Toda mi culpa no es Capítulo 30
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Capítulo 30

D espertar a su lado cada mañana. Hacer el amor cada noche.

Cenar entre semana en remotos restaurantes, exclusivos, casi mágicos, en rinconcitos de una Barcelona que estoy descubriendo de su mano.

Recibir mensajes subidos de tono —muy subidos de tono— en mitad de mi jornada laboral.

Desear verlo al regresar a casa. Tener un servicio de limpieza que me libra de cualquier tarea.

Sentirme viva cada segundo del día.

Así es mi nueva realidad y, salvo porque la culpa por no estar con mi hijo todo lo que quisiera me invade, me atrevería a decir que soy feliz.

Muy feliz.

—Estás muy guapa —dice mi amiga Verónica.

Hemos quedado. Hacía demasiados días que no nos veíamos y una reunión de mujeres se tornó imperativa.

—Gracias —le respondo, aunque su piropo ha sonado más a reproche—. Tú también estás muy guapa, Verónica.

—Vamos, no me jodas, Anna. Yo estoy como siempre. Y desde luego hoy no vamos a hablar de mí.

Laura asiente.

—Bueno, bueno..., pero esto es una encerrona en toda regla —suelto en una carcajada.

—Por las encerronas —dice Laura, levantando su cerveza.

Verónica y yo repetimos entre risas:

—¡Por las encerronas!

—¡Venga!, os cuento —añado—. Víctor está de viaje. Se ha ido a Madrid hoy y vuelve mañana. Así que esta noche dormiré. Con eso os lo digo todo —largo en un tono burlón y divertido.

—¡Serás perra! —grita Laura—. Con razón estás tan guapa. Y con razón ese cutis.

Niego con la cabeza. No tiene remedio esta mujer.

—Quiero saberlo todo. Ahora vivís juntos, pero... ¿cuándo piensas presentárnoslo?

—Sí —añade Verónica— ¿y a qué se dedica para tener ese ático en el centro de la ciudad, viajar tanto y hacerte regalos tan caros?

Dice esto levantando mi mano y mostrando la pulsera nueva que llevo en la muñeca. Un regalo precioso de bienvenida que me hizo Víctor cuando salimos a cenar por primera vez tras mudarme a su casa.

—Es comerciante de arte —digo— y se codea con clientes de alto estatus social. Me compra regalos preciosos porque me mima mucho. —Les guiño un ojo a ambas—. Y os lo presentaré pronto. He querido ser prudente, por Sergio y por Pablo, sobre todo por él.

—¿Cómo está el niño?

Bajo la mirada.

Laura ha preguntado por lo que más me duele.

—Se va adaptando —respondo—. Sergio se escapa a casa de sus padres alguna noche y dos fines de semana al mes y yo me quedo con Pablo. Todas las tardes lo recojo del colegio, merendamos juntos y lo llevo a casa. Me quedo con él hasta que llega Sergio de las consultas externas. Ahora trabaja más...

—Para que no se le caiga la casa encima —añade Verónica, una vez más con cierto tono de reproche.

—Supongo... —susurro.

—Bueno, basta ya de ponerte triste —me rescata Laura—. Cuéntanos qué más te ha comprado, cómo huele, qué es eso de que es medio armenio... Vamos, todo, TODO lo que no nos has contado en todo este tiempo, malvada.

Nos reímos.

Laura siempre siempre consigue sacarme una sonrisa.

Doy un trago más a mi cerveza cuando veo lo tarde que se ha hecho.

Es hora de irse.

—Chicas, nos vemos pronto, lo prometo. Me voy a recoger a Pablo.

Me abrazan. Laura con más afectuosidad que Verónica quien, lo sé, no aprueba mi decisión y está molesta conmigo. Me quedaría un rato más, hablando con ambas y convenciéndolas de que soy feliz y eso es importante. Pero tengo que ir a por mi hijo.

Tras el colegio marcharemos a casa. A su casa.

Sergio juega al pádel, o trabaja hasta tarde, o se inventa cualquier excusa para que yo pase más tiempo con nuestro hijo. Dudo si su intención es que el niño esté conmigo más horas, eludir estarlo él o que, de tanto venir, quiera volver.

Sea la que sea, no lo veo mal.

Pero es un parche que, tarde o temprano, dejará de funcionar.

No puede pasarse tantas tardes fingiendo estar ocupado. No es propio de él.

Sergio ama las tardes en casa. Más si hace frío. Leer y, a lo sumo, ver alguna serie o charlar mientras me contempla —contemplaba— hacer la cena.

Pablo se encierra en su habitación.

—Hijo, ¿y si haces los deberes aquí abajo conmigo? Te ayudo.

—No me puedes ayudar —responde en un tono seco mientras sube las escaleras hacia su cuarto.

Da un portazo.

Y sé que no lo veré hasta que me marche, por más que pique a su puerta e insista en merendar juntos, charlar o proponerle jugar al ajedrez, lo que hasta ahora era un sí asegurado.

—No, mamá. No tengo ganas. Tengo muchos deberes. Mañana, ¿vale?

Mi hijo me castiga.

Por dejar a su padre.

Por irme de casa.

Pero no puedo hacer más.

Estoy con él cada día y pasamos juntos muchos fines de semana... bueno, parte de ellos.

Me doy por vencida.

Si él no está listo para aceptar los cambios, ya lo estará. Necesita tiempo.

Soy su madre.

Le daré todo el tiempo que precise.

Tomo asiento en el que hasta ahora ha sido mi sofá.

Es tan extraña esa sensación de sentirse una intrusa en la que ha sido tu casa durante los últimos veinte años.

Sergio ha quitado fotos mías. También mis libros, mis ambientadores.

Es como si hubiera tratado de borrarme. De borrar mi huella en esta casa.

No lo culpo.

Tiene derecho.

Y es justo.

Bastante bien me trata, teniendo en cuenta que le he sido infiel, que lo he abandonado.

Tomo el teléfono, abro la aplicación y compruebo que Víctor sigue sin leerme.

Se fue esta mañana temprano.

Son casi las ocho de la tarde.

De Barcelona a Madrid en avión son cuarenta y cinco minutos.

No entiendo cómo no me ha enviado ni un simple mensaje.

Un «he llegado bien».

Un «te extraño».

Nada.

Y, además, no ha leído los míos.

La verdad... estoy empezando a ponerme nerviosa.

Pablo baja de su guarida.

—Mamá...

Estoy mirando la pantalla y no lo escucho.

—¡Mamá! —insiste.

—Perdona, hijo. Dime.

—Papá me ha escrito. Dice que te vayas ya, que está por llegar.

Vaya. Podría escribirme a mí, pienso.

Pero bueno. No quiere verme. Eso está claro. Ahora sé que tampoco escribirme.

Me levanto, le doy un beso a este chico que siento a kilómetros de mí y me despido de la casa.

De ella también.

Salgo a la calle y camino hasta mi coche, que ya no descansa en el aparcamiento, sino en la acera, un par de calles más allá.

Miro el teléfono.

Nada.

Víctor sigue sin leerme.