Toda mi culpa no es Capítulo 26
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Capítulo 26

Aquel fue un año de demasiados cambios.

Narine vio cómo sus hijos —ya adultos, aunque todavía muy ligados al hogar familiar— daban, cada uno a su manera, un vuelco a sus vidas.

Anahit, que se había casado dos años antes, pero seguía viviendo con su esposo bajo el mismo techo que su madre, su abuela y sus hermanos, fue la primera en anunciar novedades.

Marcus había conseguido un trabajo nuevo, bien remunerado, y por fin habían terminado las obras en la antigua casa de sus suegros.

Se mudarían al llegar la primavera.

Pero esa no era la única noticia.

También estaban esperando su primer hijo. El primero de cuatro pequeños, todos varones, que irían llegando a lo largo de los siguientes doce años.

Ese mismo año, Sona logró tramitar a través de su universidad un año de estudios en el extranjero. El destino elegido fue París, Francia.

Años más tarde —aunque entonces nadie podía saberlo— conocería allí a un hombre francés y terminaría instalándose definitivamente en la Ciudad de la Luz.

Víctor, por su parte, continuaba con sus estudios de Historia en la universidad de Ereván. Desde hacía tiempo le rondaba una idea persistente: saber de su padre.

De él no recibían, desde hacía años, más que una postal navideña.

En ella deseaba que todos estuvieran bien, contaba brevemente sobre su nueva vida y les recordaba siempre lo mismo: que tenían un padre en España y que, si alguna vez lo necesitaban, solo tenían que acudir a él.

Nunca respondían.

Nunca tomaban en serio aquellas cartas.

Pero ese año, desde que comenzó el curso universitario, Víctor no dejaba de pensar en aquella frase: «Si me necesitáis, solo tenéis que acudir a mí».

Bajo la influencia de la tatik María, y casi desde que apenas era un niño, Víctor había mostrado un interés poco común por el arte de su tierra. No era extraño verlo acompañar a su abuela a limpiar iglesias en lugar de jugar al balón con otros muchachos.

Con el tiempo, y siempre de la mano de María, desarrolló una fascinación casi obsesiva por los monasterios medievales armenios, las miniaturas y los manuscritos antiguos.

Hablaba con fluidez ruso, armenio y español.

En los últimos años también había aprendido inglés.

Durante la adolescencia comenzó a notar que las muchachas encontraban cualquier excusa para cruzarse con él por los pasillos del instituto o acompañarlo de vuelta a casa.

Víctor, sin embargo, parecía prestar más atención a los monasterios medievales y a los manuscritos antiguos que a aquellas miradas insistentes.

Su abuela solía decir que, si Víctor destinara a las chicas la mitad del tiempo que dedicaba a las antigüedades, Narine tendría que empezar a echarlas de casa.

Con los años aprendería a convivir con ambas cosas: el arte y las mujeres.

Las mujeres tampoco eran un misterio para él.

Se había criado rodeado de ellas: su abuela, su madre, dos tías y dos hermanas.

Conocía sus silencios, sus cambios de humor, sus sensibilidades y sus distintas etapas.

Las respetaba, las escuchaba y muchas veces terminaba siendo ese pilar masculino que todas agradecían ante la ausencia de Juan.

Ya en la facultad supo, por compañeros de clase, de la existencia de un máster en Madrid que encajaba perfectamente con sus intereses.

Pero no tenía dinero.

Ni contactos.

Ni siquiera conocía realmente el país de su padre.

Fue entonces cuando pensó que había llegado el momento de molestarlo.

De pedir ayuda.

Guardaban el número de teléfono de la casa de Juan en un papel doblado, escondido dentro de una jarra de loza con tapa que dormía en una vitrina antigua, rodeada de objetos inútiles.

Reunir valor no fue fácil.

Pero finalmente llamó.

La conversación fue seca. Fría. Vacía de afecto.

—Necesito ayuda —dijo—. Quiero ir a Madrid a cursar una maestría en Historia del Arte. No tengo contactos ni dinero.

Hubo un silencio.

—Es tu oportunidad de ejercer como padre con al menos uno de tus tres hijos de este lado del mundo.

Juan sintió el peso de aquellas palabras.

Siempre supo que había obrado mal.

Siempre lamentó no poder volver atrás.

Reunió sus ahorros y pagó los estudios de su hijo.

—¿El hijo de tu primera mujer? —protestó su nueva esposa, Josefa—. ¿Ahora tienes que ocuparte de ellos? ¿Ahora que son mayores?

Pero él ya lo había decidido.

Sabía que ayudar a Víctor no redimiría su error.

Aunque quizá, solo quizá, aliviaría un poco la culpa.

Poco después, con un petate, veintipocos años y muchas ganas de aprender, Víctor se despidió de su madre, de su abuela, tías y de su hermana.

Y partió hacia Madrid.

La capital del país de su padre.

Y el lugar donde, sin saberlo todavía, empezaría realmente su vida.