Toda mi culpa no es Capítulo 17
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Capítulo 17

H a sido relativamente fácil conseguir un permiso de dos semanas.

Les he dicho que me siento un poco cansada tras la campaña de arranque de año y que me parece injusto coger la baja, que prefiero gastar días pendientes y vacaciones.

Es una época relativamente tranquila, aunque en nuestro sector siempre hay mucho trabajo. Aun así, me han dicho que sí.

Reconozco que no me ha gustado que dejen a Sonia a cargo de mi equipo.

Este funciona bien solo y sé que puedo monitorearlos online y darles soporte si lo necesitan.

Pero mi superior, quien sospecho tiene muy buena relación con esta nueva mánager, ha insistido en que, si necesito descansar, lo mejor es delegar mi tarea en ella.

Tengo la maleta lista y muchas ganas de perderme durante dos semanas con Víctor. Sé que no está bien. Entiendo todo lo incorrecto de mis actos. Aun así, deseo con cada poro de mi piel emprender este viaje.

Camino al coche, al finalizar mi jornada, saco mi móvil y escribo a Víctor:

Anna

Ya he avisado en casa.

Tengo el permiso del trabajo. Me voy contigo.

Un minuto después su nombre ilumina mi pantalla.

Víctor

Deseo besarte.

Llamo a Verónica. Necesito contarle la verdad. Quiero que alguien sepa dónde estaré las próximas dos semanas. Mi familia cree que estaré en Galicia. Si algo ocurre, si algo me ocurre, quiero que alguien cercano a Sergio y a Pablo pueda decirles dónde estoy.

—¿Estás segura, cariño?

—Verónica, no te llamo para que me cuestiones, sino para que sepas que estaré una semana en una punta del mundo y otra semana en la otra. Si alguna cosa me pasara, quiero que sepas dónde estoy. Nadie más lo sabe.

—Sé que no quieres mi opinión, pero... —Respira hondo—. Está bien. Tú mandas. No diré nada, obviamente, pero cuenta conmigo si me necesitas.

—Gracias —digo al fin.

Quedo con Víctor esa misma tarde en una cafetería de la ciudad. No nos veremos hasta la madrugada del lunes y quiere que rellene unos documentos necesarios para entrar en los lugares de destino.

Sergio insiste en llevarme al aeropuerto, pero le he dicho que el trabajo me pone un taxi y que las cuatro de la mañana no son para despertar a nuestro hijo tan innecesariamente. Y, por supuesto, solo en casa a esas horas no se va a quedar. Lo convenzo.

Será Víctor quien me recoja doblando la esquina de la puerta de mi casa.

Lo espero sentada en una preciosa cafetería de la calle Gerona, cerca de la plaza Tetuán. Seguimos en el centro, pero alejados de su apartamento y de mi oficina.

Está lloviendo. Hace una semana que llueve en todo el país y no parece que vaya a cesar. No me importa. Me gusta la lluvia. Me gusta mi ciudad cuando llueve.

Observo el lugar. Nunca había estado aquí y no puede ser más bonito. Imagino que debe tener cerca de un siglo de antigüedad. Los dueños no serán los mismos, pero la esencia de la Barcelona del siglo pasado sigue presente en sus paredes llenas de historia.

La puerta de entrada es de un verde manzana que contrasta con la fachada gris. Las mesas están hechas con mármol redondeado y patas de hierro forjado, como en los bares de antaño.

Huele a café.

A plancha.

A madera.

A licor.

Me gusta este lugar. Me gusta que lo haya escogido Víctor. Me gusta estar aquí esperándolo como si fuéramos dos enamorados en su cita una tarde cualquiera.

Lo veo cruzar la calle. Acelera un poco el paso para evitar mojarse. Lleva unos tejanos y una americana de pana que le sienta como un guante.

Entra.

Me localiza incluso antes de abrir la puerta. Me sonríe y se acerca, con el pelo ligeramente mojado y echado hacia atrás, con ese paso suyo de los hombres que no piden permiso.

Me besa y toma asiento.

—Pensé que no vendrías. No sabes lo feliz que me has hecho.

—Es una locura, Víctor. Pero quiero ir. Y bueno... aún no sé cómo, pero he conseguido organizarlo todo.

Enseguida vienen a tomarnos nota. Él quiere un café solo. Yo prefiero una infusión, sin azúcar.

Cuando el camarero se marcha, apoya los codos en la mesa y me mira con atención.

—Hoy estás especialmente sexy.

—Ah, ¿sí? —respondo sonriendo.

Se inclina un poco hacia mí.

—Peligrosa, incluso.

Siento un calor absurdo en el pecho.

—No soy peligrosa.

Él sonríe.

—Todas las mujeres interesantes lo son.

Víctor da un sorbo a su café. Desvía la mirada un segundo hacia la puerta, observa la lluvia y tengo claro que un recuerdo del pasado le cruza la memoria en ese instante.

—En Ereván llueve parecido —dice de pronto—. Cuando era niño pensaba que la lluvia hacía que la ciudad pareciera más antigua.

—¿Echas de menos Armenia?

Víctor tarda un momento en responder.

—A veces.

Sus dedos rozan los míos por encima de la mesa. Mi piel se eriza. Mi corazón también.

—Pero Barcelona también tiene algo —continúa—. Algo que hace que la gente se quede más tiempo del que había planeado.

Lo miro.

—¿Eso te pasó a ti?

Esta vez su sonrisa es diferente. Más lenta.

—No.

Sus dedos se cierran ligeramente sobre mi mano.

—Eso me está pasando ahora.

Se crea un silencio entre ambos.

Se levanta y se sienta a mi lado.

Aparto su cabello con mi mano y lo beso. Suave. Con ternura.

—Nos vamos de viaje —le digo, y sonrío.

—Nos vamos de viaje —responde él, antes de besarme.