Toda mi culpa no es Capítulo 22
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Capítulo 22

N os alojamos en su casa, a escasos veinte minutos de la de su familia. Me cuenta que la compró hace unos años para tener más intimidad durante sus viajes y no dar trabajo innecesario a su madre y a sus tías.

También compró las viviendas en las que hemos pasado hoy el día. Las tres pequeñas casas contiguas. Para ellas: su madre y sus dos tías.

No era consciente de cuánto depende su familia de él y de sus ingresos.

Pero sé que le va muy bien; dudo que ayudarlas sea un problema.

Además, por el semblante sereno y feliz que ha mantenido durante toda la jornada, ellas son su lugar seguro.

Haría cualquier cosa por cada una de estas mujeres: sus dos tías, su madre y sus hermanas, Anahit y Sona.

No he conocido a Sona, pero la relación que tiene con Anahit es inmejorable.

Es glorioso ver a dos hermanos que, aun cruzando ambos los cuarenta y cinco, se comportan como niños que se reencuentran y juegan como si el mundo acabara hoy.

La casa de Víctor es muy similar a la de su madre y sus tías. Entramos y lo primero que observo es que está muy limpia y cuidada para llevar meses cerrada. Imagino que alguien debe encargarse de su mantenimiento durante sus largas ausencias.

Ese alguien debe de ser la misma persona que ha dispuesto que, al bajar del avión en el Zvartnots International Airport, el utilitario que Víctor usa en este país estuviera listo para recogerlo.

La madre y las tías viven en aquellas tres casas contiguas y comparten un enorme porche y patio trasero. Hacen vida independiente en sus hogares, pero Víctor me explica que desayunan, comen y cenan juntas a diario.

Todas son abuelas y siempre hay niños correteando por el jardín. Entre las tres se ayudan con el cuidado de los pequeños y con los quehaceres del día a día.

Cuando María, la abuela, falleció varios años atrás, Víctor les compró esas tres pequeñas casas que antaño habían sido una sola. Es una zona más poblada, accesible a servicios, y el frío invierno, en estas viviendas, se sobrelleva mejor.

Anahit reside cerca con su esposo y sus hijos y, para Víctor, que vive a caballo entre varios países, saber que su madre está acompañada, segura y bien es lo más importante.

Descubro esta nueva cara de mi amante: familiar, cariñoso, humano.

Y la serpiente vuelve a agitarse dentro de mí.

Cenamos algo ligero que él mismo insiste en preparar.

—Es sencillo, pero es una receta armenia.

—Vaya... así que también sabes cocinar. Eres un pozo de sorpresas.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Anna.

—Cierto —respondo, apretando los labios.

Se acerca a mí, me besa y añade en voz baja:

—Déjame enseñártelas.

Enciende una pequeña chimenea. El aire es seco y hace frío.

Afuera el barrio está en silencio. Solo se oye, de vez en cuando, el ladrido lejano de algún perro.

Abrimos una botella de vino, uno de los muchos que guarda en una pequeña estantería que alberga unas veinte botellas.

Es un vino georgiano, me cuenta. Seco, suave, delicioso.

Tiene razón. Lo es. Está delicioso.

Brindamos por nosotros con el crepitar del fuego como testigo.

Hacemos el amor por primera vez en su tierra, en su hogar.

Y yo... yo no quiero estar en otro sitio que no sea en él.

Víctor duerme. Respira lento y su rostro está ligeramente iluminado por las luces que entran de fuera.

Me separo con cuidado de su cobijo para mirar el teléfono.

Hoy ha sido un día muy largo. Un día que empezó a las cuatro de la madrugada, descubriendo que Sergio lo sabe todo.

He cruzado media Europa con mi amante. He conocido a su familia, su país, su hogar.

Hemos hecho el amor dos veces, y toda yo, como viene sucediendo estos últimos meses, huelo a él.

Pero necesito saber que mi hijo está bien.

Que ha cenado.

Que el orden, dentro del caos, sigue vivo en mi casa.

Mi casa...

Ya no sé si seguirá siendo mi casa.

No sé qué haré al volver.

No sé nada.

Solo sé que, en los brazos de Víctor, me siento poderosa. Como nunca antes.

Sergio no me ha respondido en todo el día. Ni a las llamadas ni a los mensajes. Sé que me ha leído. Espero que esté bien...

No, no está bien.

No necesito que me lo confirme con ningún mensaje.

Lo sé.

Pablo ignora la verdad. Él, al contrario que su padre, sí me ha respondido. Me ha deseado buen viaje y me ha contado que en el examen de inglés de hoy le ha ido muy bien.

Lo suponía.

Es un excelente estudiante.

Vuelvo a mirar el teléfono.

Le doy las buenas noches a Sergio y le pido paciencia. Sé que no es necesario decírselo, pero aun así le ruego que no le cuente nada a Pablo.

Él merece una explicación —si es que decidimos dársela, porque ni siquiera sé aún qué haremos— con ambos delante.

Sergio no le dirá nada.

Pero que no me responda... lo entiendo, aunque me inquieta.

Envío un mensaje a Pablo.

Mi hijo me responde al momento.

«Te quiero, mamá. Descansa y no trabajes hasta tarde».

Sonrío.

Le mando un beso.

Dejo el teléfono en la mesita contigua y, cuando me vuelvo hacia la cama, noto una mano que acaricia lentamente mi espalda.

—¿No puedes dormir? —murmura Víctor, todavía con la voz cargada de sueño.

—Sí... solo quería asegurarme de que todo está bien en casa.

—¿Y?

—Todo bien.

Miento.

No me siento con fuerzas de contarle a mi amante que mi marido sabe de su existencia. No hoy. No ahora.

Me acerco a él.

Está desnudo. Duerme desnudo, a pesar del frío.

La habitación está en penumbra y la chimenea se ha apagado casi por completo.

Me deslizo bajo las sábanas y me acerco a su cuerpo.

Hace frío.

Su piel, en cambio, está tibia, viva.

Al sentirme, Víctor abre apenas los ojos y sonríe con ese gesto lento que siempre parece saber más de mí que yo misma.

Su mano encuentra mi cintura.

—Ven aquí —susurra.

Me acerca sin esfuerzo, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar exacto de su cuerpo.

Intento pensar en Barcelona, en Sergio, en el mensaje que no ha respondido, en la conversación que nos espera cuando vuelva.

Pero Víctor me besa en el cuello y todos mis pensamientos se desordenan.

Tiene una forma de tocarme.

No necesita mi permiso.

Simplemente lo tiene.

Explora.

Como si cada vez descubriera algo nuevo.

Su respiración se vuelve más profunda y la suya arrastra a la mía.

Intento resistirme un segundo, solo uno.

Pero es inútil.

Todo en él —en su forma de mirarme, de recorrerme con las manos, de acercarme a su pecho— me desarma.

Y poco a poco dejo de pensar.

Dejo de recordar.

Dejo incluso de intentar mantener el orden de mi vida al otro lado del mundo.

Me rindo.

A su calor.

A su deseo.

A esa forma suya de vivir cada instante como si fuera el único que existe.

Y mientras afuera la noche armenia permanece en silencio, en esta casa, su hogar más humilde, más real, Víctor vuelve a perderse en mí.

Y yo vuelvo a perderme en él.