Toda mi culpa no es Capítulo 23
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Capítulo 23

M e despierta el olor a café recién hecho.

Víctor está en la cocina preparando el desayuno. Sobre la mesa ha dispuesto pan, fruta, huevos y varias pequeñas delicias que no reconozco.

No estoy acostumbrada a que me cocinen, y descubrirlo así, al despertar, tiene algo inesperadamente maravilloso.

Además, estoy hambrienta.

Apoyado en la encimera, Víctor levanta la vista cuando me oye entrar. Lleva una camisa abierta y el pelo todavía desordenado por el sueño.

—Buenos días —dice, con una sonrisa tranquila.

—Buenos días —respondo, acercándome a la mesa—. Esto es demasiado para un desayuno.

—En Armenia desayunamos bien —contesta mientras sirve café en dos tazas.

El aroma es intenso, oscuro.

—Ponte un atuendo cómodo —añade—. Esta tarde tengo unas reuniones de trabajo, unos marchantes de arte con los que quiero cerrar algunos negocios. Pero no empiezan hasta después de las cinco.

Se acerca y deja la taza frente a mí.

—Hasta entonces —continúa— quiero enseñarte un lugar.

—¿Ah, sí?

—Un cementerio antiguo de Ereván. Está en una colina. Allí está enterrada mi abuela.

Lo miro, con una tostada en mi mano, y sonrío con cariño. Me parece precioso que quiera visitar a su abuela.

Me ayuda a ponerme el abrigo y retira con cuidado el mechón de pelo que ha quedado atrapado en el cuello.

Me besa después, y me envuelve en un abrazo que parece detener el tiempo.

Llegamos en silencio al cementerio.

Una vez dentro observo que casi todas las lápidas tienen grabadas fotografías de los difuntos. Rostros serios, algunos recientes, otros marcados por el paso del tiempo. Me impresiona esa forma de permanecer.

Víctor se detiene ante una tumba sencilla.

Saca un pañuelo de algodón que lleva en su bolsillo. Lo pasa por la piedra y limpia un poco de polvo que se ha acumulado en la superficie.

Deposita las flores que compró en la entrada en un pequeño jarrón de latón que reposa en una arandela metálica, oxidada, fijada a la lápida.

Se queda en silencio.

No hablo. Quiero respetar ese momento que parece pertenecerle solo a él.

Al cabo de unos minutos, se inclina ligeramente hacia la imagen de su abuela, como si susurrara unas palabras que no alcanzo a oír. Después vuelve a mi lado.

—¿Nos marchamos? —me dice.

Tomo su brazo con una sonrisa dulce que responde por mí.

Caminamos despacio hacia el coche.

—Esa mujer no era solo mi abuela —me cuenta—. Fue como una madre para mí.

Lo miro a los ojos y, levemente, rozo su mano.

—Mantuvo a flote a la familia cuando mi padre nos abandonó. Impidió que mi madre se hundiera al comprender que él no pensaba regresar.

Hace una pausa antes de continuar.

—Pero, más allá de eso, fue ella quien me enseñó a amar el arte. De ella aprendí también a comerciar con él.

Lo miro con curiosidad.

—¿Tu abuela era marchante de arte?

Víctor sonríe mientras fija la vista en la carretera.

—Algo así... digamos que algo así.

Toma mi mano entre las suyas y la acerca a sus labios.

—Tienes las manos heladas.

Sonríe apenas.

—Vamos. Mis tías deben de tener ya un banquete preparado para nosotros.

Aparcamos cerca y vamos a pie. El aire es frío y limpio.

Las calles son estrechas y tranquilas. Las casas son bajas, de piedra rosada.

Me resulta curioso —y también entrañable— que las tres hermanas vivan en casas contiguas, unidas por un enorme porche trasero acristalado donde comen juntas casi todos los días.

Desde cada casa se accede directamente a ese espacio común que parece el verdadero corazón del hogar.

También comparten el jardín, la cena... y, sobre todo, la vida.

De una ventana ajena, abierta de par en par, llega el olor inconfundible del pan lavash recién hecho.

Víctor saluda a varias personas al pasar. Una mujer mayor le habla en armenio desde la puerta de su casa. Él responde con una sonrisa y algunas palabras rápidas que no entiendo.

—¿Qué ha dicho? —pregunto.

—Que he vuelto demasiado delgado y que mis tías deben alimentarme mejor. —Traduce divertido.

Seguimos caminando.

Este lugar me resulta profundamente sereno. Tal vez es el silencio, el aire frío o la forma en que la gente se detiene a hablar unos minutos en la calle como si el tiempo tuviera otro ritmo.

Antes incluso de entrar, ya llega hasta nosotros el aroma de la comida.

Dentro todo es cálido.

La mesa está cubierta con un mantel bordado y llena de platos que no reconozco: hojas de parra rellenas, ensaladas de tomate con hierbas frescas, pan lavash apilado, carne a la brasa y pequeñas empanadillas doradas.

Las tías de Víctor hablan al mismo tiempo en armenio mientras colocan más platos sobre la mesa.

—Anna, come —dice una de ellas en español esforzado, empujando suavemente un plato hacia mí.

Víctor ríe.

—Es inútil resistirse. En esta casa creen que alimentar a alguien es una forma de demostrar amor.

Nos sentamos todos juntos.

Durante la comida se mezclan frases en armenio, español y alguna palabra en ruso. No entiendo casi nada, pero me siento extrañamente incluida en todo.

Víctor traduce fragmentos aquí y allá, a veces con paciencia; a veces, riendo.

Aquí no es el hombre seguro y magnético que domina una sala llena de coleccionistas.

Aquí es simplemente un hijo.

Un sobrino.

Un muchacho al que sus tías regañan por no comer lo suficiente.

En un momento, su hermana le dice algo rápido en su lengua y todos estallan en carcajadas.

—¿Qué ha dicho? —pregunto.

Víctor se inclina hacia mí.

—Que cuando te miro, se me pone cara de bobo.

Siento el calor subir por mi rostro.

Después del café, fuerte y oscuro, la conversación se vuelve más tranquila.

Las tías hablan de recuerdos, de vecinos, de cosas pequeñas que parecen importantes.

Víctor escucha, interviene, bromea.

Lo observo en silencio.

Aquí es tan distinto.

Más cercano.

Más humano.

Durante un instante, mientras miro la mesa llena de platos compartidos y escucho las voces que se mezclan en dos idiomas, una idea inesperada se abre paso en mi mente.

Podría vivir aquí.

Podría quedarme.

Podría ser parte de todo esto.

Y esa posibilidad me asusta tanto como me atrae.