Capítulo 29
P ablo me besa y me asegura que puedo estar tranquila, que todo irá bien y que él cuidará de papá.
Aún no ha asimilado lo que realmente está pasando en su vida. Su mundo, su estabilidad tal como la conoce desde que nació, se desmorona. Pero sé que haré todo lo posible por sostenerlo.
Él es lo que más amo.
Por eso quiero enseñarle que uno debe luchar por sus sueños y tratar de ser fiel a su corazón.
Lo dejo en la puerta del colegio y veo cómo se aleja con su habitual sonrisa, que hoy luce un poco más triste.
Siento una punzada en el corazón.
Vuelvo al trabajo. La oficina sigue igual que siempre. Al parecer, la persona que se ha encargado de mis tareas estos días, Sonia, me cuenta mi jefe que ha hecho un trabajo excelente.
—Gracias, Sonia. Ahora sigo yo —me limito a decirle.
No hay muchas novedades, salvo un cliente que exige una revisión del resultado entregado. Yo no tengo la culpa de sus numerosas no conformidades en la auditoría previa. Si no han hecho bien su cometido durante todo el año, no pueden pretender que los auditores miremos para otro lado.
La jornada pasa con cierta lentitud. Hoy estoy realmente agotada y volver a esta rutina tan tediosa, después del viaje del que vengo, no es tarea sencilla.
De pronto se ilumina mi teléfono.
Ya te echo de menos. Demasiado. ¿Nos vemos hoy?
Es Víctor.
Le respondo con un corazón y escribo:
Te veo luego.
Cuando salgo de la oficina, conduzco hasta casa de Víctor con una mezcla extraña de culpa y expectación.
Tengo las llaves en una mano y una pequeña maleta —el resto están en el coche— en la otra. Entro en el majestuoso portal. Huele a limpio, a productos con aroma floral.
Saludo a un vecino con quien me cruzo en el ascensor. Respiro hondo, me aliso la falda y me coloco el pelo.
Parezco una niña estúpida e insegura.
Y me encanta sentirme así.
Estos nervios antes de ver a... ¿mi novio? ¿Mi amante? ¿Mi...?
Da igual.
A mi amor.
Víctor parece saber exactamente cuándo llego. Me sorprende abriendo una botella de vino.
Georgiano.
Se ha convertido en uno de nuestros favoritos. Quizá porque es nuestro. Porque sabe a su boca, a la mía. A nosotros.
—Hola —me dice con una sonrisa.
—Hola —respondo desde el umbral de la puerta. Cierro.
Me muestra la botella con la que lidia para abrirla. Está a medio vestir, como si aún no se hubiera quitado la ropa del día ni terminado de ponerse la de estar cómodo en casa. Lleva el pelo suelto. Me gusta cuando lo recoge en una coleta, pero así, suelto, me gusta aún más, si cabe.
Entro.
Suelto la maleta, me quito los tacones y me acerco a la cocina abierta de este espléndido ático. Tomo la copa.
Bebo un sorbo y la poso en la encimera sin dejar de mirarlo a los ojos.
—¿Te quedas? —me dice.
—Me quedo —respondo.
Se acerca a mí y me besa.
Y, casi sin darnos cuenta, acabamos en su cama —ahora también la mía—, haciendo el amor como animales hambrientos.