Toda mi culpa no es Capítulo 18
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Capítulo 18

El termómetro de la ventana llevaba días congelado bajo cero y la electricidad solo llegaba durante dos horas al día. El resto del tiempo, la casa permanecía en penumbra, iluminada por una vela temblorosa que proyectaba sombras largas en las paredes.

Los niños dormían juntos, hacinados en una cama cubierta de mantas viejas que apenas lograban contener la humedad que se colaba desde los muros.

Juan no aguantaba más.

Víctor, el pequeño, era fuerte y raramente enfermaba. Pero Sona, la mediana, no gozaba de la misma robustez. Aquella noche volvió a despertarse tosiendo.

Una tos seca, profunda.

Juan se incorporó de inmediato.

—Respira despacio, pequeña..., despacio...

La niña trató de obedecer, aferrada al borde de la manta.

Juan le acarició el pelo mientras esperaba a que la tos se calmara. Sabía que sin medicinas aquello podía empeorar en cualquier momento.

Sona era su niña. Su pequeña niña. Y enlazaba un episodio de problemas respiratorios con otro.

La falta de recursos lo estaba destrozando.

—Narine..., por favor..., vayámonos a España —susurró aquella noche.

Su esposa estaba sentada junto a la mesa, remendando una prenda a la luz de la vela.

—No podemos irnos, Juan. Nuestra familia está aquí. Mi madre, mis hermanas.

Juan se pasó una mano por el rostro, cansado.

—Narine, llevo once años viviendo en Armenia. Once años sin ver a mis padres. No conocen a nuestros hijos. Y, mi amor, no me malinterpretes... sé que antes era imposible. Si yo viajaba podían denegarme el visado de vuelta. Pero ahora todo es distinto.

Ella siguió cosiendo.

—Podemos irnos los cinco. Vivir con mis padres en España. Solo hasta que todo mejore aquí.

Durante años, aquella posibilidad había sido impensable. El riesgo de salir y no poder regresar había borrado de la mente de Juan cualquier idea de viajar a Madrid.

Pero ahora Armenia había declarado su independencia y la Unión Soviética había caído.

Juan había dado por hecho que aquello lo cambiaría todo.

Que los cinco viajarían a España.

Que empezarían de nuevo.

Lo que no había previsto era la firmeza de Narine.

—Serán solo unos meses —insistió él—. Esperaremos a que la situación mejore y volveremos. Lo prometo.

Narine dejó la aguja sobre la mesa y lo miró por fin.

—No.

Una sola palabra.

—No voy a abandonar mi hogar.

Separarla de su madre y de sus hermanas era imposible. Y llevárselas lo era menos.

Su madre estaba muy mayor y no quería abandonar su tierra.

Sus hermanas, ya casadas y con familia propia, no contemplaban huir a un país extranjero, con otro idioma y sin un hogar.

Ereván era su lugar.

Y allí seguirían, convencidas de que todo, tarde o temprano, sería mejor.

Juan trató de tener paciencia. Pensó que Narine cambiaría de opinión al enfrentarse a la realidad cotidiana.

Las colas de horas para conseguir comida.

Los apagones constantes.

La calefacción que no funcionaba en pleno invierno.

La escasez.

La economía colapsada.

La guerra activa con Azerbaiyán.

Pero los meses pasaron y, con la llegada del buen tiempo, cualquier duda que pudiera haber tenido Narine desapareció.

—Vayamos a ver las Olimpiadas de Barcelona —propuso él un día—. Es un momento único en la vida. A los niños les encantará conocer España.

Narine negó lentamente.

—Vete tú. Ve, mi amor. Visita a tu familia y vuelve cuando lo creas oportuno.

Su tono era sereno pero inflexible.

Ella no permitiría que sus hijos dejaran atrás sus raíces.

A su abuela.

A sus tías.

Habían sido criados por todas ellas.

No las abandonaría.

Narine sabía que, si viajaban a España, no sería temporal.

Su marido no querría volver.

Porque, en el fondo, por más que alabara los principios comunistas, echaba de menos las comodidades de un régimen más laxo y capitalista.

Ella no renunciaría al amor de su madre y de sus hermanas por tener más objetos.

Había cosas que no se podían comprar.

En ningún régimen.

En ningún continente.

—Yo sí renuncié a mis padres por quedarme aquí —dijo Juan una noche, incapaz de ocultar la amargura.

Narine suspiró.

—Viaja. Reúnete con ellos. Pasa tiempo con su compañía. Hazlos venir si lo deseas. Que conozcan a sus nietos y a mí.

Hizo una pausa.

—Pero no me pidas que te sigamos. Porque sé, Juan..., y tú también lo sabes..., que, si nos vamos los cinco, no regresaremos.

Juan guardó silencio.

Porque era cierto.

Él no quería volver.

Quería regresar.

A su patria.

A su lugar.

A sus padres.

Por más que amara a sus tres hijos.

Por más que hubiera amado a Narine con todo su corazón durante aquellos once años.

El recuerdo de su Madrid natal lo llamaba cada día con más fuerza.

Y también la sospecha de que sus padres no estaban tan bien de salud como afirmaban en sus cartas.

La despedida fue una mañana fría de primavera.

Toda la familia estaba reunida.

Tías, tíos, primos.

La tatik María había preparado dulces para el viaje.

Anahit, la mayor, apretaba los labios con fuerza. Su abuela le había enseñado que no debía llorar en público.

Y aquella despedida, con toda la familia alrededor, era definitivamente un momento público.

Sona no respetó aquella norma.

Se lanzó contra su padre y se aferró a él con todas sus fuerzas, empapándole la camisa amarilla de algodón con lágrimas y mocos.

—Pequeña..., volveré.

—¿Lo prometes, papá? —preguntó la niña en un perfecto español, sin apenas acento.

Juan dudó solo un segundo.

—Lo prometo.

Víctor, el más pequeño, abrazó a su padre y susurró:

—Papá, no te preocupes. Yo cuidaré de las mujeres mientras tú no estés.

Juan se arrodilló y abrazó a sus tres hijos al mismo tiempo.

Luego se levantó.

Narine lo esperaba junto a la puerta. Fría. Seria.

Sabía lo que iba a ocurrir.

Juan besó su mejilla.

Después cruzó la puerta.

Y no regresó. Como Narine había vaticinado.

Al principio llegaron cartas cada semana. Luego cada mes. Después solo en Navidad.

Con los años dejaron de llegar.

Juan se reencontró con sus padres en Madrid, ancianos y felices de ver por fin a su hijo. Encontró trabajo en un periódico local y envió dinero a su familia durante mucho tiempo.

Años más tarde conoció a una mujer llamada Josefa.

Se casó con ella. Tuvieron dos hijos. Pedro y Vanessa. Dos hermanos para los hijos que había dejado atrás.

En otro país.

En otro mundo.

Un mundo que Juan aprendió, poco a poco, a no nombrar.