Toda mi culpa no es Capítulo 21
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Capítulo 21

C ruzamos el cielo de Europa con destino a Ereván.

No es un viaje largo. Si todo va según lo previsto, en menos de cinco horas estaremos pisando suelo armenio.

Me siento inquieta.

Por momentos creo que esto puede ser más grande que yo.

Víctor roza mi mano con el dorso de la suya.

Lo miro. Está muy guapo.

—Estás nerviosa.

—Lo estoy.

Se acerca un poco más a mí y, cuando lo hace, siento cómo me pierdo en la inmensidad de sus ojos oscuros.

—Quiero presentarte a mi familia. A mi madre y a mis hermanas.

Abro mucho los ojos.

—¿Cómo?

No sé muy bien qué decir.

Víctor sonríe con calma, como si todo esto fuera la cosa más natural del mundo.

—Viajo a mi país por negocios, pero no puedo estar allí sin ver a mi familia.

Y quiero presentártela. —Me mira; se hace un breve silencio—.

Son buena gente —añade—. Mis hermanas hablan perfectamente español.

Mi padre nos lo enseñó. Aunque Sona, la pequeña, no estará.

Vive en París desde hace años con su pareja.

En realidad, es la mediana, pero para todos es la más chica, porque es la niña menor.

Habla como nunca hasta ahora. Con una templanza, una luz en los ojos y una felicidad que consiguen, si cabe, que lo ame más.

—¿Y tu madre? —pregunto, más por necesidad de decir algo que por verdadera curiosidad—. ¿Ella también habla español?

—Un poco. Pero no quiere hablarlo.

Mira por la ventanilla.

Al hacerlo se inclina ligeramente hacia mí y me roba un beso.

Un beso breve, dulce.

Cuando habla de su padre, una pequeña arruga aparece en el centro de su frente.

Sé que le duele.

No se comunican a menudo, pero mantienen un mínimo contacto. Aun así, el abandono todavía le escuece.

—Me encantará conocer a tu madre y a tu hermana —digo al fin.

Víctor me mira, sonríe y me besa suavemente en la cabeza.

—Me haces muy feliz.

Sonrío para mí.

Cuanto más claro tengo que esta aventura es solo eso, una aventura, más se complica todo: el escenario, los sentimientos... y más enredada me veo en esta historia que no solo no quiero que termine, sino que ha encendido en mí una ilusión que empieza a confundir mi razón.

Apoyo la cabeza en su hombro y me quedo dormida.

Segura.

Ahora, por fin, tranquila.

En él, cuando el resto del mundo acalla su ruido, es justo donde deseo estar.

Horas después aterrizamos en el Zvartnots International Airport.

Cuando salimos del avión, la luz de Armenia me deslumbra.

El aire es más seco, más claro.

Y en el horizonte, muy lejos, las montañas parecen vigilar la ciudad.

Con nuestro coche, y ya con las maletas guardadas, salimos del aparcamiento del aeropuerto y nos incorporamos a una avenida principal que se abre hacia la ciudad.

Desde el cristal de mi ventana miro alrededor intentando absorberlo todo.

A lo lejos, casi flotando sobre la neblina del horizonte, se alza la silueta blanca del monte Ararat.

—Es el Ararat —dice Víctor al verme mirarlo.

Su voz suena distinta aquí. Más suave.

—Está en Turquía, pero sigue siendo nuestra montaña.

Es preciosa. Imponente. Elegante. Se lo digo. Me sonríe. Orgulloso de mostrarme algo tan sumamente íntimo, como es el amor real que siente por el Ararat.

Entramos en Ereván por avenidas llenas de árboles. Los edificios tienen un color rosado extraño, como si estuvieran hechos de una piedra cálida que recoge la luz del atardecer.

Víctor conduce relajado, con una mano sobre el volante.

Después de unos minutos dejamos las avenidas más grandes y entramos en calles más pequeñas.

Casas bajas. Jardines. Niños jugando en la acera.

Finalmente, el coche se detiene frente a una pequeña hilera grupos de tres casas contiguas de piedra clara.

—Aquí.

Apaga el motor.

—¿Aquí vive tu familia?

—Sí. Allí, en uno de esos grupitos de casas.

Baja del coche y rodea el capó para abrirme la puerta. Cuando salgo, una mujer ya está esperando en el pequeño camino de entrada.

Es alta, delgada, con el pelo oscuro recogido en un moño sencillo. Sus ojos son los mismos que los de Víctor.

Ella lo mira.

Y durante un segundo, ninguno de los dos dice nada.

Luego Víctor sonríe.

—Mamá.

La mujer se acerca rápido y lo abraza con fuerza, como si quisiera comprobar que está realmente allí.

Dice algo en armenio que no entiendo.

Víctor responde en el mismo idioma.

La voz le cambia completamente.

Después se gira hacia mí.

—Anna, ella es mi madre. Narine.

La mujer me analiza con atención, sin hostilidad, pero con una mirada profunda, como si intentara leer detrás de mis gestos.

Sonríe entonces y me toma las manos entre las suyas.

—Bienvenida.

Su español es lento pero correcto.

—Gracias —respondo.

De repente la puerta de la casa se abre de golpe.

—¡Víctor!

Una mujer grande, de hombros anchos y sonrisa inmensa aparece en el umbral y corre hacia nosotros.

—¡Hermano!

Lo abraza casi levantándolo del suelo.

Víctor se ríe.

—Anna —dice él cuando por fin logra soltarse—. Esta es mi hermana Anahit.

Ella me mira de arriba abajo y luego me abraza como si me conociera de toda la vida.

—¡Por fin! —dice en un español perfecto—. Pensaba que Víctor nos ocultaba a todas las mujeres de su vida.

Río, un poco nerviosa.

En ese momento noto como la madre de Víctor ha bajado la mirada hacia mi mano.

Hacia mi anillo.

Levanta los ojos lentamente.

Mira a su hijo.

Víctor sostiene su mirada apenas un segundo.

Luego sonríe, como si nada.

—Vamos dentro —dice—. Mi tía habrá cocinado para todo el barrio.

Y mientras cruzo la puerta de la casa, con el olor a pan caliente y especias saliendo de la cocina, tengo la extraña sensación de haber entrado en un lugar donde la vida de Víctor empezó mucho antes de que yo existiera.