Capítulo 25
N ueva York es, sin duda, la ciudad más impresionante que he visitado jamás.
Quizá estemos condicionados por el cine.
Puede ser. Pero no es solo ver esos edificios imposibles o el bullicio constante de las calles, sino reconocer lugares que durante años habíamos visto en la pantalla mientras soñábamos desde una butaca o el sofá de casa.
Central Park.
Madison Square.
La Quinta Avenida...
Nos alojamos en un hotel espectacular en pleno centro. Nuestra habitación es una suite, como no podía ser de otra manera, con enormes ventanales que ofrecen una vista vertiginosa del corazón de la ciudad.
En apenas cuarenta y ocho horas he pasado de vivir en un entorno sencillo, rural, amable y lleno de calidez familiar a caminar por una jungla de acero, luces y cristal.
Esta noche estamos invitados a una fiesta.
Un cóctel al que asistirán algunas de las personas más influyentes de la ciudad y que, según me explica Víctor, podrían convertirse en importantes clientes.
Durante estos días he ido comprendiendo mejor cómo funciona su mundo.
No solo coloca obras en galerías. También vende piezas exclusivas a coleccionistas privados: hombres y mujeres con pequeñas —o enormes— fortunas que prefieren disfrutar del arte en la intimidad de sus salones antes que compartirlo con el público.
La fiesta se celebra en un exclusivo club cuyo propietario es, al parecer, uno de los clientes más importantes de Víctor.
Debemos ir impecables.
Yo traje ropa elegante pensando que, estando en Nueva York, seguramente saldríamos a cenar algún día. Pero no estoy segura de estar a la altura de lo que se espera esta noche.
Salgo de la ducha con el pelo aún mojado y me acerco a la cama para ponerme la ropa interior que había dejado preparada.
Entonces lo veo.
Sobre la colcha descansa un vestido negro, acompañado de unos zapatos de tacón y un estuche abierto donde reposa un collar.
Me quedo inmóvil.
El vestido es de satén negro, suave y brillante como noche sin luna. La tela fluye incluso estando quieta, con un corte elegante que se ajusta a la cintura antes de caer recto y largo hasta el suelo.
El collar es aún más impresionante: una fina cadena de platino sostiene un diamante solitario, tallado en forma de lágrima. La piedra captura la luz de la habitación y la devuelve en destellos fríos, perfectos.
—¿Qué es esto? —pregunto, confundida.
Víctor se acerca por detrás.
—Una diosa como tú merece un vestido a su altura esta noche.
—Víctor..., he traído mi propia ropa. No tenías que...
—Shh.
Susurra suave en mi oído.
Toma el collar entre sus manos y, con delicadeza, retira la toalla que envuelve mi cuerpo.
Me guía hasta el enorme espejo tocador de la habitación.
El diamante descansa ahora sobre mi pecho desnudo.
—Mira —susurra—. Resalta tus ojos.
Me observo en el espejo. El brillo de la piedra contrasta con mi piel aún húmeda por la ducha.
Me doy la vuelta y lo beso.
—No tenías por qué hacerlo —le repito.
—No tenía —responde sonriendo—. Pero quería.
Luego añade:
—Y vas a estar preciosa.
Tenemos que irnos.
Él está a medio vestir. Lleva un pantalón negro de cintura alta y una camisa blanca perfectamente planchada, aún desabrochada en el pecho, que resalta el tono moreno de su piel.
La americana del traje cuelga en una percha cerca de la ventana.
Entra al baño para perfumarse y terminar de secarse el pelo.
Nos hemos bañado juntos.
Y la ducha... digamos que se ha alargado más de lo previsto.
El vapor, la piel mojada, el jabón resbalando entre nuestros cuerpos. Un conjunto de estímulos sensoriales que han desatado lo imparable.
Se ha acercado a mí casi sin darme cuenta.
—¿Me haces un sitio? —pregunta divertido.
—¿Qué haces aquí? —Suelto una risotada.
—Ducharme —responde bajito y con la voz ronca.
Apoyo la espalda en las frías baldosas. El contraste me hace estremecer.
Me sonríe y atraviesa mi alma con sus ojos.
Me besa.
Lame mi boca.
Desciende la lengua por mi cuello mientras su mano encuentra el camino hasta mi entrepierna.
Y yo... yo gimo de placer.
Nos miramos, como si pudiéramos amarnos solo con la mirada, y me invita a darme la vuelta.
Obedezco.
Con él, siempre obedezco.
El agua caliente cae sin descanso sobre nosotros. Me penetra mientras su mano, húmeda y paciente, sigue moviéndose y estimulando mi entrepierna con una lentitud que es casi una tortura.
Sabe exactamente cómo tocar, dónde tocar y cuándo parar para que el deseo crezca sin control. Nos movemos con una intensidad que me deja sin aliento, como si cada encuentro entre nosotros tuviera que ser más fuerte que el anterior.
Me embiste una, otra y otra vez. Separa mis muslos con sus enormes manos para que ni un milímetro de su miembro, de su muy generoso miembro, quede fuera de mí. Otra embestida, otra y otra más. Grito, grito como nunca antes lo he hecho haciendo el amor.
Aprieta mis pechos con fuerza; tira de mis pezones hasta que siento cómo la oleada de placer vuelve, con mayor intensidad.
Me penetra cada vez más rápido, más fuerte. Estoy completamente perdida y, de nuevo, estallo en placer.
Él también, casi al unísono, gime y apoya la cabeza en mi espalda. Retiro las manos de las baldosas, que ahora arden, él sale de mí y me doy la vuelta. Lo beso con una desesperación impropia de quien fui.
Nos reímos, cómplices de lo que acaba de ocurrir, de algo que ha sido jodidamente maravilloso.
—Tenemos que irnos —digo. Él sonríe y añade:
—¿Seguro? —Prefiero ignorar la pregunta... o empezaremos otra vez. Y el tiempo se nos echaría encima.
El vestido me queda como un guante. El satén abraza mi figura con una elegancia inesperada. El diamante descansa sobre mi piel como una pequeña estrella.
Y, por un instante, realmente me siento como él dice.
Una diosa.
Una diosa acompañada de un dios.
Rodeo su brazo, respiro hondo y nos vamos juntos rumbo a la fiesta, como una pareja salida de una vieja película de Hollywood.
El taxi amarillo nos deja frente al edificio y durante unos segundos me quedo mirando hacia arriba. Desde aquí abajo creo distinguir las luces centelleantes de la última planta, justo hacia donde nos dirigimos.
El ascensor nos deja en el ático en lo que tardo en contar cinco, seis segundos. Me siento nerviosa.
Las puertas se abren directamente a la sala.
Respiro hondo.
Víctor me ofrece el brazo.
—¿Lista?
No lo estoy. Pero asiento.
Dentro todo es cristal, mármol y conversaciones que suenan como un murmullo continuo. Camareros impecables se deslizan entre los invitados con bandejas de champán. Mujeres con vestidos imposibles. Hombres que parecen llevar el éxito cosido a medida en sus trajes.
Víctor cambia apenas cruzamos la puerta.
Su postura se vuelve más firme, su sonrisa más segura. Saluda, estrecha manos, escucha y responde con esa facilidad que siempre me sorprende. Su inglés es perfecto, rápido, elegante.
—¡Víctor de Haro! —exclama un hombre canoso con un vaso de whisky en la mano—. Pensé que no vendrías. Te hemos echado de menos.
—Aquí estoy de vuelta —responde Víctor—. He estado en Europa más tiempo del que pensaba quedarme esta vez.
Baja la mirada hacia mí. Sonríe. Me guiña un ojo.
—Entiendo... —murmura el señor del whisky—. ¿No nos presentas?
—Mr. Smith, ella es Anna. Anna, este es un cliente y amigo, el señor Smith.
El hombre toma mi mano y la besa con galantería.
—Preciosa pieza de colección, Víctor.
—No es una pieza de colección. Anna no está en venta —dice la frase sin dejar de sonreír, pero su mano se posa en mi espalda.
—Por supuesto... —responde el curioso hombre mientras me mira de arriba abajo.
Brinda por ambos y finalmente se marcha, excusándose para saludar a alguien que acaba de llegar.
Víctor me mira como si quisiera disculparse por el desafortunado comentario del tal Smith. Me toma de la mano y nos acercamos a un grupo de lo que parece ser la más alta y chic sociedad de la ciudad.
—Dicen que el nuevo Kovalenko ya está vendido.
—¿Antes de la exposición?
—Antes incluso de terminar el cuadro.
—Eso ya no es arte, es bolsa de valores.
—Bienvenido al mercado.
Ríen entre carcajadas enlatadas y copas de cristal. Hablan de cifras que a mí me parecen irreales, como si estuvieran comentando el tiempo.
Víctor aprieta ligeramente mi mano, como si quisiera recordarme que no estoy sola en medio de aquel mundo.
—Víctor siempre va por delante del mercado —dice una mujer elevando ligeramente la voz mientras alza su copa al vernos llegar.
Es alta, espectacular, con un vestido verde botella que parece dibujado sobre su cuerpo. Se acerca a Víctor con demasiada familiaridad y lo besa en ambas mejillas.
—Víctor..., siempre desapareces y regresas con interesante compañía.
Su inglés tiene un acento elegante que identifico.
Sus ojos, de un azul intenso, se deslizan hacia mí durante un segundo.
No es hostilidad exactamente.
Es más bien una evaluación.
Él sonríe, tranquilo.
—Anna, ella es Isabelle.
La mujer me ofrece la mano.
—Víctor tiene un gusto exquisito —dice, sin que termine de quedar claro si habla de arte o de mujeres.
Siento el calor subir por mi cuello.
Mi amante aprieta mi mano discretamente, como si notara mi incomodidad.
Durante un rato recorremos la sala conversando con distintos grupos. Yo permanezco a su lado, en un discreto segundo plano que escojo por decisión propia.
Hablan de galerías en Londres, de una colección privada en Dubái, de una escultura que alguien compró por una cifra que me parece absurda.
Víctor se mueve entre ellos como si ese fuera su elemento natural.
Ríe, discute, gesticula con pasión cuando hablan de una obra concreta. Varias personas buscan su opinión antes de decidir nada.
Lo observo desde un lado y me doy cuenta de algo que me sorprende.
Aquí, Víctor es una autoridad.
En un momento dado aparece una pareja extraordinariamente atractiva.
Ella tiene el pelo ondulado y cobrizo, pendientes de perla y un traje rojo impecable. Él luce un esmoquin y la seguridad de quien parece haber llegado al mundo sin preocupaciones.
Víctor me mira.
—Dame un minuto.
OK , le digo.
Lo veo alejarse con ellos. Hablan animadamente. En algún momento los tres estallan en carcajadas.
Ella se aleja después de unos minutos y ambos, ahora con un semblante más serio, continúan hablando. Víctor se echa el pelo hacia atrás, contenido pero inquieto.
No sé qué ocurre, pero entre ellos ya no fluye la simpatía que había cuando la pelirroja estaba presente.
Víctor se vuelve, se da cuenta de que lo estoy observando y me dedica una sonrisa breve. Una sonrisa tensa.
Dudo si acercarme.
Opto por quedarme donde estoy, dejarle su espacio y no inmiscuirme en lo que deben de ser sus negocios, clientes, proveedores o quién sabe qué.
Un camarero pasa a mi lado con champán y tomo una copa.
Y luego otra.
La música suena baja, elegante. Fly Me to the Moon , de Sinatra. La reconozco desde la primera nota.
Mi madre siempre ponía a Sinatra cuando cocinaba algo especial. Aseguraba que era el ingrediente secreto de sus platos.
«La voz de Frank es lo que hace que mi comida esté tan buena», decía, y nosotros estallábamos en risas.
Entonces mi padre se levantaba de la mesa y, con una reverencia exagerada, la «sacaba a bailar» en mitad del comedor mientras cantaba a capela, con un acento horroroso, Can’t Take My Eyes off You .
Mi madre entonces le susurraba:
—Cariño, en español te queda más bonita.
Tratando de no herir su sensibilidad mientras nos guiñaba un ojo.
Y él, feliz y crédulo, continuaba cantando:
—«Toda mi culpa no es... me he enamorado esta vez...».
Víctor regresa a mi lado y me arranca de ese recuerdo de la infancia.
—¿Estás bien?
—Sí. Estoy genial.
Y es cierto.
Tal vez sean las burbujas del champán o este lugar enigmático, mi hombre maravilloso que me mira como si fuera la mujer más bella del mundo o Manhattan...
Pero sí, estoy bien.
Y me encanta estar así de bien.