Capítulo 31
S on las cuatro de la tarde de un sábado.
Aún no he sabido nada de Víctor y empiezo a estar realmente asustada. Lo he llamado varias veces. Le he escrito en numerosas ocasiones.
Nada.
El silencio pesa y me consume.
Cuando estoy a punto de llamar a la policía, la puerta del ático se abre.
Víctor.
Dios mío.
Me abalanzo sobre él.
—Eh, nena, nena... —Me abraza—. ¿Qué pasa?
Suelta la bolsa en el suelo y emite un leve gruñido al agacharse.
—¿Dónde estabas? Estaba preocupada.
—¿Cómo que dónde estaba? —responde, seco.
—¡Te he llamado mil veces! —le reprocho.
—Joder, Anna, estaba trabajando, ya lo sabes. —Me aparta—. No me controles. No me gusta que me controlen.
—No te estoy controlando, solo estaba preocupada. —Elevo la voz, dolida.
—Anna —insiste, señalándome con el dedo—, no me controles. Soy mayorcito. Y no me gusta que nadie me vigile. ¿Entiendes?
Se mete en la habitación y da un portazo.
El golpe retumba más de lo que debería.
Me quedo quieta.
No pretendía controlarlo. Solo estaba preocupada.
Camino hasta la puerta.
Ha echado el pestillo.
—¿Víctor? ¿Víctor, qué ocurre?
El sonido de la ducha responde por él.
Me quedo unos segundos ahí, sin saber qué hacer. Perpleja. Con la respiración agitada por lo que acaba de ocurrir sin darme apenas cuenta.
Después vuelvo al salón. Me siento. Dejo que el tiempo pase.
Sin pensar demasiado. Sin entender nada.
Sin querer entenderlo.
Intento calmarme. Miro el hervidor de agua y valoro hacerme una infusión.
Descarto la idea.
Mis ojos se detienen en las copas de vino.
Mejor.
Abro un blanco seco y me sirvo una copa. Beber vino se está convirtiendo en rutina. No sé qué debería pensar al respecto. Pero no es ahora el momento de debatir conmigo misma si bebo demasiado o no.
Me siento a esperar que salga de la ducha y enciendo el televisor.
Creo que me quedo adormilada.
Triste. Confusa. Pensativa.
Han pasado tres horas.
Tres horas en las que no me ha buscado.
En las que no ha dicho nada.
Sigue sin salir. El pestillo continúa echado.
Tal vez —me convenzo— se ha dormido y ni siquiera ha caído en que la puerta sigue bloqueada.
Durante todo este tiempo me siento... sola. Extrañamente sola. Empiezo a tener miedo. Y no sé muy bien de qué. Necesito un abrazo. Ahora sé que está bien. Sé que no ha sufrido un accidente ni está tirado en una cuneta. Pero su reacción no ha calmado la inquietud.
La ha agrandado.
Su actitud ha multiplicado mi miedo y eso me descoloca.
Me meto en la ducha, en el otro baño. El agua caliente cae sobre mi piel. Cierro los ojos. Es lo más parecido a un abrazo que consigo encontrar.
No llamo a mis amigas. No quiero escuchar un «te lo dije», aunque sé que lo están pensando desde que Víctor entró en mi vida.
Mucho menos a mis padres. Después de mi ruptura, apenas me hablan si no es para preguntar por Pablo. Y ahora que tiene móvil, lo llaman a él.
No a mí.
El tiempo avanza lentamente y, aun con el vino y la ducha, el pecho me duele.
Me sirvo otra copa y vuelvo al sofá, envuelta en el albornoz.
Hasta que, por fin, oigo la puerta.
Víctor sale.
Se acerca.
Se arrodilla.
Me abraza.
Me besa.
—Perdóname —dice en voz baja—. Lo siento.
Su tono es otro.
Me quedo quieta, inmóvil en el sofá. Tengo en una mano la copa. Y en la otra, la cabeza de Víctor, que yace posada en mis rodillas suplicando que lo disculpe.
Me explica que no ha cerrado un trato en Madrid. Que nada ha salido como esperaba. Que ha sido un mal día. Un mal viaje.
Que yo no tengo la culpa.
Le digo —le insisto— que no desconfío de él. Que yo no quiero controlarlo.
Que solo tenía miedo.
Nunca habíamos estado incomunicados tanto tiempo.
Estaba lejos.
Y me preocupé.
Asiente.
Me vuelve a besar.
—Vamos a cenar —propone—. Te invito.
Acepto.
Vamos a un pequeño y exclusivo restaurante del centro. Ya somos habituales. Conocemos al dueño y el maître nos reserva siempre la mejor mesa y permite dejar el Aston Martin en su aparcamiento privado.
Me gusta salir.
Me gusta esta vida.
Pero, mientras me arreglo, lo tengo claro: hoy me habría quedado en casa. Diluyendo la sensación de mal cuerpo que aún tengo tras la discusión.
También sé que echo de menos lo sencillo. Pijama. Cena ligera. Silencio. Hogar.
Nos sentamos.
La conversación fluye.
Me relajo.
Vuelvo a reconocerlo. A reconocernos. Quizá solo ha sido eso.
Un mal día.
Un mal viaje.
Pero sigo tensa.
Con una sombra de desamparo pegada a la piel.
Lo observo.
Sus ojos oscuros. Enigmáticos. El pelo recogido en una cola baja y una americana negra que le cae perfecta.
Siento que hemos estabilizado el ánimo —el propio y el común—, pero aún me duele el pecho.
Ando pensando en lo perplejo e intenso de este amor cuando, justo antes de servir el postre, suelta una bomba que no veo venir.
—Deja el trabajo y vente conmigo.
Lo miro.
—¿Cómo?
—Deja tu trabajo y vente conmigo —repite, tranquilo.
—¿Cómo que deje mi trabajo?
—Trabaja para mí. Ayúdame con los números. Tráeme suerte con los clientes. Como en Nueva York.
—Pero esto no es Nueva York. Es Barcelona. Y yo tengo una carrera —respondo, confusa.
—No te pido que la dejes —dice—. Puedes trabajar conmigo. Viajaríamos juntos. Siempre sabríamos dónde estamos.
«Siempre».
La palabra se ancla en el centro de mi corazón.
Y me gusta su fuerza.
No respondo enseguida.
—Déjame pensarlo —digo al final.
Asiente.
Seguimos con el postre.
La conversación cambia y ahora gira en torno a los próximos premios de cine.
Hablamos de actores que consideramos que lo merecen y de otros que, simplemente, no. Discrepamos en la mejor película y mejor dirección.
Mi cuerpo, mi voz, siguen aquí, en el tema en cuestión que ahora ocupa la velada. Pero mi cabeza, mi cabeza se ha instalado en su propuesta.
La idea no me disgusta.
La idea de no trabajar. No tener preocupaciones económicas.
Tener tiempo.
Para mí. Para Pablo. Para él.
Muchas veces fantaseé con tomarme un año sabático. Pedir una excedencia. Parar. Pero nunca pude hacerlo. Con el sueldo de Sergio no llegábamos. Era inviable.
Y eso... también me pesa.
Desconozco cómo se está apañando ahora.
Imagino que sus padres lo ayudan. Mantener la casa no es fácil. Yo le paso dinero. Es lo justo. Pero no alcanza.
Si doy este paso, tendré que hablarlo con Víctor.
Tendré que tener mi propio dinero. Para Pablo. Para su vida.
Pero no hoy. Hoy no es el día de abordar algo tan serio. Creo que ya hemos tenido bastante agitación emocional.
Primero quiero dormir. Asimilar. Consultar con la almohada.
Luego, tomar una decisión con la cabeza fría.
Aunque una parte de mí sabe que el corazón la ha tomado hace rato.