Toda mi culpa no es Capítulo 28
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Capítulo 28

L e ruego que me deje cerca de mi casa, pero lejos del alcance de la vista de mis vecinos. Mucho menos de Sergio.

—Toma.

Aún sentados en su coche, con la música suave envolviéndonos y con ganas el uno del otro, me entrega un llavero.

—¿Qué es esto, Víctor?

—Las llaves de mi casa —me dice en un susurro.

—¿Las llaves de...?

—De mi casa —me interrumpe—, que también es la tuya. No voy a poder dormir esta noche sin tu cuerpo pegado al mío —añade con su voz ronca, perfecta.

Me estremezco.

—Víctor, yo...

—Shhh... No digas nada. Pero piénsalo.

—No hay nada que pensar.

Me mira. Frunce el ceño, confuso, intrigado.

—No hay nada que resolver. Ya está decidido —continúo—. Me iré contigo. Necesito primero hablar con Sergio, dejar las cosas claras. Una vez hecho, me mudaré contigo y... bueno, ya veremos qué pasa.

Me mira fijamente unos segundos.

Luego sonríe de oreja a oreja, toma mi cara entre sus manos y me besa. Un beso dulce, largo, sincero.

Saca mi maleta del coche y nos fundimos en un abrazo que promete un «hasta pronto» que pienso cumplir.

No quiero estar sin él.

No quiero dejar de ser quien soy cuando él está cerca de mí.

Respiro hondo.

Hay luz. Por la hora sé que ambos están en casa.

Giro la llave, me seco dos lágrimas atrevidas que ruedan por mis mejillas y sonrío con todo mi ser, intentando que no se note el miedo a afrontar lo que me espera.

—¡Chicos! ¿Hay alguien en casa? —grito.

Dejo la maleta, me descalzo los tacones e insisto:

—¿Chicos?

—¡Mamá! —Se oye al fin.

Pablo viene corriendo hacia mí y me abraza.

Mi chico... ¡qué abrazo!

Está claro que me ha echado de menos. Dios mío... me atrevería a decir que está más alto que cuando me fui.

—Hola —dice Sergio.

—Hola —respondo desde el otro lado del pasillo.

—Vamos, papá, ¿no le vas a dar un abrazo? —espeta Pablo.

—¡Claro que sí!

Me abraza.

Los primeros segundos son puro hielo, pero enseguida aparece la calidez propia de nuestro hogar.

—Te he extrañado, Anna —me susurra Sergio al oído.

Está guapo. Debe de haber llegado hace poco de trabajar. Lleva una camisa blanca con dos botones desabrochados y unos chinos marrones. Anda descalzo y sus ojos, tremendamente azules, parecen contener lágrimas.

—Bueno, chicos, dejadme ir al baño un momento y ahora me contáis cómo han ido estos días sin mamá.

—¡Pues bien! —comenta Pablo—. Aunque si tardas un poco más no sé qué habría sido de nuestras cenas.

—¡Pablo! —increpa Sergio.

—Vamos, papá... Hemos comido chino, pizza, kebab y muchos muchos platos precocinados. Para ser médico no has sido muy saludable que digamos.

Se ríen.

Ambos, cómplices y resolutivos a su manera, sin mamá.

Dejar a Sergio es lo más difícil que he hecho jamás.

Mirarlo a los ojos y confesar que amo a otro hombre, que me voy con otro hombre...

sé que lo ha destrozado. Sergio se casó para toda la vida.

Hubiera dado todo por nuestro amor, de eso no me cabe la menor duda.

Es un marido y un padre ejemplar. Y aun así lo dejo, porque yo no soy feliz siendo la mujer que soy estando a su lado.

Lejos de armar un drama, de ponérmelo difícil o de reprocharme mi actitud infantil y egoísta, cae en el sillón, apoya los codos sobre las rodillas y esconde la cabeza entre las manos.

—¿Qué he hecho mal? —solloza—. Te he amado con cada poro de mi piel desde el mismo día en que nos conocimos. Joder, Anna..., éramos felices. ¿Qué narices he hecho mal?

—Nada, Sergio. Nada.

Rompo en llanto ante su dolor, tan visible, tan devastador.

—¿Entonces? —pregunta alzando la cabeza.

Sus ojos están rojos, inyectados en sangre, llenos de lágrimas, de desesperación.

—Me voy, Sergio. Quiero intentarlo con él.

—Con él... —repite, como si hablara consigo mismo—. ¿Qué te ha dado ese hombre, Anna?

Lo pregunta en un tono que no increpa pero hiere.

—No lo sé. —Lloro. Siento el corazón roto por destrozárselo a este hombre que no merece este trato—. Él... —añado, y al hacerlo siento vergüenza—. Él me ha devuelto la ilusión.

—Anna —dice en voz baja; ninguno de los dos quiere que Pablo nos oiga—, si habías perdido la ilusión, ¿por qué no me lo dijiste? Habría hecho cualquier cosa. Haría cualquier cosa por nosotros. Lo sabes, mi amor.

—Sergio, no me lo pongas más difícil. No es tu culpa, es solo mía. Me he perdido a mí misma dentro de mí misma. Me he ido aislando de un mundo que ahora es solo vuestro y alejándome de quien quiera que yo fuera. Y con él... he vuelto a ser yo.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta al fin.

Sé lo que piensa. Sé que entiende que, por ahora, no hay vuelta atrás. No se rendirá, pero no me someterá a un interrogatorio que solo serviría para destruirnos más.

Me seco las lágrimas, enderezo la espalda, echo el pelo hacia atrás y reúno el valor necesario para ser totalmente sincera. Pienso en Víctor y un cosquilleo me araña el estómago. Deseo verlo. Ya lo echo de menos. A él, a su olor, al tacto de su piel. Un rayo de ilusión me da fuerzas.

—Me voy a vivir con él. A Barcelona.

—¿Y Pablo?

—Pablo debe seguir aquí, contigo. En su casa. Seré yo quien entre y salga, quien se lo lleve los fines de semana, quien lo recoja muchas tardes. Buscaremos la forma. No quiero alterar su mundo más de lo necesario.

—Vas a sacar a su madre de casa. Creo que eso ya va a alterar bastante su mundo.

—Será duro, Sergio. Pero si él no cambia de hogar, si soy yo la que entra y sale, la que se esfuerza por recogerlo, verlo a diario y pasar fiestas y fines de semana con él, el impacto será menor.

—¿No quieres su custodia? ¿No quieres jornadas completas con él, más allá de los días festivos? ¿No piensas llevártelo contigo... con ese... con tu nuevo amor?

Lo dice cargado de rencor y rabia.

Y tiene razón.

No quiero compartir a mi hijo con Víctor. Es demasiado pronto. Ni a Víctor con mi hijo. Si esto no sale bien, no quiero que mi hijo lo conozca.

Durante el viaje lo he planeado todo mil veces en mi cabeza. Pablo seguirá en su casa, en su hogar, en su lugar seguro. Lo recogeré a diario del colegio, comeré con él los días que no tenga clases por la tarde, haré todo lo posible para que se sienta acompañado.

Pero no.

No lo mezclaré con Víctor.

—¿Cuándo te vas? —dice de pronto.

Hay rabia contenida en su voz, y extrañamente me gusta. Porque eso es lo que se espera en un momento así.

—¿Cuándo quieres que me vaya?

—Me da igual. Por mí, hoy mismo. —Sé que no lo dice en serio.

—Antes hay que hablar con Pablo. Merece una explicación.

—Dios, Anna..., ¿qué ha pasado? ¿Cuándo te me has escapado de las manos? No lo vi venir... no lo vi venir...

Se rompe de nuevo y llora. Llora como un niño.

—Sergio..., por favor.

Me acerco a él y se me parte el alma al verlo así.

—Anna —suplica—. No te vayas. No me dejes... por favor.

Nos abrazamos.

Con todo el amor que nos ha sostenido estos años. Con la pena de saber que sí, lo voy a dejar. Con el deseo profundo de que este hombre supere el dolor en el que yo lo estoy metiendo.

Nos quedamos así lo que se me antoja una eternidad, hasta que él, por fin, se separa de mí, dejando mi blusa húmeda de sus lágrimas.

—Vamos a dormir. Mañana será otro día —digo al fin, acariciándole la mano mientras me dirijo al dormitorio.

Intento descansar.

Él se encierra en el despacho, donde un sofá hace las veces de cama para invitados. Yo me quedo en mi cama. En mi futura excama.

No pego ojo.

A pesar del cansancio del viaje. A pesar del jet lag horroroso que arrastro.

«Pablo estará bien», me prometo.

«Sergio estará bien», me repito.

Son las cuatro de la madrugada cuando saco del altillo de mi armario dos maletas enormes que guardamos para los viajes largos. Las lleno con mi ropa. Meto todas mis prendas sin pensar, casi arrojándolas dentro. Añado algunos libros y una foto de los tres.

Cierro las maletas a las seis de la mañana.

Y sé que esta noche ya no volveré a dormir aquí.

Al despuntar el día, la casa tiene un silencio extraño. No es el silencio tranquilo de los domingos ni el silencio apresurado de los días de colegio.

Es otro.

Más pesado.

Pablo aparece despeinado en la cocina, con la camiseta arrugada y los ojos medio cerrados.

—Buenos días —dice mientras abre la nevera.

—Buenos días, campeón —responde Sergio.

Yo intento sonreír mientras le preparo unas tostadas.

Nos sentamos los tres en la mesa. Nadie habla durante unos segundos que se hacen eternos.

Pablo levanta la vista.

Nos mira.

Primero a mí. Luego a su padre.

Frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

Sergio y yo intercambiamos una mirada. Siento un nudo en la garganta.

—Pablo —empiezo—, tenemos que contarte algo.

Deja la taza de leche en la mesa.

—Vale... —dice despacio.

Sergio se aclara la garganta.

—Mamá y yo... vamos a hacer algunos cambios.

Pablo nos mira en silencio.

—¿Cambios?

Respiro hondo.

—Papá y yo... vamos a vivir en casas diferentes durante un tiempo.

Sus ojos se abren un poco más.

—¿En casas diferentes?

—Sí —digo con suavidad—. A veces los adultos necesitamos... reorganizar las cosas.

Pablo baja la mirada hacia la mesa.

Juega con una miga de pan.

—¿Os vais a divorciar?

La palabra cae en la cocina como un trueno.

Sergio tarda unos segundos en responder.

—No lo sabemos todavía.

Pablo asiente despacio, como si intentara entender algo demasiado grande.

Luego levanta la vista hacia mí.

—¿Quién se va?

—Yo —respondo.

Sergio mira hacia la ventana.

—Pero tú vas a seguir aquí —añado rápido—. En tu casa. Con papá. Yo vendré a recogerte muchos días, iremos a comer juntos, pasarás fines de semana conmigo...

—¿Por qué te vas?

No hay reproche en su voz.

Solo una pregunta directa.

De niño.

Siento que el pecho se me encoge.

—Porque... necesito cambiar algunas cosas en mi vida.

Pablo me observa durante unos segundos.

Luego pregunta lo que yo sabía que preguntaría.

—¿Hay otra persona?

Sergio cierra los ojos.

Yo asiento despacio.

—Sí.

Pablo no dice nada. Mira la mesa. Luego se levanta.

—Vale.

—Pablo... —digo.

Pero ya camina hacia el pasillo.

—Necesito vestirme —murmura—. Llegaré tarde al cole.

Cuando desaparece por la puerta de su habitación siento que el aire de la cocina pesa el doble.

Sergio se pasa una mano por la cara.

—Esto solo acaba de empezar —dice en voz baja.

Y por primera vez desde que tomé la decisión siento miedo de verdad.