Barcelona. Abrazo fuerte a Mercedes y le doy las gracias.
—Gracias por tu tiempo, Mercedes. Por escucharme... y por hablarme tanto de arte. Me ayuda a entender un poco más el mundo de Víctor.
—Víctor no es un mundo fácil de comprender —responde serena.
—Lo sé —le digo—, pero estoy dispuesta a conquistarlo día a día.
—Ve con cuidado —añade—. Es un buen hombre, pero, como todos los hombres con mucho mundo, tiene aristas.
La miro con los ojos entornados, como si no entendiera a qué se refiere... o tal vez sí, y simplemente no quiero hablar de ello.
—¿Va todo bien entre vosotros? —me pregunta.
—Va todo muy bien. Víctor llena todo mi mundo y soy muy feliz a su lado.
—Me alegro —responde. Me aprieta los hombros y me da un beso en la mejilla—. Cuídate, bonita. Ahora ya estamos en contacto. Ahora ya somos amigas.
Me sonríe con esos labios teñidos de un rojo intenso, tan vivo como su pelo, lleno de rizos naturales que le dan un aire bohemio maravilloso.
Vuelvo a casa y Víctor aún no ha llegado. Preparo algo de cena porque dudo que hoy salgamos; es demasiado tarde. Como sigue sin regresar, decido meterme en la cama y esperarlo allí. No le escribo. No molesto. No quiero más enfados.
Es la una cuando lo oigo entrar y meterse en la cama. Está desnudo. Se acerca a mí, me acaricia la espalda y me busca.
Y, por supuesto, me encuentra.