Capítulo 16
S irvo la cena mientras mi marido y mi hijo discuten sobre qué película veremos este fin de semana. Prometimos a Pablo un viernes de cine al mes y toca mañana. Él apuesta por una de acción; Sergio prefiere una nueva nominada a los premios Óscar.
—Gracias, cariño. —Mi marido acaricia mi mano cuando sirvo la sopa y me sonríe con afecto.
—Gracias, mamá —repite Pablo.
Él es un buen niño. Me siento orgullosa de lo educado y cariñoso que es. Es bueno y, quitando las extravagancias propias de la adolescencia, hasta la fecha me lo está poniendo tan fácil que soy yo quien da las gracias a mi hijo.
—¡A cenar, chicos! —digo.
He hecho sopa de primero y bistec con brócoli a la plancha de segundo. Saludable, sencillo.
Me cuesta probar bocado. Sergio lo nota y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí. Pero no es cierto. Estoy muy nerviosa. Quiero contarles que me marcharé de viaje por trabajo durante dos semanas. Cosa que jamás jamás he hecho. Ni viajar ni mentir. Al menos no tan deliberadamente.
—Hoy estás muy guapa, mamá.
—Siempre está guapa mamá —añade Sergio.
—No, pero lo digo en serio. Este pelo nuevo... no sé, te veo muy guapa.
—Gracias, hijo —digo tímida, incómoda incluso, sabiendo la causa real de mi aspecto—. Chicos, tengo algo que contaros. —Trago saliva.
—¿Qué ocurre, mi amor? —dice mi marido mientras mastica el bistec.
—Voy a tener que viajar fuera unos días. Por trabajo. Un cliente con sede en Galicia me ha pedido que hagamos la auditoría allí.
—Jolín, mamá. ¿Y no puede ir tu equipo?
—Pablo, por favor, déjala acabar —interrumpe Sergio.
—No. —Carraspeo. Dios, qué nerviosa estoy, qué mal me siento—. El cliente quiere que vaya yo.
—No me extraña, cariño. Eres la mejor. —Sergio me besa en la mejilla—. Yo también querría a la mejor para mi empresa. ¿Cuándo te vas?
Me pregunta sin más. Sin interrogarme. Sin dudar de mí.
—El lunes.
—¿El próximo lunes?
—Sí —digo con una sonrisa tensa.
—Ostras, tenemos poco tiempo entonces. ¿Necesitas comprar ropa para el viaje? Podríamos ir el sábado, si acaso.
—No —respondo—. No necesito nada. Pero gracias, mi amor.
—¿Y cuántos días estarás fuera, mamá?
—Dos semanas —digo como si nada.
—¡Dos semanas! —grita mi hijo.
—Bueno, estas cosas son lentas y prefiero dejarlo todo hecho a tener que regresar.
—Lógico —dice Sergio—. Pero un viaje así... de dos semanas... ¿cuándo te han avisado? Me parece feo tan poco margen. Imagina que no pudieras o que no te fuera bien.
—Bueno, pero me va bien, ¿no?
—Sí, es cierto.
No insiste más.
Así es mi esposo.
Me cree.
Me quiere.
Me cuida.
Y yo me acuesto con otro.
La culpa, por primera vez con una fuerza arrolladora, me invade de pies a cabeza.
Retiro los platos y entre los dos, mientras Pablo se pone el pijama y se lava los dientes, rellenamos el lavavajillas.
Ya en el salón, y con Pablo en su cuarto, Sergio me pide que le dé mis pies para masajearlos. Es una vieja costumbre que adoro. Nada me gusta y me relaja más que un buen masaje en los pies.
Me mira atento y sonríe amable.
—¿Va todo bien?
—Sí —respondo—. ¿Por qué, mi amor?
Se unta aceite de almendras en las manos. En la mesita junto al sofá siempre tenemos un pequeño cuenco con gomas del pelo, crema para las manos y el aceite. También una vela aromática y los mandos a distancia del aire, el televisor y el dispositivo de canales extra.
—Te noto distinta, Anna —dice de pronto.
—¿Qué quieres decir, Sergio?
Me incorporo y retiro el pie de su mano. Él me invita a devolvérselo. No es una discusión, solo un comentario.
—No sé, mi amor. ¿Va todo bien? Entre nosotros, digo.
—Sí... ¿Por qué me lo preguntas? No lo entiendo. ¿Hay algo que te preocupe, Sergio?
La culpa me come el cuerpo entero.
—No lo sé, cariño. Perdóname.
—Te perdono —le digo, y le lanzo un beso—. Pero sigue con el masaje. Te prometo que lo necesito.