Toda mi culpa no es Capítulo 24
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Capítulo 24

H abla por teléfono mientras organizo la maleta.

Mañana salimos rumbo a Nueva York y necesito tener todas mis cosas listas.

Estos días han sido demasiado buenos. Tanto que temo volver a casa, a mi realidad, y morirme de pena.

Víctor, su familia, esta tierra fría y cálida a la vez... todo aquí me ha hecho sentir querida, amada, integrada.

Incluso Narine, que casi siempre calla y mira mi anillo cuando cree que no me doy cuenta, me ha abrazado con afecto al despedirse esta tarde.

No entiendo una palabra de lo que Víctor está diciendo. Pero su tono es áspero, imperativo, casi molesto.

¿Problemas de trabajo? No pregunto. No es mi lugar.

Es nuestra última noche antes de cruzar medio mundo y aterrizar en la ciudad que nunca duerme.

Termina la llamada de forma brusca.

Lo que sea que ocurre, espero que se solucione y que no sea grave.

Me mira, espira con fastidio y murmura en armenio una expresión que tampoco entiendo.

—¿Todo bien? —pregunto en un hilo de voz.

—Sí, todo bien. Solo negocios. Me prometieron una pieza y no llegará a tiempo. Estoy molesto. No me gusta que la gente no cumpla su palabra.

—Lógico —respondo.

Se pasa la mano por el pelo y después me mira.

—Ven, vamos a cenar. Mañana salimos temprano. Es nuestra última noche aquí. No estés enfadado —añado, acercándome a él.

Le acaricio el pelo. Es suave, como su piel. Me abraza con fuerza. Y entonces lo suelta, sin más:

—No quiero que sea nuestra última noche aquí. Quiero que algún día volvamos.

—Víctor, yo... —alcanzo a decir en un susurro.

—Estás casada. Lo sé.

Hace una pausa breve antes de continuar.

—Pero podrías dejar de estarlo, ¿no?

El cuerpo me tiembla.

Nunca nunca hasta esta noche —la última en Armenia— hemos tenido esta conversación.

—¿Qué me estás proponiendo, Víctor?

Me mira fijamente.

—Que lo dejes.

Su mano se detiene un segundo en la mía.

—Y que vengas a vivir conmigo.

Mi mundo se tambalea. Juro por mi vida que yo esto no lo esperaba.

¿Me he enamorado de Víctor? Temo decirlo en voz alta, pero la respuesta que grita mi corazón es un «sí» rotundo. Y lo más importante: ¿me gusta la mujer que soy desde que él irrumpió en mi vida?

Absolutamente sí.

Jamás, en toda mi existencia, he sido tan yo misma como ahora.

Vivo conectada a una fuente interior que emana, que burbujea, mi esencia como nunca antes. No era consciente —o sí, y simplemente lo callaba, lo ignoraba— de la mujer que alberga mi auténtico yo. Me he esforzado por cumplir con el papel que se me otorgó, que acepté, que yo misma cultivé.

Desde que Pablo creció, desde que la rutina empezó a pesar como una losa, una parte de mí se quedó dormida.

Con Víctor, en cambio, todo arde.

No sé si ese fuego es él... o soy yo.

Yo, despertando al fin.

Soy sabedora de todo lo malo que estoy haciendo, pero toda mi culpa no es. La vida, el amor, me han traído hasta la yo en la que estoy mutando.

Miro a Víctor. Observo su temple, su verdad al decirme que viva con él, y sé que algo se me escapa, algo que no alcanzo a comprender.

¿Por qué este hombre, este glorioso hombre, querría pasar sus días a mi lado? ¿Tenerme, a mí, en su cama por las noches?

No soy nada del otro mundo. Siendo sincera, soy una mujer muy normal. No destaco por ser alguien célebre, sino una simple contable con suerte.

Sea lo que sea lo que está sintiendo, le empuja a pedirme que deje a mi marido.

¿Dejaré a Sergio? No lo sé.

El daño colateral que supone tener un amante es una cosa. El que implica dejar tu hogar es otra muy distinta, que no sé si estoy dispuesta a asumirlo.

Qué diablos. Amo a Víctor con cada poro de mi piel. Amo a este hombre y amo a la mujer que soy cuando estoy en sus brazos.

Sé que mi mente aún no ha tomado la decisión. Sé que espero una señal, algo más fuerte que yo que me indique la ruta a seguir. Pero mi corazón, ese órgano insensato, ya tomó cartas por mí hace un buen rato.

—Déjame pensarlo, Víctor. Dejar a mi esposo y todo lo que supone no es una decisión fácil.

—Pero estás aquí de viaje, conmigo. Una parte de ti ya se ha pronunciado.

—Para ellos estoy en un viaje de trabajo —miento.

Miento a mi amante porque no quiero contarle que Sergio lo sabe.

—Si fueras mía —continúa—, mía del todo, no irías a ningún lado sin mí. Eres demasiado valiosa.

—Eso no suena muy moderno por tu parte —le digo, guiñándole un ojo.

Sonríe.

—No me malinterpretes. Eres una mujer libre, independiente. Pero si fueras mi esposa... sabría si hay otro. Lo sabría.

Guardo silencio.

Sergio también lo sabe.

Sergio nunca ha sido un ingenuo. Solo respetó tanto mi espacio que allí terminé perdiéndome.

—Déjame pensarlo, Víctor.

Me besa en la frente.

—Seguiré aquí.

Lo miro.

—¿Qué has visto en mí? —pregunto aun a riesgo de sonar estúpida al hacerlo.

Sonríe. Luego suelta una carcajada suave.

—Tus ojos —dice, besándolos—. Tu cuello. —Lo besa—. Tu piel. —Sus labios siguen descendiendo—. Tu cintura...

Sus manos me rodean.

Y sigue nombrando, besando, descubriendo cada parte de mí hasta que ambos olvidamos de qué estábamos hablando.

Hasta que solo queda el placer.

Ese placer profundo, adictivo, imposible de ignorar.