Toda mi culpa no es Capítulo 19
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Capítulo 19

S on las cuatro de la madrugada.

Me he recogido el pelo en una coleta baja y llevo un pantalón de algodón negro con una blusa azul. Cómoda y bonita. El viaje será largo y prefiero llevar calzado plano, así que opto por unas manoletinas con calcetines bajos.

Me estoy perfumando y echando un último vistazo al espejo del recibidor. Estoy a punto de ponerme el abrigo e ir en busca de mi taxi, que me espera a dos calles.

Y bueno... no es exactamente un taxi.

Es Víctor.

—Estás preciosa.

Doy un respingo. No esperaba oír la voz de nadie.

Es Sergio, apoyado en el umbral de la puerta del pasillo que comunica el salón con el recibidor.

—Gracias —digo.

Trago saliva. De pronto me siento nerviosa.

Mi mente y mi cuerpo ya estaban en otro lugar. Ya me había despedido de mi marido. No quiero, no puedo, enfrentar ahora otra despedida más.

Víctor está fuera y..., joder, ahora no tengo ganas, Sergio.

—En serio, estás muy guapa cuando te recoges el pelo así.

Lleva puesta la bata de velour que le regalé por su cumpleaños. No suele usarla. Entre otras cosas porque normalmente se acuesta pronto y, al despertar, se ducha y se viste rápido.

Pero hoy no.

Hoy se ha despertado en mitad de la madrugada para despedirse, otra vez, de su mujer.

Hace frío, aunque yo, con el movimiento y el nerviosismo del viaje, siento más bien calor.

—Gracias —repito mientras me pongo un poco más de brillo labial.

—Tus labios son preciosos, con o sin brillo, Anna. Y estoy seguro de que a él le vas a gustar igual.

Se me hiela la sangre.

Lo miro, pálida.

—¿Qué acabas de decir? —pregunto como si no supiera de qué habla.

Sergio suspira.

—Anna, mi amor. Soy un buen hombre y te quiero. Pero si crees que no conozco a mi mujer, que no sé que desde hace meses me engañas con otro y que este viaje no es por trabajo, sino con él... entonces eres tú quien no me conoce en absoluto.

Cierro el brillo labial.

Lo meto en el neceser que llevo dentro del bolso, que sostengo con ambas manos.

El corazón me late con tanta fuerza que temo que pueda oírlo.

Lo miro fijamente, sin saber qué decir.

Pasan unos segundos.

Los segundos más lentos, densos y ásperos de mi vida.

—Sergio..., yo... ¿lo sabes?

—Hace mucho que lo sé.

Su voz es tranquila. Demasiado tranquila.

—Solo esperaba que se te pasara. Que fuera un juego pasajero. Que, una vez que te aburrieras, mi mujer volviera a mí, me lo contara... y nuestra vida, nuestra jodidamente buena vida...

Cierra los ojos un instante y aprieta los dientes.

—... siguiera como hasta ahora.

—Sergio, yo...

Sollozo, asustada, sin saber qué hacer. Me acerco a él, pero levanta las manos y detiene mi avance con un gesto amable, aunque firme.

—No digas nada.

Su voz es suave.

—Vete.

Trago saliva.

—Vete con él estas dos semanas y decide qué quieres hacer. Si seguir con nuestro matrimonio... o continuar esta locura que parece que necesitas vivir.

Hace una pausa.

—Piensa estos días si quieres volver, empezar de cero conmigo. O no.

—Sergio, yo...

Rompo a llorar.

—Lo siento... yo... se me ha ido de las manos...

—Ya está, Anna.

Sacude ligeramente la cabeza.

—Déjalo.

Sergio mira por encima de mi hombro hacia la calle, a través del ventanal lateral de nuestra puerta de entrada.

—Supongo que ese debe de ser él.

Mierda.

Ahora sí siento que me rompo del todo. No me atrevo a mirar.

Joder. Le dije que me esperase a dos calles. ¿Qué narices hace ahí? Delante de mi puerta.

Sergio me observa con una tristeza serena.

—Vete... y toma una decisión.

—Adiós, Sergio. Yo... te quiero.

—Adiós, Anna.

Se da la vuelta lentamente, como si le pesara el alma, y vuelve por el pasillo hacia la habitación.

Respiro hondo, con el corazón hecho añicos y una extraña sensación de liberación y confusión.

Mi marido lo sabe.

Ya no es solo un juego mío en un multiverso privado. Ahora es una realidad que se ha colado en mi matrimonio, una realidad de la que nunca, haga lo que haga, podré librarme del todo.

Respiro otra vez profundamente, tratando de acallar los nervios que me devoran.

Abro la puerta.

Ahí está.

Su flamante Aston Martin, parado frente a mi calle.

Una calle vacía a las cuatro de la madrugada.

Una calle vacía que ahora mismo, en un pequeño radio de trescientos sesenta grados a mi alrededor, contiene todo mi mundo.