Capítulo 27
N unca había probado el Moët & Chandon. Por supuesto que conocía este famoso champán, pero nunca había entendido su éxito más allá del glamour que simboliza. Desde hoy, desde esta noche, ya no será solo un champán de alto nivel para mí, sino un recuerdo maravilloso.
Brindamos por este viaje increíble, repleto de experiencias y sentimientos que aún necesito asimilar.
En estas dos semanas, de la mano de Víctor he cruzado el mundo de punta a punta.
Hemos almorzado en el porche acristalado de una humilde y afectuosa familia en Armenia y cenado en un famoso restaurante de la Quinta Avenida.
He subido la escalinata del complejo Cascade, en Ereván, y paseado, como dos enamorados, por Central Park.
Hemos visitado Saint Zoravor, aquella pequeña iglesia tan querida por su pueblo, con el suave resplandor de las velas y los fieles rezando junto a las reliquias de san Ananías, y escuchado un coro de góspel cantando en directo en Abyssinian Baptist Church, en Harlem.
Doce días en los que ha cabido un mundo entero.
Una vida.
Un propósito.
Un futuro aún incierto.
Me llevo la maleta infinitamente más llena de lo que llegó.
Mi última noche en Manhattan.
Mi última noche como novia para volver a ser la amante.
¿O no?
No lo sé.
Víctor me ha vuelto a pedir que deje a Sergio y me vaya con él a vivir a su ático en Barcelona. La idea me gusta y me aterra a partes iguales. Él pasa media vida viajando, y Barcelona es solo una parada más. Yo no podría seguir su ritmo. Perdería mi trabajo, y tampoco quiero estar tan sola.
Pero llevo dos semanas durmiendo en su regazo, abrazada a él, a su piel, a su olor... y me cuesta imaginar cómo será volver a despertar sin su aliento en mi cuello. Cómo será dejar de sentirme como, por primera vez en mi vida, me siento.
Pero no sé cómo decírselo a mi hijo.
Sergio no me ha reclamado nada ni me ha preguntado directamente. Tardó dos días en responderme, pero finalmente —muy propio de él— se comunicó conmigo. La ley del silencio nunca ha sido su estilo. Siempre ha preferido hablar, dialogar, resolver.
Se limitó a preguntarme si estaba bien y a ponerme al día de nuestro hijo y de la casa: «Todo en orden. Pablo aprobó los dos exámenes pendientes. Estamos bien y nos vamos apañando. Te extrañamos. Sergio y Pablo».
Los escuetos mensajes de Sergio vinieron acompañados de los de mi hijo, más espontáneos, más cariñosos.
Pablo está bien, ajeno a la locura de su madre.
Le he comprado varios regalos, aunque en ninguno pone que son de Nueva York. Él cree que estoy mucho mucho más cerca de casa. Aun así, le llevo cosas que quizá algún día le cuente de dónde proceden realmente.
Cuando sea más mayor y entienda lo que un corazón es capaz de hacer cuando se enamora.
Tengo ganas de verlo, a mi Pablo, abrazarlo y decirle una y mil veces cuánto lo quiero.
Mi pequeño adolescente.
Mi niño.
—Pronto estaremos otra vez juntos, mi amor —susurro mientras miro su foto.
Víctor rellena las copas con Moët.
—Por nosotros —dice.
—Por nosotros... y por tu trato.
—Y por mi trato. —Ríe—. Me has traído suerte. Fuiste mi talismán anoche —añade con su peculiar acento indefinible.
Ayer cenamos en Le Bernardin, en la calle 51 Street, en Midtown. Era una cena de negocios con la pareja que conocimos unas noches atrás. Al parecer cerraron un buen acuerdo que beneficia a ambas partes y que, sospecho, favorece sobre todo a Víctor.
Por lo que me cuenta y por lo que observo, Víctor comercia principalmente con obras procedentes de la zona del Cáucaso: arte religioso, manuscritos antiguos, alguna pintura que, según dice, no tiene un valor excesivo, aunque está muy bien cotizada.
No pregunto demasiado, pero imagino que algunas de esas piezas poseen un valor enorme... y una procedencia discutible. Sus clientes parecen dispuestos a pagar sumas indecentes por ellas.
Paralelamente, y gracias a su amplia red de contactos, otros marchantes le proporcionan obras de artistas emergentes que empiezan a consolidarse y cuya cotización sube como la espuma. Víctor sabe exactamente cómo y dónde colocarlas para darles el empujón final.
Nuevamente ganan todos.
Incluso el artista.
Es un mundo tan ajeno al mío que no termino de entender cómo alguien puede negociar la compra de algo así. Para mí, más allá de la decoración, una obra de arte nunca había tenido nada especialmente interesante.
Víctor se ríe cuando se lo digo.
Luego me cuenta de las bondades de amar el arte como si fuera una parte —o una extensión— del alma humana.
Me gusta su forma de verlo. La manera en que habla de las obras con ese brillo en los ojos.
Nunca he sentido una pasión así por nada.
Nunca.
Hasta ahora.
Porque ahora son mis ojos los que brillan al verlo a él ofrecerme esta copa de champán francés para celebrar su venta...
Y nuestro amor.